Cuando el encargado abandonó la suite, Maximiliano se acercó a ella.
—Lo sé, es hermoso —fue su comentario, metiendo las manos en los bolsillos de su sobretodo.
Ella asintió y sonrió, absorbiendo por la nariz de una forma que no se notara como lágrimas, sino como el efecto del cambio de clima.
—No solo es hermoso, es… —Ella exhaló una buena ráfaga de aire y se giró hacia él.
Ambos se miraron al rostro. Un silencio absoluto les arropó, no podía escucharse nada.
Maximiliano notó los ojos llorosos de Carla y sintió picor en la piel. Sus manos, llevadas por una súbita prisa, se alzaron hasta alcanzar su rostro, haciéndoles...