Max quiso tocarla, acariciarla, decirle, a través de sus manos, de sutiles toques, que no debía sentir congoja o arrepentimiento por nada y que estar allí era la oportunidad perfecta para reconectar con lo bueno de su pasado.
Carla supo ocultar su estupor al verle. No pensó jamás sentir lo que sintió al salir del ascensor y divisar a un hombre que parecía esperarla, impaciente, en medio de una soledad absoluta. Su traje perfecto, su altura, su hombría y su mirada lobuna y sorprendida casi detienen su marcha. Tuvo que voltearse, darle la espalda, estaba segura que sus manos temblarían, irse a la mesa de una vez sería ponerse en...