Chapter 6 Anat

Chapter 6 Anat

Gabriel

Bajo con cuidado las escaleras tratando de no hacer ruido. Lo que menos quiero es que Dayana se ponga insoportable...otra vez.

Por fortuna en cuanto me subí a mi habitación obviamente molesto por su actitud, lo primero que hice fue tomar el teléfono y llamar a Izan. Por fortuna Thomas el padre de mi esposa, pidió hablar conmigo pues tiene información valiosa que me va a servir. Eso ayudó a que siguiera con vida después de mi garrafal error.

La imagen que tengo frente a mí es demasiado tierna, Dayana duerme en el sofá en posición fetal junto a Neftis, muy seguramente ambas mueren de frío pues el aire fresco de la lluvia se ha intensificado.

Pongo una manta caliente sobre ellas y su ceño se relaja de inmediato. Observo la bandeja vacía que dejé en la mesa y la recojo. Por lo menos comió algo.

Preparo café por qué intuyo que en cualquier momento despertará, son las seis de la mañana y su rutina inicia en media hora. Me detengo con la cafetera en la mano. Entiendo por qué debe estar molesta conmigo, sé todo de ella o casi todo por qué Izan la espió día y noche, hizo preguntas aquí y allá. Descubrió todo lo que sé de ella, su color favorito, su rutina, lo que le gusta hacer y en qué horario le gusta hacerlo.

No la culpo por odiarme por qué si alguien supiera cada uno de mis movimientos no solo lo odiaría sino que hasta miedo me daría estar haciendo algo y saber que posiblemente alguien más lo sabe.

Preparo todo para un desayuno que espero sea pacífico, no quiero pelear más con ella, quiero que me ame, quiero que entienda que haría cualquier cosa por ella y hablando de eso.

Tomo mi teléfono y la voz aún dormida de Izan me responde en un susurro.

—Tienes que estarme jodiendo Walsh. ¿Qué quieres ahora? ¿Ya viste que hora es o debo regalarte otro reloj?

—Sé perfectamente la hora que es. Deberías estar despierto dándote un baño para irte a trabajar. Pero eres un holgazán.

—Dime que quieres Gabriel. Anoche fue difícil.

—Oh si. Yo te vi muy divertido con una chica, follando en mi mesa de billar. ¿Por qué fue difícil? ¿No la alcanzabas?

—Jefe, dime qué necesitas.

—Algo simple, hasta el más tonto de mis empleados podría hacer esto. Así que no representaría ningún problema para ti.

—Habla de una buena vez.

—Quiero que busques un lugar cerca de Grecia que tenga muchas hectáreas verdes. Compralo, haz que alguien lo cerque y ponga protecciones impenetrables pero que hagan un camino seguro para cruzar por ahí.

—¿Qué es exactamente lo que quieres?

—Un zoológico. Quiero un elefante, jirafas, animales tiernos, un puma, aves exóticas, todo eso.

—¿Te volviste loco? ¿Para que quieres un jodido zoológico Gabriel?

—Para complacer a mi esposa.

—Alto, alto. ¿Ella te pidió que le hicieras un zoológico?

—Bueno, creo que fue sarcasmo pero da igual. Si eso quiere eso le voy a dar.

—¡Lo dijo para joderte!

—Bien, pues que vea que a mí nadie puede joderme. Haz lo que te digo y pobre de ti que no quede como quiero por qué estarás despedido.

—Si jefe. –responde después de un largo suspiro.

Cuelgo la llamada y dejo que el café se haga. Tomo la canasta para salir al jardín a traer algo de fruta.

Me gusta esta casa, por qué todo lo tiene. Tiene extensos sembradíos de verduras, árboles de frutas, guías de fresas y uvas, todo lo que pueda imaginar aquí lo encuentro. Es como tener mi propio eden a unos pasos de mi casa.

Tomo algunas fresas, moras y uvas, tomo una manzana y la voy comiendo en el camino, quizás más tarde pueda hacer una sopa caliente con verduras y pollo.

Lucius llega hasta mi seguido de Anubis, me altera un poco que solo ellos hayan llegado y Anat no.

Camino de vuelta a la casa y antes de llegar a la puerta escucho el grito de Dayana. Entro a la casa y puedo verla arriba de la barra de la cocina, escapando de las feroces fauces de Anat.

—¡Αnατ, σταμάτα! (Anat detente)

Lucius y Anubis se ponen frente a Dayana en posición de ataque, Neftis llega hasta ellos y les lanza una advertencia. Anat retrocede un poco al igual que Anubis pero Lucius no, Neftis da un par de pasos hacia él y aunque agacha la cabeza no deja de gruñir.

