Cuando bajamos para unirnos a Piero, sus ojos brillaron al verme enfundada en aquel vestido discreto y elegante.
Me besó en la mejilla y abrió la puerta para mí, como también lo hizo con mis amigas que fueron en la parte trasera. Todas estaban encantadas con él y Piero era un adulador que se las iba metiendo en la bolsa con cada conversación.
Al llegar, lo hicimos sonriendo por una anécdota nuestra que había compartido Alina con Piero, de cuando éramos niñas. Cuando estuvimos por entrar a la imponente casa, las demás se adelantaron y él me detuvo del brazo con la intención de hablarme.
—Recuerda siempre, Sabrina, que eres...