—Te juro que tampoco recuerdo nada… —dije con la mayor seriedad posible para que me creyera, pero ella sonrió con ironía y negó con la cabeza. No me creía.
—Dime una cosa, Piero… —masculló furiosa—, cuando dijiste que ya tenías una solución para que no me marchara, ¿te referías a esto? ¡¿A ésta maldita broma sin sentido?! —gritó y me tomó desprevenido, porque aquella sorpresa a la que me había referido era ir a Los Ángeles a verla. Una gran decepción me embargó, pero no la podía culpar porque a fin de cuentas, no nos conocíamos como para poner las manos al fuego por el otro.
—Yo jamás haría algo...