Sin duda alguna, hoy mismo iría por las malditas cortinas.
Miré a mi lado y Sabrina no se encontraba por lo que salí de la cama, me aseé rápidamente en el baño y caminé con prisa fuera de la alcoba. Un delicioso aroma inundó mis fosas nasales y al llegar a la cocina, me recosté en el marco de la puerta, cruzando mis brazos y viendo como preparaba fuera lo que estaba haciendo. Llevaba puesta una de sus tantas camisetas y una braga negra que dejaba a la vista sus glúteos firmes.
El desayunador estaba provisto de café, jugo, panes y al voltearse, con una sartén en mano, sirvió en...