Chapter 5 Paris

Chapter 5 Paris

SABRINA

Lina, papá y yo nos miramos sonriendo y suspiramos. Nosotros tampoco teníamos nada que refutar a sus palabras. Se oía sincero y parecía un buen muchacho.

—Entonces, no hay nada más que hablar —papá se puso de pie y Lucio lo siguió—. Tienen mi bendición para casarse, pero quiero que sepas, muchacho, que Alison tiene una familia un tanto chiflada, que no dudará en meterse en sus asuntos si no es feliz, ¿comprendes?

—Perfectamente, señor. Le prometo que dedicaré mi vida en hacerla feliz.

—Eso espero y ahora, si me disculpan, iré a descansar. Puedes traer tus cosas aquí y quedarte el tiempo que quieras. Después de todo, no harán nada que ya no hubieran hecho en París —bromeó papá y el bochorno tiñó de rojo el rostro de Lucio, mientras mis hermanas y yo estallamos en risas.

Lucio se marchó esa noche a su hotel para recoger sus cosas y pagar la habitación, pero a partir del día siguiente traería se equipaje tal y como mi padre se lo había sugerido.

Cuando se hubo marchado, las tres nos encerramos en la habitación de Lina, oyendo las mil y un anécdotas de Alison en Francia y de cómo conoció a Lucio.

—Sabrina se tomará unas vacaciones y podrá ayudarte con los preparativos —dijo Lina y Alison se lanzó sobre mí, llenándome el rostro de besos, mientras me resignaba a preparar una boda.

—¿Podrías darle todo el mes, Lina? —preguntó sonriente y mi hermana mayor afirmó—. Tienes tu pasaporte al día, ¿cierto, Sabrina? —dijo de pronto y fruncí el ceño.

—Por supuesto. ¿Pero qué tiene que ver con los preparativos?

—La boda será en París. En unos días debemos regresar y por supuesto vendrás conmigo —respondió sin dar lugar a réplicas. Sin embargo, Lina intervino de inmediato.

—¿En París? —Alison movió eufórica la cabeza—. ¿Por qué no puede ser aquí?

—Es que Lucio es de allí y quiere a toda su familia en la boda. Será más fácil trasladar a la mía a que todo París venga aquí.

—¡Pero yo no puedo salir del país! —intervine.

—¿Por qué? —preguntaron ambas al unísono y suspiré—. Tienes vacaciones —dijo Alison.

—Y creo que es una gran idea. Recuerda lo que hablamos —acotó Lina. Tenía la batalla perdida.

—Está bien. Al menos déjenme tener una fiesta de despedida —dije, lanzándome a la cama de espaldas.

—Me gustaría una cena de compromiso antes de marcharnos —mencionó con suavidad e ilusión mi hermana—. Sé que en París nos ofrecerán una celebración, pero yo deseo que las personas más importantes para mí compartan conmigo este momento.

Lina acarició su espalda y yo la miré con ternura. A Alison le costaría bastante adaptarse a su nueva vida, pero ni modo: el amor era así.

—¿A quién deseas invitar? —pregunté.

—Saben que no tengo muchas amigas y que Mila, Sara y Alina han sido como unas hermanas para mí. Me gustaría que estuvieran ellas, ustedes y papá. Con eso seré feliz.

—Nuestra hermana ha madurado —dijo Lina con lágrimas en los ojos y le aventé una almohada.

—¡Sólo está enamorada! —bromeé—. Creo que debo ir a París para encontrar un esposo como la gente —volví a bromear, logrando que Alison y Lina me vieran con atención—. ¡¿Qué?! Solo es una broma, saben que jamás me casaría.

—Pues ya lo veremos —susurró misteriosa mi hermana pequeña.

—¿Qué ideas locas se te están ocurriendo?

—En París conocerás a muchos hombres y creo que tengo el candidato ideal para ti —fijó como toda una experta y me largué a reír.

—¡Sí, cómo no!

