Dayana
En cuanto tocamos la puerta de mi antigua casa, Jaqueline abrió y Gabriel fue el primero en entrar con su imponente postura. Papá obviamente casi se desmaya al verlo parado frente a él.
Cuando me vió a mi, sus ojos me lo dijeron todo o por lo menos trataron de hacerlo, pues sus lágrimas de cocodrilo me recibieron de primero.
—Mi Dayana, mi niña linda. ¿Estás bien? Dime qué lo estás.
—¿Esperabas verla atada con cadenas? –cuestiona Gabriel y Jaqueline me mira sin entender nada.
—No, pero sé la clase de hombre que eres. Despiadado y ruin.
—¿Y sabiendo todo eso decidiste que era buena idea que me fuera...