El domingo había mandado revisar que todo estuviera en excelentes condiciones para la llegada de la cuñada de Lucio. Incluso compré algunas cosas de la tienda, que yo pensaba eran indispensables en una despensa: café, frutas, algunas galletas y lácteos.
No sabía nada de aquella mujer ni me imaginaba como fuera físicamente, aunque si le rompieron el corazón y luego ya no tuvo ninguna relación, no debía poseer demasiado encanto.
De camino al aeropuerto, mi móvil comenzó a repicar y respondí de inmediato: era Danna.
—Hola, Danna… —saludé y oí un sollozo del otro lado—. ¿Pasa algo?
—Es ella, Piero… otra vez ella —recosté mi cabeza en el respaldo y...