Al salir de aquel departamento, sabía que tras la puerta dejaba a mi corazón y a mi alma, junto con el hombre que indefectiblemente amaba.
Miré de nuevo aquella barrera de madera blanca por última vez, y posé mi tacto sobre ella, cerrando los ojos.
«Adiós, amor mío», murmuré apenas, logrando que la vista se me empañara.
Prácticamente corrí a las escaleras y bajé como si de ello dependiera mi vida. No quería arriesgarme a que Piero volviera a pedirme que me quedara y resolviera las cosas, porque aunque lo deseaba con toda el alma, no podría vivir conmigo misma si no calmaba por mi propia cuenta mi dolor, si...