Los ojos se me llenaron de lágrimas y no pude evitar caminar hasta ella y estrecharla entre mis brazos. Al contrario de lo que imaginé, Sabrina se aferró a mí y hundió su rostro en mi pecho, sollozando.
—¿Tal vez más adelante? —pregunté con esperanzas y levantó la mirada a mi rostro.
—Tal vez. No lo sé…
—Aunque no me creas, te juro que jamás tuve la intención de dañarte —con mi pulgar sequé sus mejillas empañadas y se mordió el labio inferior.
—Pero lo hiciste —replicó—. Prometiste que si me quedaba, no me romperías el corazón y has faltado a tu promesa.
Sonrió débilmente y su palma derecha acunó...