—¿Señor Walsh se siente bien? –cuestiona el enfermero que me ayudó a subir a la silla de ruedas.
Gabriel me mira con fijeza, su piel está blanca, aun más blanca de lo que es.
—¿Qué ocurre? ¿Sucedió algo con mi padre? –cuestiono preocupada por que su semblante es preocupante.
—No, todo está muy bien. ¿Cómo te sientes?
—Bien, tuvieron que llevarme a hacer una radiografía para ver que todo este bien.
—¿Puedo llevarme a mi esposa ya? –cuestiona él y yo siento ese frío recorrer mi espalda.
—Solo le daremos el alta y algunas recomendaciones. Tardará algunos minutos. –asegura y él asiente.
Trato de levantarme pero me lo impide.
—Vas a lastimarte.
—Pero ya me cansé, necesito levantarme.
—Deja de ser tan necia Dayana por favor. No quiero que te lastimes.
—Tú eres el único que me lastima. –aseguro y puedo ver su expresión dolida.
—Considero que he sido bueno con...
—¿Bueno? Tienes un concepto muy extraño de lo que es ser bueno.
—¡Te traje al hospital!
—Y era lo menos que podías hacer después de tenerme secuestrada en tu casa.
—No...no te tengo secuestrada Dayana.
—¿Dices que puedo irme cuando quiera?
—¡No! No estás secuestrada por qué no te tengo atada. Aunque después de lo que hiciste hoy, no suena tan mala idea. –señala y yo muero de miedo.
—No te atreverías.
—No me retes Dayana. Estoy cansado de...
—Aqui tiene señora Walsh, medicina y algunas recomendaciones. ¿Necesitan algo más?
Estoy a nada. A punto de pedirle ayuda, decirle que Gabriel me tiene aquí en contra de mi voluntad, quizás debí pedirle ayuda antes de que me trajera aquí pero no fui capaz. Mi padre cargará en su consciencia el haberme vendido por una deuda. Yo, no sería capaz de soportar que algo le suceda por mis acciones.
—Solo me queda agradecerte por la ayuda.
—No fue nada señora Walsh. Estoy a sus órdenes, señor Walsh. –se despide de nosotros y hay algo que se rompe dentro de mi.
Siento que Gabriel empuja la silla hasta la salida y el viento helado golpea mi piel. Es de madrugada y las inclemencias del clima no dan tregua está noche.
Gabriel abre la puerta del coche y me ayuda a subir, me pone el cinturón y la vuelve a cerrar, pero no llega hasta su sitio. Lo busco con la mirada pero no logro verlo.
Estoy a punto de bajarme pero la puerta del otro lado se abre sobresaltandome. Suelta un suspiro profundo y enciende el coche. Apenas me doy cuenta que debe encenderlo con su huella dactilar. Si planeo escapar, definitivamente no será en este coche.
—¿Por qué no pediste ayuda? –cuestiona y obviamente su pregunta me confunde un poco.
—¿Ayuda, a quién? ¿Para qué?
—Por un momento creí que le dirías a alguien sobre mi.
—¿Que hubiese ganado con eso? Seguramente ya todo el mundo sabe quién eres, ¿No? Todos aquí saben quién es Gabriel Walsh. ¿O me equivoco?
—Tampoco me hagas sonar como un ser famoso y reconocido.
—Bueno, eso es lo que me imagino por qué no sé absolutamente nada de ti. Yo solo digo lo que pienso.
—¿Te gustaría conocerme? –cuestiona y yo niego.
—No tengo ni el más mínimo interés. –aseguro mirando por la ventana.
—Vas a tener que hacerlo, cuando tenga que presentarte ante los socios ellos te harán preguntas que es mejor que sepas.
—¿Quien carajos te dijo que quiero conocer a tus malditos socios? ¿Tú realmente crees que esto es un matrimonio común? No tengo por qué ser parte de algo que no quiero. Ya me obligas a estar aquí, no pretendas que vaya y le plante una cara bonita y feliz a tus socios.
—¡Eres mi esposa maldita sea!
—Y no por decisión propia. Así que es mejor que lo entiendas de una vez, podré seguir fingiendo frente a tu familia por qué ellos no necesitan saber que tú eres un idiota, pero no me pidas que actúe bien contigo y mucho menos que lo haga con tus socios, por qué vas a quedar en ridículo.
Él ya no dice nada y solo se limita a conducir en silencio.
