—Rick… —protestó.
—Solo quiero aclararte que no estoy casado, Samanta —ella me vio con sorpresa pero no dijo nada—. Necesito saber de dónde has sacado esa información.
Tiró con fuerza su brazo y se deshizo de mi agarre, sonriendo con ironía a pesar de su clara tristeza y nostalgia.
—Marina Díaz; ¿te suena? —inquirió con sorna tomándome por sorpresa.
—¿Marina?
—Los Díaz siempre se negaron a pasarte mis llamadas, Rick —afirmó con seguridad—. Y ella misma se presentó en Las Vegas como tu esposa, precisamente cuando al fin encontré la oportunidad de decirte toda la verdad.
Me quedé pasmado con su confesión. Sencillamente era imposible.
¿Por qué harían eso?
¿Por...