SABRINA
—Buenos días —saludé al ingresar.
—Apestas, Sabrina. ¿Has salido otra vez? ¡Es apenas martes, por Dios! —sermoneó sin verme a la cara, leyendo lo que tenía en manos.
—Buenos días, Sabrina. ¿Cómo has amanecido? Bien, gracias Lina, ¿y tú? —rodé los ojos, remedando la conversación
—No te hagas la chistosa conmigo y siéntate.
—¿Qué sucede? —pregunté, mientras tomaba asiento. Lina dejó sus papeles, entrelazó las manos y me vio con seriedad.
—Solo quería asegurarme de que irás a la cena, en casa de papá —dijo conciliadora, suavizando su voz.
—Sí, Lina. Ya le prometí a Alison que iría, pierde cuidado.
—Gracias por hacerlo. Sé que es difícil para ti tener que ir a casa, pero es nuestra hermana pequeña —asentí—. ¿Cuándo terminarás con todo esto, Sabrina? —fruncí el ceño—. Las fiestas, embriagarte y acostarte con cualquiera… —explicó y solo miré el techo—. ¿Acaso no quieres formar una familia, sentar cabeza, comprar una casa y tener niños? Tienes veintiocho años y ya pasó mucho tiempo de…
—¡Ni lo menciones, Lina! —levanté la voz y me puse de pie—. No te atrevas a recordarme algo que es la pesadilla más recurrente de todas mis noches.
—No todos son iguales a él. No tienes por qué repetir la historia.
—Lina, lo siento, pero esa es una conversación que no deseo tener. Si no tienes más nada que decir, volveré a mis labores —di media vuelta pero su voz me detuvo.
—Aún no he terminado —cambió su tono de voz y supe que se trataba de trabajo—. Tus compañeras se han quejado de ti. Llegas tarde y con un aspecto deplorable. Utilizas el sanitario como tu vestidor personal y a Alina como tu guardarropa.
—Eso es ridículo —objeté, sonriendo.
—Dicen que aun conservas tu empleo porque tu jefa es tu hermana y que si no tomo cartas en el asunto, tendrán que recurrir a otras instancias.
—¿Eso qué significa?
—Que si no te despido, ambas perderemos nuestros trabajos.
—No pueden hacerte eso; ¡eres la mejor editora de todo Los Ángeles! —repliqué y ella sonrió, poniéndose de pie y caminando hasta mí—. Has rechazado formar una familia por esta revista. Conoces todo de ella porque la revista eres tú.
—Hay muchas buenas editoras que harían lo que fuera por mi puesto y en los negocios, la buena memoria se pierde cuando amenazan tus intereses.
—Entonces renunciaré. No dejaré que pierdas el trabajo de toda tu vida por mi causa.
—Sería mucho más feliz si en vez de decir que renunciarás, prometieras cambiar y dejar los excesos.
—Lina…
—Escúchame, Sabrina, le prometí a nuestra madre que cuidaría de ustedes como si fuera ella misma y no romperé mi promesa. Al menos no ese juramento —las lágrimas se asomaron en mis ojos y en los de Lina, pero pronto recompuso aquella imagen imponente de una mujer de hierro y se volteó, regresando a su sillón—. Piénsalo y luego de la cena hablaremos otra vez de todo esto. Puedes retirarte.
Tragué con fuerza y solo di media vuelta, marchándome de la oficina.
Lina tenía razón y mi madre tal vez estuviera muy decepcionada de mi comportamiento, pero no quería volver a pasar por lo mismo. No deseaba enamorarme, entregarme y que me lastimaran de nuevo. Los excesos se habían convertido en mi rutina y era la única manera de olvidar.
Llegué a mi escritorio y Alina me vio raro.
—¿Pasa algo? —negué—. Sabrina, nos conocemos desde que usamos pañales. Puedes engañar a cualquiera pero a mí no.
—Las demás mujeres al parecer se han quejado de mis constantes llegadas tardías y han amenazado a Lina con hacerla perder su empleo si no me corre.
—¡¿Qué?! —gritó, captando la atención de todas—. ¿Pero que se han creído? —dijo indignada y entorné las cejas—. Lina prácticamente fundó la revista DIVINE, no pueden hacerle eso.
