Gabriel
El doctor revisa a Dayana y niega con la cabeza, ese gesto me pone un poco nervioso por qué no sé qué demonios está pasando. Ella estaba bien, no entiendo que pudo provocar ese desmayo.
Camino de un lado a otro impaciente. ¿Le habré hecho daño? No. No me lo perdonaría.
—¿Puedes dejar de caminar como bestia enjaulada? –me pide Carol pero yo no puedo.
—Estoy desesperado, ¿Por qué tarda tanto?
—Por que es su trabajo Gabriel. No todo es tan rápido como tú lo haces o quisieras que fuera. Debes aprender a ser paciente.
El doctor deja de revisar a Dayana y escribe algo en sus notas, supongo que la receta médica. Saca dos frascos de su maletín y los deja en la mesita de noche. Se acerca a nosotros y antes de que lo bombardee con preguntas, Carol habla por mi obligandome a callarme.
—Doctor, ¿Cómo está Dayana?
—Bien dentro de los parámetros normales. Tiene la tensión arterial baja y parece estar un poco débil. Le he recetado algunas vitaminas y unas pastillas en caso de que vuelva a suceder un episodio así. Pero deberá llevarla a que le realicen exámenes de rutina para descartar cualquier afección o enfermedad.
—De acuerdo doctor. –responde ella y a mí me pican las palabras en la lengua.
—Señor Walsh, ¿Ustedes estaban planeando hijos? Tal vez cabe la duda de que ella esté embarazada, no lo digo como un hecho pero si una posibilidad. –asegura y yo siento que el mundo se me viene encima.
—¿Embarazada? Pero si apenas nos...–me detengo antes de cometer una imprudencia.
Adelante, di que apenas si se conocen, que la tomaste como pago de una deuda que ni siquiera era suya.
¿Dayana embarazada? No.
La conversación que tuvimos hace rato llega hasta mi mente, cuidadosamente seleccionada la parte en la que ella dijo que tenía a alguien allá que la amaba, ¿Será posible que ella esté esperando un hijo de ese hombre?
—¿Señor Walsh? –me llama él y vuelvo al presente. Carol me mira confundida, relajo mi ceño que apenas noto que estaba fruncido a más no poder.
—No, ella...no lo sé en realidad.
—Bueno, si es así lamento haber arruinado posiblemente una bonita sorpresa. Los espero en el consultorio en unos días. Necesita reposo nada más, dormir mejor, comer mejor. Las vitaminas van a ayudarla pero tiene que tomarlas.
—Gracias doctor, por todo.
Carol acompaña al doctor hasta la salida y yo la miro dormir. La idea de que realmente este embarazada me aterra, pero me aterra más que no sea mío.
—Gabriel, ven acá. –me llama mi hermana desde abajo.
Sé lo que se viene, ella dándome un sermón o bombardeandome Con preguntas que posiblemente no quiero responder o quizás solo no puedo.
Bajo las escaleras y la veo en el balcón de la sala. Está de espaldas a mi observando el cielo. Llego hasta ella y me pongo a su lado, no me mira, solo suspira.
—¿Por eso te casaste con ella? –cuestiona aún sin mirarme.
¿Cómo puedo mentirle a Carol? Tal parece que después de todo si es la favorita pero no por qué la amé más que a Gaia sino por qué es a la única que jamás he podido mentirle. No si la tengo frente a mi.
—No, ese no fue el motivo.
—¿Que estás ocultado Gabriel? O quizás son alucinaciones mías pero, Dayana no se ve muy feliz para ser recién casada. Yo me hubiese casado con un hombre como tú y de inmediato escupo confetti cada que mis ojos se toparan con los tuyos.
—Solo es un poco tímida, viene de una familia jodida Carol, madre ausente, padre alcohólico, debe ser difícil para ella haber salido de ahí para llegar a una familia en la que se le recibió con amor.
—Espero que no me estés mintiendo Gabriel. Supongo que les hace falta algo de privacidad, me iré a casa pero si necesitas que venga para que vaya al médico con ella solo dime. Tienes la semana libre por qué es tu luna de miel pero sí es necesario que ella vaya y no sabemos en qué momento vas a querer volver al trabajo.
—Te agradezco mucho Carol, te llamaré si necesitamos algo.
Mi hermana me da una última mirada escrutadora y yo rezo internamente para que no lea la verdad en mis ojos. Sonríe solo un poco y me abraza.
