Ingresamos en él y comenzamos a ascender de un modo interminable hasta que al fin se detuvo. Las puertas volvieron a deslizarse, dando paso a otra puerta lustrada que me causó escalofríos.
—Dame la llave —pidió Linda y la saqué del bolsillo de mi sudadera para entregársela.
La introdujo en el cerrojo y dio vuelta, empujando la madera despacio.
Tragué con fuerza cuando me pidió con la mano que pasara. Haciendo acopio de todo mi valor, ingresé al lugar donde reinaba la penumbra, y al fijar mis ojos en la escalera que apenas se denotaba en la sombra, se me erizó el vello de la nuca con mucha inquietud. Con...