—Me encontró… —exhaló muy bajo, absolutamente pasmada.
Sus ojos llorosos, la piel de gallina y un fuerte nudo en la garganta no impidió que perdiera la consciencia de con quién se encontraba acompañada.
Miró de reojo el vehículo grande y de color negro aparcado a un lado de la acera, sonriendo apenas, luchando por hacerlo bien, para luego agacharse y tomar el morral que dejaron acomodado allí.
Abrió la puerta principal y entró, apoyándose contra la madera. Intentó respirar, sin mucho éxito.
Con manos temblorosas, revisó el bolso. Abrir la cremallera se le hizo difícil.
Sus botas, la ropa con la cual llegó al gimnasio esa noche, sus documentos personales...