Desperté con un leve dolor de cabeza y oí cómo una puerta se cerraba. De inmediato me incorporé y caminé hasta la salida de la habitación para asomarme y ver si era Samanta. En efecto, era ella, y estaba exquisitamente bella. La boca se me secó en ese instante y unos celos, que no sabía podía sentir, se apoderaron de mi juicio de pronto. Llevaba puesto un vestido blanco de tirantes finos que llegaba al piso. Su pierna derecha quedaba libre por el corte profundo de la tela y su espalda desnuda… llamaba a mis manos a tocarla.
—Samanta —pronuncié cuando casi ingresaba al elevador. Ella se volteó a verme,...