—Siento mucho haberme metido en el espacio de tu amante, pero si no hacía algo que colaborase con este jodido caso de Daniel, ninguno de ustedes lo lograrían.
Max mostró sus dientes con una sonrisa de hiena que afloró automática en su cara.
El mesonero llegó, sorprendiéndolos, ya que sus periferias no existían en ese momento, por lo que apenas lo sintieron llegar.
Colocó el postre frente al empresario, el agua, más un vaso de cristal transparente frente a ella. Dispuesto a servirle, ella lo detuvo.
—No, gracias, lo hago yo.
—Como guste, con permiso. —Y se retiró.
—Mi amante, dices —retomó él con rapidez—. Claro, de seguro le he...