Me siento en la esquina de la ducha y observo las puntas de mis dedos, que pasan de azul a un tono más cálido a medida que recuperan calor. El agua cae sobre mis piernas desde arriba como un millón de pequeños golpes o besos rápidos y apasionados. Mi mente se está aclarando ahora. La niebla se ha disipado, y pensar se hace más fácil.
Puedo sentir la presencia de Dante al otro lado de la puerta del baño. Estoy dividida una vez más; una parte de mí quiere que me abrace y pase su mano por mi cabello, pero la otra quiere mantenerse fría. Aunque estaba desmoronándome, era más...