Maximiliano, vestido con el mismo traje de hace algunas horas, le miraba con una leve y extraña consternación en sus ojos. El silencio reinó cuando la puerta se cerró.
—Tú y tu gente me han hecho daño.
Él exhaló y negó, mordiéndose el labio inferior.
—Mi gente no. Yo.
El vehículo se despegó de la acera y siguió adelante.
—¿Podemos ir a un lugar? No quiero estar en el hotel. No todavía.
Max asintió y le dio la orden al chofer de escucharla.
***
Carla barrió de hojas y nieve el nombre de su madre gravado en piedra y cemento. La inscripción servía de base de una gruesa cruz de...