—Te amo Gabriel y quiero que sepas que yo jamás te juzgaria por absolutamente nada. Pero por favor, nunca me mientas. ¿De acuerdo?
Trago saliva, asiento aunque no me ve y correspondo a su abrazo. Ella sabe, o por lo menos sospecha que algo no anda bien y malditamente está en lo correcto.
***
Tomo mi pijama una vez que terminé de bañarme, Dayana no despertará está noche por lo menos ya que el doctor le suministró un calmante.
Paseo por la habitación que me pertenece por qué lo que menos quiero es que ella esté incómoda conmigo en la misma habitación. El hecho ruin de que haya decidido casarme con ella a pesar de su negativa no me convierte en un hombre malo, ¿Verdad? Maldita sea, claro que lo hace, pero eso no quiere decir que voy a tomarla a la fuerza aunque me muera por qué sea mía.
Tomo el teléfono y al primer tono responde la voz de Izan.
—Jefe, ¿cómo te está yendo en tu maravillosa luna de miel? –cuestiona en tono de burla.
—Mejor de lo que te irá a ti estando desempleado. –aseguro y su risa de silencia abruptamente.
—No Gabriel por favor, era una pequeña broma nada más.
—Necesito que investigues a un hombre, no tengo muchos datos solo su nombre, Jefferson.
—¿Cómo pretendes que lo encuentre si no me das nada? –se queja.
—Busca personas relacionadas con mi esposa, gente que trabajaba con ella, amigos en común, gente de dónde le gustaba ir. Tú conoces mejor que nadie sus movimientos, investiga quien es y llámame en cuanto tengas información.
—Si jefe. –murmura antes de colgar.
Enciendo mi computadora y lo primero que veo son sus fotos. Fotos tomadas en la oscuridad tal y como le dije, no sé por qué jamás la vi con nadie. El único lugar en donde no la pude ver fue en su trabajo pero algo me dice que ese hombre no es de ahí.
De pronto escucho el ruido de un cristal rompiéndose, me levanto de golpe y salgo hasta la habitación de Dayana pero ella no esta. Corro escaleras abajo y veo que abre la puerta del balcón. Error.
—¡Dayana espera!
Ella se detiene de golpe y retrocede algunos pasos. El imponente mastín italiano muestra sus blancos dientes a modo de amenaza.
Él no sabe quién es, no podemos culparlo.
—¡Lucius, Κάτσε κάτω! (Siéntate) –ordeno y el obedece.
Dayana me mira y mira a mi perro, él es el guardián de mi hogar, pero no habían tenido la oportunidad de conocerse.
—¿Pretendes matarme? –me señala furiosa.
—¡No! ¿Pretendías huir? ¿Y a dónde irías? Si no fuese por mi ahorita estarías siendo la botana nocturna de Lucius.
—Quiero estar lejos de aquí, de ti, de tu perro del infierno, de todos. ¿No lo entiendes? ¿O en qué idioma debo hablarte?
—Entiendo perfecto lo que dices Dayana no soy estúpido. Ahora tú dime, ¿Puedes comprender el motivo por el que estás aquí? ¿O acaso ya se te olvidó?
Su semblante furioso cambia de pronto al mencionarle eso.
—No fue mi decisión, ¡Ni siquiera era mi deuda! Debe haber otra forma de pagarte. Dame tiempo, juntaré cada centavo que él te debe.
—No quiero el dinero. O te quedas conmigo o tu padre muere. Y estando aquí no podrás hacer mucho, si decides irte no alcanzarás a llegar para salvarlo
—Eres tan cruel.
—¡Tú me obligas a hacerlo Dayana! Quiero darte lo mejor, quiero darte todo lo que nunca pudiste tener. Pídeme lo que quieras, lo que sea. Excepto que te deje ir. Y te lo daré.
—¡Bien! ¿Por qué no empiezas entonces por comprame un elefante? Un jaguar, aves exóticas, una ballena. Luego las llevas a mi zoológico especial, comprado únicamente para mi y debajo de un maldito árbol de cerezo mandas a colocar un diván de cuero egipcio con armazón de veinticuatro kilates. ¿Puedes o es demasiado para ti? –espeta furiosa antes de pasar a mi lado sin siquiera mirarme.
Esta a punto de subir las escaleras cuando noto que va descalza y hay vidrios en el suelo.
—¡Espera! –grito pero es demasiado tarde.
Un gran trozo de vidrio se entierra en medio de su pie, Dayana se deja caer al inicio de las escaleras y puedo ver demasiada sangre correr por su pie.