—Ya verás que sí, Sabrina. Ya verás.

—Me gustaría verlo —intervino Lina—. Dios nos haría un milagro si Sabrina sentara cabeza y consiguiera un marido decente como Lucio.

—Pues morirás esperando. Y mejor me voy a dormir porque antes de marcharnos a París debo despedirme de todos mis novios —me puse de pie y salí disparada de la habitación.

—¡Ya lo veremos! —gritó Alison y por un momento el pánico me invadió porque ese pequeño diablo que tenía de hermana, era capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya.

«Ya se le pasará», pensé, mientras me acurrucaba en la cama que había extrañado tanto y me perdía en un sueño maravilloso.

***

Las cosas se fueron acomodando con los días. Terminé la semana con un viernes cargado de pendientes resueltos. En la noche, Lina, papá y yo ofreceríamos la cena que deseaba Alison con mis mejores amigas, que a fin de cuentas eran como nuestras hermanas.

Alina había sufrido mucho desde muy joven y siempre que su hermano no se encontraba en su casa para «protegerla», ella no salía de la nuestra. Mila era hija única y sus padres nadaban en dinero, pero de la misma manera en que colmaron a su hija con cosas materiales, brillaron por su ausencia en los momentos importantes. Y Sara… Sara es un caso aparte y excepcional. La más lista, la más guapa, la más sensata. Hasta hoy día no sé a ciencia cierta cómo nos ha podido soportar por tantos años y sacarnos de muchos aprietos.

Sin embargo, a las cuatro nos unía la misma cuestión y era que ninguna ha encontrado el hombre indicado en su vida. Siempre hemos escogido al patán y nos hemos secado las lágrimas mutuamente, muchas más veces de lo que podría recordar.

Lina por otro lado, había estado enamorada por mucho tiempo, pero Josh, el hermano de Alina, fue reemplazado por el trabajo a pesar de que se amaban profundamente. De pequeñas habíamos soñado con vivir los cuatro juntos, casando a Lina y a Josh en nuestras fantasías, que se truncaron cuando mi hermana mayor rechazó su propuesta.

Alina lo traería a la cena y quizá mi hermana no lo tome nada bien. Sin embargo, era ese precisamente el propósito.

La casa estaba lista, la mesa también y solo faltaban pocas personas para comenzar.

—¿Por qué invitaste a Josh? —increpó Lina.

—No es mi cena de compromiso.

—¿Alison lo invitó? —me encogí de hombros—. Ese pequeño demonio. ¡Me las pagará! —bramó furiosa en la cocina.

—¿Por qué te sorprendes? Josh siempre fue como un hermano para nosotras, en especial para ella. Además —la miré de reojo—, lo de ustedes fue hace muchos años. No debería de importarte, a menos que…

—¡Mejor cállate! Y ayúdame a llevar todo a la mesa.

—¡Está bien!

Al llegar al comedor, mi hermana pequeña cuchicheaba muy cómplice con mis amigas y éstas me veían de reojo, como si me vigilaran.

Luego de la cena y el brindis, Josh, Lucio y papá bebieron algo fuerte mientras nosotras conversábamos de la prematura boda.

—Entonces, irás a París —inició Sara y afirmé bufando.

—No puede ser tan malo. Ya ves como regresó Alison —entornó sus ojos Alina y todas rieron.

—No creo tener tanta suerte —repliqué.

—Nosotras también iremos. No nos perderíamos por nada la despedida de soltera de nuestra pequeña hermana —mencionó Mila—. Pensar que le enseñamos todo lo que sabe y ésta mocosa se casa antes que nosotras.

—Y les agradezco mucho por toda la paciencia que han tenido. Sé que no soy fácil y que a veces me he portado muy mal —todas la vimos con ternura.

—Nuestro pimpollo ha florecido —dijo Lina y todas reímos.

—Por cierto —inició Alina—, espero no estés molesta por traer a mi hermano. Acaba de regresar a la ciudad y como Alison lo invitó, no quiso perder la oportunidad de volver a verlas y saludarlas.