Mi diosa de la oscuridad ladra cerca de su hocico y a Lucius no le queda más que retroceder. Se pasea de un lado a otro frente a ellos lanzando leves gruñidos.

Mira con que me vine a encontrar. Yo creyendo que Lucius era el alfa de mi jauría y Neftis me da una gran sorpresa.

Los tres perros se retiran ante los gruñidos amenazantes de mi pequeña oscuridad y cuando los ve lejos se gira hasta Dayana y se para sobre la barra en dos patas. Lame el pie de Dayana y ella baja con cuidado. Se sienta en el suelo y Neftis se sienta frente a ella.

Dejo las cosas en la mesa y me siento a su lado viendo cómo la cachorra se echa a sus pies.

—¿Te lastimó? –cuestiono preparado para que me grite que quiero matarla de nuevo. Sin embargo solo niega con la cabeza.

Su piel de ve pálida y no la culpo, debió ser aterrador despertar y que un gran perro que parece salido del infierno te persiga.

—Lo siento Dayana, ellos no están acostumbrados a las personas, ni siquiera a Carol, por eso cuando ella viene los perros se quedan del otro lado del jardín. Si quieres puedo mantenerlos allá.

—No, está es su casa, la intrusa soy yo. No voy a pedirte que los dejes allá por mi. Solo debo andar con cuidado.

—Eso ya no será necesario, Neftis los acaba de poner en su lugar. Si ella está contigo no se acercarán.

—Creí que Lucius era el líder, es tan aterrador.

—Te confieso que también lo creí pero ahora la diosa de la oscuridad nos acaba de demostrar quién manda en esta casa. Una chica de armas tomar. –aseguro y la escucho reír.

Dayana se da cuenta de lo que acaba de suceder y gira su cara hacia mi con rapidez. Su sonrisa decae apenas sus ojos se fijan en los míos, quisiera poder leer su mente, saber que piensa.

—Me gustaría poder leer tu mente Dayana. –suelto de pronto y su mirada se aleja de la mía.

Se levanta con algo de dificultad y sacude sus manos.

—¿Por qué no contratas a alguien para que averigüe que pienso? Si lograste saber hasta la talla de mi sostén y la forma de mis bragas, no creo que conseguir a alguien que lea la mente sea un reto para ti. –asegura saliendo de la cocina y Neftis detrás de ella.

Quiero reír por semejante cachetada con guante blanco que me acaba de dar. La escucho brincar los escalones y supongo que irá a su habitación.

Me levanto y lavo mis manos junto a las frutas que recogí. Comienzo a preparar el desayuno con algo de música, bato un par de tazas de harina, huevos, leche y mantequilla, caliento el sartén y comienzo a formar los panqueques, una llamada de mi madre interrumpe mi momento y tomo la llamada en altavoz para evitar quemar mi cocina.

—Καλημέρα μάνα. (Buen día madre)

—Oh por favor, ¿un par de días en Grecia y de te olvida el español?

—Soy un dios griego en su Olimpo madre, no me puedes pedir menos.

—¿También te paseas por ahí con una túnica blanca?

—Soy de los dioses que prefiere estar desnudo. Tengo el cuerpo para eso.

—Seguramente serías el centro de atención de muchas mujeres y eso no creo que a Dayana le haga mucha gracia Gabriel.

—Mi cuerpo y todo yo le pertenecen a Dayana Prince madre. ¿Acaso no ves que estoy enamorado de esa mujer? Para mí no hay nadie más. Mis ojos son fiel a ella, mi boca, mi ser, mi alma entera le pertenece y si ella me pidiera ir al Inframundo para demostrarlo, lo haría sin pensarlo.

—Que asco me das cuando te pones cursi. –murmura la inconfundible voz de Gaia.

—Gaia por amor a Zeus, deja de ser una grosera.

—¿Ya usaron todos los condones que le mandé a Carol? No queremos pasitos tan rápido. –agrega y escucho a mamá decirle cosas con horror en griego.

—Cinco minutos hablando con el dios de Grecia, ¿y se te olvida el español? –bromeo y ella ríe.

—Tu hermana es insoportable. Pero hablando de pasitos, ¿Piensan tener bebés pronto? –cuestiona y toda esa maravillosa vibra se va.

¿Cómo le digo a mi madre que posiblemente jamás le vaya a dar nietos por qué Dayana no soporta ni tenerme a cinco centímetros de ella? Un olor extraño me hace volver a la realidad y uno de mis panqueques está quemado. Maldigo y por un momento olvido que estoy en una llamada con mamá.