Siento esa sensación de querer desmayarme al ver tanta sangre. ¿Irónico, no?
—No sé te vaya a ocurrir maldita sea. –sentencia y vuelvo en si–, o llamas al médico o me llevas al hospital. A menos de que quieras quitarlo tú.
—No, iremos al hospital. –aseguro pero el miedo de que ella escape me embarga–, llamaré a Carol.
—Gabriel por favor, no me iré, llévame al hospital, duele mucho. –me pide y yo no me puedo negar.
Pese a que quiero morir por ver tanta sangre en su pie, la tomo entre mis brazos y luego recuerdo que estoy en pijama y sin camisa. Pero su brazo enredado en mi cuello me devuelve al presente.
Salgo hasta la cochera y abro la puerta del coche, la siento en su lugar y abrocho el cinturón, corro hasta el otro lado y hago lo mismo, enciendo el motor y la veo cerrar los ojos.
—Tranquila, llegaremos rápido. –aseguro y ella asiente.
Avanzo por las calles aún transitadas por algunos autos, ahora es que me doy cuenta de las cosas, estoy semidesnudo, no traigo zapatos, ni siquiera me traje el maldito teléfono.
Estaciono el coche y bajo de el, inmediatamente soy punto de miradas curiosas, y bueno no puedo culpar a las personas, mis fachas son imperdonables. Abro la puerta del coche y tomo a Dayana entre mis brazos, ella se vuelve a aferrar a mi cuerpo y el contacto de su piel con la mía me pone nervioso.
Entro al hospital y apenas me ven llegar, un par de enfermeras se acerca hasta mi.
—Por favor ayúdenme, mi esposa tiene un vidrio incrustado en el pie, ha perdido mucha sangre.
Una de ellas camina hasta la camilla y la trae hasta nosotros, recuesto a Dayana y sus ojos se cierran con debilidad.
Las enfermeras se llevan a Dayana y yo corro detrás de ella, pero me detiene una de ellas.
—Venga conmigo por favor, necesito algunos datos sobre su esposa.
—Quiero estar con ella.
—Irá en cuanto me de los datos que necesito y se cubra un poco por que esta alborotando a todas mis enfermeras. –señala y yo muero de vergüenza.
Camino hasta donde ella mi pide y tomo asiento en una silla frente a ella.
—¿Nombre de la paciente?
—Dayana Prince.
—¿Motivo por el que la trajo?
—Estaba a punto de subir las escaleras de nuestra casa cuando pisó un vidrio que se incrustó en su pie. ¿Puedo ir ahora con ella?
—¿Alergias?
—A la nuez y al polvo.
—Bien, ¿tipo de sangre?
—O positiva.
—Bien, venga conmigo, le daré algo para que se cubra y vaya con, ¿qué es de usted la señorita Prince?
—Mi esposa.
Ella me mira con sospechan pero termina por asentir.
—Cubrase con esto, y entre por ahí, primera puerta a la izquierda.
Tomo la horrible bata que me extiende y me la pongo antes de entrar, doy vuelta a la izquierda y al abrir la puerta solo puedo ver la cama vacía. Entro a la habitación pero Dayana no está por ningún lado.
Salgo de nuevo abriendo cada puerta que me encuentro a mi paso pero en ninguna está ella.
El miedo se apodera de mi y esa sensación de frustración se apodera de mi ser por completo.
Ella se fue, ella huyó y ese no es solo el problema, el problema es que me niego a aceptar una vida sin ella.
Camino de vuelta a la recepción y la mujer que me recibió me mira perpleja.
—Mi esposa no esta, necesito que la busquen por todos lados.
—Señor calmese por favor. No podemos hacer eso, además...
—¿No tiene idea de quien carajos soy yo verdad? Soy Gabriel Walsh, y quiero que todo su maldito personal busque a mi esposa de inmediato. –ordeno y la veo levantarse de la silla de un salto. Tomo el teléfono de recepción y llamo a Izan.
—¿Diga?
—Izan, Dayana escapó, quiero que procedas con su padre.
—Sí jefe.
Cuelgo la llamada y estoy a nada de salir del hospital cuando veo a Dayana acompañada de un enfermero. Él empuja la silla de ruedas en la que ella descansa y todo caen sobre mi como balde de agua fría.
Acabo de cometer un error garrafal y si no me doy prisa, todo se va a joder y ella me va a odiar aun más.