—No te preocupes —respondió Lina, un tanto incómoda.

—Nosotras nos marchamos y las vemos mañana en el aeropuerto para despedirlas —Sara se puso de pie y las demás la siguieron.

Los hombres ingresaron en ese momento al comedor y Josh se despidió de Alison y de mí, para dejar por último a Lina.

—Fue bueno verte otra vez, Lina —lo oímos decir—. Si tu agenda no está tan apretada, me encantaría invitarte un café.

Todas nos codeamos con sonrisas cómplices, porque en el fondo sabíamos que ninguno se había casado porque aún se querían.

—Sí, claro —fue lo único que dijo mi hermana, mientras le hacíamos gestos para que reaccionara antes de que Josh se desencantara—. Si quieres pasar por la revista el lunes, luego del trabajo, estaría bien.

La sonrisa que se formó en el rostro de Josh fue emblemática.

—Por supuesto que sí —sus manos viajaron a la cintura de Lina y le dio un suave beso en la comisura de su boca, mientras nosotras disfrutábamos internamente nuestra pequeña victoria—. Ya estoy deseando que llegue el lunes. Hasta entonces —volvió a decir, saliendo de la casa.

Lina nos reprendió con los ojos pero de todos modos, estábamos felices por ellos y no descansaríamos hasta que terminen como siempre debieron: juntos y en el altar.

***

Al día siguiente estábamos listas para partir. Nos despedimos con tristeza de mis amigas, hermana y mi padre, aunque sabíamos que en tres semanas volarían a París para organizar la despedida de soltera de Alison.

Dormí durante todo el vuelo y ni siquiera me percaté cuando llegamos. Alison me había despertado y Lucio tuvo la amabilidad de llevar mi equipaje de mano mientras trataba de arreglar mi pelo enmarañado.

Él me acomodaría en uno de los departamentos de los proyectos que estaban a su cargo, por lo que me sentía un poco más tranquila. No deseaba irrumpir en la casa de unos extraños y espantar a la familia política de Alison con mis tontos hábitos.

—¿Cogeremos un taxi? —pregunté cuando recogimos nuestro equipaje.

—Un amigo vendrá por nosotros, no te preocupes —dijo Lucio, mirando de manera cómplice a mi hermana.

—Espero que no se les ocurra la absurda idea de querer emparejarme con ese amigo —advertí y ambos sonrieron.

—Pierde cuidado, Sabrina —habló mi cuñado—. Piero es un caballero y no necesita que le busquemos pareja.

—Sí, claro —repliqué para nada convencida—. ¿Acaso es casado? —ambos me vieron divertidos—. Como dices que no necesita que le busquen pareja…

—No es por eso, Sabrina —intervino Alison—. El amigo de Lucio es un hombre bastante llamativo. Las mujeres le llueven, así que no necesita que nosotros le busquemos novia.

—Pues ver para creer —bufé, porque no me fiaba de la palabra de esos dos.

A Lucio no lo conocía, pero Alison siempre tenía intenciones ocultas y debía andarme con cuidado.

—Está por allá —señaló Lucio, incitándonos a caminar hacia la salida del imponente aeropuerto.

Caminé detrás de ellos, mientras intentaba configurar mi móvil para poder utilizarlo aquí, cuando choqué con alguien.

—Lo siento, yo… —levanté la vista para disculparme, topándome con unos ojos celestes y una sonrisa de boca cerrada que podría derretir a cualquiera.

Me quedé sin habla por unos minutos hasta que Lucio carraspeó, trayéndome a la realidad.

—Sabrina, él es Piero Brunelli, mi socio y mejor amigo —lo presentó.

—Bonsoir —dijo despacio, como si arrastrara las palabras convirtiéndolas en seda para mis oídos—. Es un verdadero placer conocerte, Sabrina.

Y la sola pronunciación de mi nombre con aquel acento, había mojado por entero mi braga.

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