Una de las enfermeras me preguntó que ¿qué se sentía ser la mujer de Walsh? Muchas respuestas pasaron por mi mente, ninguna alentadora, ¿Qué se siente? Horrible, es como ser un ave viviendo en una jaula preciosa, durmiendo con el gato que tarde o temprano, terminará por matarme.
—Yo sería feliz de estar con un hombre así. Imagina dormir en sus brazos, siempre rodeada de su aroma y su calidez. ¿Por qué no se ve feliz usted que lo tiene todo? –cuestiona una de ellas y fijo la mirada en sus ojos.
—Quédatelo. –suelto de pronto–. Ve y habla con él, dile todo esto que me dijiste y dile que estarías más que feliz entre sus cálidos abrazos.
—Señora Walsh lo siento, yo no...
—Por favor no te disculpes, no voy a negar que es guapo, malditamente guapo. Así que no te culpo. Ojalá algún día se encuentren en la calle y él se fije en ti. –digo y ambas me miran como si estuviese diciendo la peor locura de la vida.
—Es suficiente mujeres, yo me encargo de la señora Walsh. –anuncia el enfermero.
Ambas enfermeras salen de la habitación y me dejan sola con él.
—Jamás había tenido el gusto de conocer a alguien con tanta capacidad para tolerar el coqueteo hacia su esposo. Debo admitir que el sarcasmo con el que llevó el tema con esas dos es impresionante.
»Ninguna mujer cuerda es capaz de tomar con tanta tranquilidad eso, sobre todo si su esposo es un dios griego, y cuando digo griego es literal, eso de dios es subjetivo. ¿Lista para volver a casa? –cuestiona y aunque él no lo sabe, no estoy lista.
Asiento y me ayuda a bajar de la camilla y sentarme en la silla de ruedas. Podría decirle, pedirle que me ayude, pero algo me dice que de nada serviría.
El sonido de la puerta abrirse me devuelve al presente, Gabriel abre la puerta de mi lado y me tiende la mano, no la acepto y bajo como puedo del auto. Él solo me observa con una sonrisa en sus labios.
—¿Qué es tan gracioso? –le pregunto fastidiada.
—Tu maldita necedad. Déjame ayudarte.
—No, yo puedo sola.
—Dayana. –me reprende y por un momento me siento como aquella Dayana de diez años siendo regañada por papá.
Me detengo a medio camino y no lo miro. Observo las escaleras que debo subir y me duele la pierna solo de pensarlo. Maldita sea.
Tomo valor junto con una respiración larga y comienzo a subir escalón por escalón, la pierna derecha comienza a cansarse así que decido usar la punta de mi pie lastimado pero cometo un error. Un dolor tirante me recorre desde los dedos hasta en medio de mi pie, justo donde el vidrio se enterró.
Me sostengo del barandal pero no soy lo suficientemente rápida, solo trato de agarrarme del viento inútilmente. Los brazos de Gabriel se enredan en mi sosteniendo mi cuerpo y evitando un accidente mayor.
Su respiración golpea la piel de mi cuello, los recuerdos de aquella chica del hospital golpean mi mente al sentir la calidez de sus brazos junto con su aroma a cítricos, a madera.
—¿Estás bien? –cuestiona cerca de mi oído logrando erizar mi piel.
—Lo estaré si me sueltas. –aseguro y de manera suave afloja el agarre en mi.
Sigo con mi labor de subir lo poco que me queda de escalera pero al entrar, visualizo todas las escaleras que restan para subir a mi habitación, Gabriel pasa de largo hasta la cocina y decido que dormir en el sofá no es mala idea.
Me dejo caer en el y miro hacia el balcón. La noche es bonita, aquí parece que las estrellas brillan más. Las leves pisadas de Lucius me ponen alerta, él me mira fijamente y camina hasta mi.
Llega hasta el sofá y se sienta a mi lado, me preparo mentalmente para morir siendo la botana del perro del demonio.
Pero contrario al fatídico escenario que monté en mi cabeza, Lucius se recuesta y pone su hocico en mis piernas. Yo mentiría si digo que no estoy temblando de miedo.
Gabriel llega con una bandeja de comida, la deja en la mesa y puedo ver pan, miel frutas y leche. Odio la leche.
—¿Qué está mal con la bandeja? –cuestiona y me doy cuenta de mi ceño fruncido.
—La leche, no me gusta.
—Bien, traeré té. ¿O prefieres café?
—¿Podrías quitar a Lucius de encima mío? Me está poniendo nerviosa.
—Ella es Neftis, diosa de la oscuridad, compañera de Lucius. Ella no te hará daño, creo.
—No es gracioso.
—Neftis es amigable, la única en esta casa, los otros son menos amables.
