—¿Estás bien? —pregunté cuando noté que seguía aturdida por lo que acababa de sentir.
—Sí… creo que sí —replicó, sacudiendo la cabeza.
—¿Puedo ir al columpio? —interrumpió Erín y afirmé con la cabeza. Ambos la vimos correr en dirección a los juegos. Volteé de nuevo la cabeza y la miré; seguía preciosa, más hermosa que nunca.
—No me has dicho tu nombre…
—Me llamo Samanta… o eso creo —sonrió tímidamente y suspiré.
—¿Cómo es eso?
—Una larga historia —fijó de nuevo sus ojos en los míos, estudiándolos con cautela—. ¿Nos hemos visto antes?
—¿Te resulto familiar? —inquirí esperanzado y suspiró.
—Siento que nos hemos visto antes, pero no recuerdo.
—Jamás...