—¿Parece así, no? —dice, mirando su cuerpo en mi cama.
—Lo siento por cómo reaccioné ayer. Ella simplemente me afectó. Sé que no fue tu culpa.
Dante, no esperando que yo lo mencionara, no dice nada. Sus ojos se clavan tan profundamente en los míos que me pregunto si puede escuchar mis pensamientos. Finalmente, dice:
—No tienes nada de qué disculparte.
La calidez y el color rosado de mi lámpara descansan sobre su rostro apuesto. Lo recubren todo. Contemplo la vista de su cabeza sobre mi almohada. Todo lo que podemos hacer es mirarnos porque se ha establecido una regla no dicha que limita cualquier posible contacto. Aunque la puerta...