Luego de que Samanta se marchara de casa, me di una larga ducha y en la noche, delante de la chimenea y hundido en el mullido sillón de cuero con un escocés quemando mi garganta, comencé a pensar en las palabras justas que le diría a John mañana.
Estaba seguro que al principio tiraría todo a su paso y lanzaría fuego por la boca. Que trataría por todos los medios de separarme de su pequeña, como la llamaba, porque siempre ha mencionado que, con alguien como yo, Samanta solo sufriría. Y tal vez, tenía razón en que el frágil corazón de esa mujer podría romperse estando conmigo.
Sin embargo, no...