Me encontraba sentada al borde de la cama, estudiando la perfecta habitación. Solo había un cuadro de un boceto, colgado sobre la cama. Sus cosas personales se encontraban en el tocador y una amplia ventana de cristal desprovista de cortinas, dejaba entrar la luz en todo su esplendor.
Las mesitas de noche soportaban lámparas modernas y un reloj digital. Una alfombra negra se extendía al pie de la cama, que era completamente blanca: cabecero, sábana, almohadas y cobija. Cuando estuve a punto de animarme a salir de la habitación, él ingresó con el torso desnudo, una toalla anudada a las caderas y el pelo mojado. La fragancia que se desprendía...