—¿Gabriel qué ocurre?

—Se me quemó el desayuno.

—Oh, ¿estás cocinando para ella? Debió ser una noche cansada. ¿Tuvieron problemas para instalarse?

—No, Carol es una excelente esclava. –bromeo y ella me reprende–, es broma mamá, pero solo la parte de Carol siendo una esclava. Ella es buena hermana y tuvo todo a tiempo para nuestra llegada.

—¿Llevaste ya a Dayana a conocer el Edén? –cuestiona y siento que hará más preguntas que no quiero responder.

—No, pero Neftis ha decidido ignorame para estar con ella a sus pies.

—Neftis es la más hermosa de tus cachorros, cuida a Dayana de Anubis, sabes que es intolerante con los extraños.

—Lucius fue el del problema principal y hace unos minutos Anat también se unió al juego. Pero Neftis les dejó claro su lugar.

—Menos mal. Salúdame a Dayana apenas despierte y por favor, mimala mucho y dile que su padre está en buenas manos. Nos hemos dedicado a cuidarlo y lo que menos quiero es que se preocupe, quiero que disfrute su luna de miel.

—Muchas gracias señora Walsh. –responde ella a mi lado y evito gritar como loco. Ni siquiera sentí sus pasos. ¿Cuánto tiempo llevará ahí? ¿Que tanto habrá escuchado?

—¡Cariño! ¿Qué tal Grecia?

—Aun no he podido conocerla a excepción del hospital. –asegura y yo siento que me lanzan una cubeta de hielo.

—¿Hospital? ¿Pero que fue lo que sucedió? ¿Están bien? No, esperen ahí, ya mismo salgo para allá.

—Selora Walsh tranquila, ambos estamos bien. –asegura y me mira con una sonrisa encantadora pero malvada en su rostro–, Gabriel me llevó a conocer el hospital en dónde nació y dónde posiblemente nazcan nuestros hijos.

—¿Han pensado en tenerlos?

Dayana toma mi teléfono y quita el altavoz, trato de quitárselo pero sus palabras me congelan en el acto.

—Mi vida, se quema nuestro desayuno. Que tontito eres. –dice antes de irse a la sala con mi teléfono.

Yo me quedo perplejo ante semejante atrevimiento pero de nuevo un olor diferente me devuelve al presente.

Me giro convencido de que este desayuno es un fiasco y tendremos que salir a desayunar. Aunque pensándolo bien, no es tan mala idea. Aunque el pie de Dayana está lastimado y no quiero que se haga más daño.

Tal vez si le pregunto...

Dayana entra a la cocina de nuevo y deja el teléfono, observa los panqueques quemados y el único que se salvó, lo toma y camina hasta el refrigerador, después de observar toma un bote de chocolate y una cucharilla, lo deja todo en la barra. Abre el bote, mete la cuchara y toma un poco de chocolate, puedo ver los trozos de avellana en el y eso hace que se me haga agua la boca.

Ella unta un poco en el panqueque y luego lleva la cuchara a su boca mientras cierra el bote.

Camina de nuevo hasta el refrigerador y lo guarda. Con cuidado sirve un poco de café y

camina de nuevo hasta la barra, se sienta en el banco y se lleva el panqueque a los labios.

Sublime es ver cómo come un maldito panqueque. Puedo considerarlo arte e incluso una jodida película erótica.

Miro atento cada movimiento, el como el color blanco de su vestido contrasta con su cabello azabache, como cae libremente por sus muslos y puedo observar una pequeña mancha en su piel. ¿Tatuaje o marca de nacimiento? Quizás si le pregunto podamos iniciar una conversación y todo para de ahí. Podría mostrarle mis tatuajes aunque después de que me vio ayer sin camisa dudo que no los haya visto ya. Tal vez podría explicarle que significa cada uno de...

—Si piensas mantenerme aquí, por lo menos ten la descencia de no matarme de hambre. Además, sabes que me gusta salir a correr por qué el ejercicio es una terapia para mí, me gusta leer y hacer otras cosas. No solo pasear por cuatro paredes y mirar el infinito cielo. –confiesa y aunque no es lo que esperaba me hace sonreír por qué es algo.

—Hay un gimnasio y una sala de lectura. –aseguro y ella me mira perpleja.

—Claro, por qué no lo supuse. ¿Puedes decirme dónde se encuentra?

—Claro, después de que vayamos a desayunar por qué esto de aquí. –señalo los panqueques quemados–, no se ven nada apetitosos. Me cambio y vuelvo. –aseguro y salgo de la cocina antes de que ella me de un rotundo no.

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