Piero comenzó a inquietarse por mis sollozos y tiré de la sábana que lo cubría desde las caderas con la intención de envolverme en ella. Sin embargo, mis ojos casi se salen de órbita al dejarlo completamente desnudo.
—¡Mi Dios! —grité por la sorpresa de verlo de aquella manera, tumbado boca arriba con vellos en el pecho que descendían casi imperceptibles por el surco de su abdomen, haciéndose más evidente debajo de su ombligo y acabando en su virilidad de manera frondosa.
Tragué grueso e intenté componerme enrollando rápidamente la tela alrededor de mi cuerpo. Sorbí la nariz y sequé las lágrimas que había derramado al invadirme el pánico mientras...