—¡Baje el arma y coloque sus manos en la nuca! —volvió a advertir el oficial y ya sin salida, Chris obedeció despacio, sin alejar demasiado la pistola de sus pies—. ¡Levante ambas manos y llévelas a la nuca! —ordenó el encapuchado.
En ese momento, Rick atravesó a los demás hombres que nos rodeaban y se acercó a mi sin más, a pesar de que los uniformados tuvieron que desarmar su formación y reagruparse.
Cayó de cuclillas tomando mi rostro con desesperación.
—¡Por Dios, pequeña! ¿Estás bien? —preguntó y en ese instante un llanto convulso se apoderó de mí—. Shhh, ya pasó. Todo terminó y estás a salvo —consoló mientras me...