El maestro de ceremonias invitó a los novios cordialmente a pasar al centro de la pista y bailar una canción que, muy seguro como se veía, escogieron ellos mismos. Al culminar el acto, los presentes hicieron retumbar el salón con aplausos y vítores mientras la pareja sellaba el baile con un entretenido beso.
De pronto, los orbes de Samanta se cruzaron con los míos. Levanté mi copa en su dirección y bebí despacio el líquido espumante.
Vi la culpa en su mirada, por lo que caminé hacia uno de los pasillos laterales del hotel, opuesto al que conducía hacia los servicios, con la seguridad de que me seguiría para buscar...