—¿Otros? ¿Cuántos son?
—Anat, Neftis, Lucius y Anubis. Dos hembras, dos machos. Los cuatro cuidan la casa, y ella fue la única que quizás no vaya a asesinarte.
—Me reconforta saberlo. –aseguro con ironía y él regresa a la cocina.
Me aventuro a poner mi mano sobre la cabeza de Neftis y ella solo se acurruca más a mi cuerpo. Por lo menos que alguien como ella esté conmigo. No está mal.
Gabriel regresa con dos tazas de lo que parece ser café, cuando el aire se cuela por el balcón, puedo confirmarlo pues trae el olor hasta mi nariz.
—Café negro, sin azúcar. –dice y deja la taza frente a mi.
En todo este tiempo no me puse a pensar, ¿Qué tanto me conoce este hombre? ¿Que tanto sabe de mi y como lo sabe? La idea de que haya sido espiada por él atraviesa mi mente.
Todo aquí tiene cosas que me gustan, cosas que me hacen sentir bien. Desde las flores hasta el maldito café. Los colores de la casa, el aroma de la misma. Y tengo miedo de preguntar por qué no sé de que vaya a ser capaz si él me da una respuesta que ya creo saber.
—¿Hace cuánto tiempo que me estabas vigilando? –cuestiono y lo veo retirarse de los labios la taza de café con rapidez.
—¿Qué?
—¿Escuchaste o no la pregunta?
—¿Por qué piensas que te espiaba, Dayana?
—Por que es obvio. El color de las paredes de esta casa es mi favorito, las flores, la ropa, lo único que me sorprende es que hayas elegido el vaso de leche y no un café como primera opción.
—Has tomado demasiada medicina, además era leche tibia con miel. Mi padre creía que tenía un poder mágico que te ayudaba a dormir.
Miro hacia otro lado ignorando el hecho de que me duele el alma cuando habla de su padre así. Imagino que debió ser amoroso, responsable, protector, no un hombre sin un gramo de consideración como el mío. Que decidió que era un buen pago por sus deudas.
—Quiero que me dejes sola. –le pido sin mirarlo.
—Es mejor que te vayas a tu habitación. Lloverá y...
—¿Tienes miedo que escape? Seguro que Anubis, Lucius y Anat estarán esperando por mi. –señalo con sorna y sus ojos gélidos me observan sin un apice de diversión.
—Mañana deberás conocerlos, no quiero regresar un día del trabajo y saber que a mí esposa se la han comido tres mastín italiano.
—No corro con tanta suerte. Aunque pensándolo bien no es tan mala idea. Así me libro de ti, será una muerte dolorosa y cruel pero todo sería mejor que estar contigo.
—¿Tan mal estás aquí? Ni siquiera me has dado tiempo de hacerlo bien Dayana. Siempre que quiero hacer algo para ti solo recibo desprecios y no me parece justo.
—¿No te parece justo? Ah vaya, disculpa mi mala actitud Gabriel, creo que no he correspondido de manera correcta y apreciable tu buena obra.
»Lamento ser una maldita desconsiderada contigo, que solo buscas hacer mis sueños realidad, como encerrarme en esta casa, uy, siempre soñé con algo así, estar rodeada de agua y vivir con perros salvajes que en cualquier momento van a matarme y claro, vivir con un hombre como tú, que cree que por tener dinero puede poseer a quien se le antoje sin pensar en nada más que él.
»Perdóname por querer vivir una vida en dónde yo tomo mis propias decisiones y cometer errores está bien. Y por último, debo disculparme sinceramente contigo por solo querer estar lejos de ti, el esposo modelo que se me fue impuesto solo por qué un idiota pensó que era buena idea ofrecerme como pago. Pago que otro idiota igual pensó que estaba bien. He sido tan mal agradecida que debería castigarme la vida.
Gabriel deja la taza de café en la mesa y se levanta del sofá, su mirada dice todo y nada a la vez. ¿Qué es eso? ¿Furia?¿Dolor? ¿O simplemente ego herido?
—Neftis, έλα εδώ. (Neftis, ven acá)
Soy consciente de que le ha dado una orden pero ella solo se limita a mirarlo y se acurruca más a mi.
—¡Acabas de robarme a mi guardiana! –señala perplejo pero las comisuras de sus labios se curvan en un amago de sonrisa.
—Tú me robaste mi libertad, estamos a mano. –sentencio y todo vuelve a ser oscuro.
Es mejor así, lo quiero siempre enojado, enojado conmigo, para ver si se aburre de mi y me mata de una buena vez.