—Es lo mismo que le he dicho, pero al parecer hay otras editoras que quieren su puesto y la cuestión va más por ese lado que por mi comportamiento.
—Pues ponte el despertador y acaba antes del amanecer para que no llegues tarde —dijo con seriedad y quise reír.
—Ay, Ali. De verdad que a veces eres tan inocente.
—¿Por qué lo dices?
—Creo que deberé replantearme esta vida, al igual que deberías de hacerlo tú. Ya estamos viejas para esto —bromeé y bufó.
—Apenas hemos florecido. No quieras aguarme la fiesta tú también, que para eso tengo a mi insoportable hermano.
—Josh es un gran hombre y un buen hermano. Solo quiere cuidar de ti.
—Como lo hace Lina contigo —acotó con una sonrisa tierna—. La vida nos ha golpeado con cosas demasiado difíciles, Sabrina. En un segundo ha cambiado todo el futuro que habíamos planeado en la escuela, ¿recuerdas? —asentí con melancolía.
—Tal vez tenga mejores cosas para nosotras —dije por decir y Alina negó.
—Solo fue para demostrarnos que no necesitamos de ningún hombre para salir adelante, y mucho menos, para ser felices. Aunque son un mal necesario si hablamos de sexo —compuso de nuevo la fachada de indiferencia que había adquirido desde todo lo que le ocurrió y solo afirmé para darle la razón.
***
Al salir de la oficina fui a mi departamento para preparar las cosas que llevaría a casa de mi padre, quien vivía en Montebello; una pequeña ciudad del Condado a unos trece kilómetros de la gran ciudad, y donde no había regresado más que para las cinco navidades que llegaron después del fracaso que resultó mi boda.
Por mucho tiempo había sido la comidilla del lugar, por lo que decidí no volver en un tiempo. Han pasado cinco años y creo que aun aquella amarga herida no ha terminado de cerrar.
De Jason no he sabido nada desde aquel día, pero las malas lenguas decían que se había mudado junto con toda su familia a otro estado.
Aunque la mayoría del tiempo lo odiaba, en el fondo sabía que solo había sido todo culpa mía por no haber querido aceptar desde un principio que él no me amaba como me merecía.
Con la pequeña maleta hecha, bajé hasta el aparcamiento de mi piso y conduje hasta aquel lugar que me traía muchos bellos recuerdos, pero que eran opacados por el trago amargo que pasé en aquella iglesia.
Cuando llegué, Lina también lo había hecho y saludamos a papá con efusividad.
—Al menos por esta noche olvidemos el trabajo y finjamos que somos buenas hermanas y nos adoramos —le había susurrado al oído y ella solo rodó sus ojos para luego afirmar con la cabeza y largarse a reír.
—Mis pequeñas… después de tanto tiempo al fin las tendré conmigo a todas de nuevo —dijo mi padre, sirviéndonos vino e invitándonos a sentarnos con él en el jardín. Era junio y el calor se sentía insoportable.
—¿Alison aún no ha llegado? —papá negó.
—Dijo que llegaría sobre la hora.
—¿Saben que se trae entre manos? —indagué de nuevo y ambos negaron, hasta que oímos un auto aparcar frente a la casa.
—Debe ser ella —mi padre se puso de pie, entusiasmado para ir a su encuentro.
—¿Qué locura crees que ha cometido esta vez? —preguntó Lina y me encogí de hombros.
—Espero que no la misma que había decidido yo hace cinco años —ironicé y sonrió.
—Por primera vez estamos de acuerdo. Lo único que nos falta es que Alison quiera casarse tan joven.
Cuando mi padre regresó hasta el jardín, su rostro estaba descompuesto.
—¿Qué ocurre, papá? —pregunté de inmediato, yendo a su alcance.
—¡SABRINA! ¡LINA! —oímos la voz chillona de Alison y nos volteamos a mirarla, mientras ella corría prácticamente hasta nosotras y papá negaba con la cabeza.
—¿Cómo estás, nena? —saludó Lina, abrazándola.
—Te ves preciosa, Alison —acoté, imitando la acción de mi hermana mayor.
—Es el amor —respondió ella.
—Mamma mía —dijo papá, juntando sus manos y mirando al cielo.
—¡Me voy a casar! —gritó nuestra pequeña hermana, dando saltitos efusivos y las dos nos miramos, pensando que se había vuelto completamente loca.