Su voz me sobresaltó y volví en mí completamente roja de la vergüenza. Nuestras miradas se encontraron… Él estaba allí, a escasos metros, viéndome como siempre lo hacía. Mi respiración comenzó a acelerarse y cuando empezó a acercarse, sentí que los latidos en mi pecho se volvían más frenéticos.
Me tomó del brazo y me obligó a erguirme. Tiró de mí y apoyó mi espalda en la pared lateral de mi oficina. Mi pecho subía y bajaba; esta simple acción provocaba que mis labios se entreabrieran por la agitación. Sus luceros escudriñaron los míos y descendieron hasta mi boca mientras sus dedos acariciaban mis labios. Lo vi tragar con dificultad...