Dayana
No sé por cuánto tiempo hemos estado conduciendo, Izan parece no llevar un rumbo fijo y eso me asusta aún más que si lo tuviera.
Mi estómago comienza a incomodarse, respiro tratando de tranquilizarlo por qué no necesito que él sepa esto. Aunque quizás ya lo sepa.
Gaia no ha dicho nada sobre nada durante todo el camino desde que me confesó que había tenido un amorío con él.
El teléfono suena e Izan responde.
—Estaba cansado de dar vueltas por Grecia, tardaste una hora para darte cuenta de que tu esposa no estaba en su patética reunión.
—¿Dónde están, Izan?
—Paseando. ¿Ya tienes lo que te pedí?
—Te...