La llegar a casa de Piero, sentí mucho pesar al ver la mesa armada, las velas apagadas y el vino a medio terminar. Lo cacé justo cuando recogía la vajilla limpia y me lancé a sus brazos sin dudar. El me envolvió sin preguntas, arrastrándome cargada al sofá, donde le confesé lo que había ocurrido y el motivo de mi malestar.
Sin embargo, me sorprendió en demasía con aquel gesto de entregarme un anillo, y más aún, la respuesta que le había dado sin siquiera dudar.
Luego de que deslizara el anillo en mi dedo, volvió a cargarme con ternura para trasladarnos a su habitación.
Cuando mis pies tocaron el...