Chapter 6 Es una sirena

Chapter 6 Es una sirena

Eve corría para cruzar la calle y alejarse cuanto antes de la cafetería, de la aglomeración de mujeres y de ese hombre.

Estaba a punto de adentrarse en la oscuridad del camino que la llevaría a su casa cuando Adeline la interceptó.

—¡Eve! ¿Dónde vas con tanta prisa? —No le quedó otro remedio que detenerse y mirar a su amiga. Adeline frunció el ceño y le dijo—: ¿Qué te has hecho en el bigote? Bueno, qué más da, te ves mucho mejor sin él.

—Tengo prisa, Adeline, estoy cansada y quiero llegar a casa —respondió de malhumor.

Intentó retirarse, lo único que deseaba era internarse en la oscuridad del camino de tierra y dar por finalizado ese horrible día.

—¡Pero la noche es joven! —gritó su amiga que ya se notaba que había bebido varias cervezas—. Mi señor Himalaya tiene a los niños, no vas a despertar a Mathew a esta hora. Ven, disfruta, estamos hablando de las nalgas del millonario.

Eve se envaró al escuchar nombrar el bien moldeado trasero de Rob. Para su mala suerte el alcohol que ingirió esa noche seis años atrás no había hecho mella en sus recuerdos.

Ella había hecho mucho más que ver su bien formado trasero.

—¡Qué mal gusto tienen todos! —se quejó para ocultar sus pensamientos—. No me interesa, quiero llegar a casa y descansar. Mañana tengo que trabajar y para lo único que quiero mencionar a ese hombre es para quejarme. Por su culpa debo volver a estas horas a casa y encima sola.

—Al menos te da el fresquito de la noche, no es que te vayan a asaltar y menos abusarán de ti. En este pueblo corre más peligro un hombre solo por la calle que una mujer, eso todas lo sabemos.

—Bah, me voy, tengo cosas que hacer.

«Como golpearme a mí misma por andar sintiendo esto», pensó.

—Como quieras, Eve. Yo iré a ver si puedo recrearme la vista otro poco con ese rostro que parece tallado por los mismos dioses del Olimpo.

—Que lo disfrutes —gruñó y le dijo adiós con la mano, pero Adeline no podía dejarlo así.

Conforme se alejaba la escuchó gritar: «Ya te debe haber crecido el himen de nuevo, recuerda que la carne que no se usa se pudre, Eve. Putrefacto lo debes de tener».

Apretó los puños y decidió ignorarla.

Apenas había caminado unos metros y el único ruido que comenzó a escucharse fue el de sus pasos. Eve suspiró, hacía demasiado calor. Sentía el sudor resbalar por sus mejillas y el corazón demasiado acelerado.

Esa noche le costaría dormir, dudaba que una ducha la relajara lo suficiente como para apagar los pensamientos que la asolaban.

La luna llena brillaba en el cielo y no pudo evitar recordar las tranquilas aguas del pequeño lago que se encontraba a pocos minutos de su casa.

—De todas formas, no podré descansar —comentó en voz alta y como respuesta escuchó el ulular de un búho—. Y Lucas está cuidando de Mathew, se podría decir que es mi primera noche sin responsabilidades.

El búho volvió a responder como si tuviera una charla con ella y Eve tomó la bifurcación que llevaba al lago en lugar de a su casa.

Cuando llegó, suspiró por la paz que había en ese lugar y la forma en que la luna se reflejaba en el agua. Se quitó los zapatos del trabajo y se sentó en la orilla teniendo cuidado de no mojarse el uniforme.

Se mojó los pies con el agua fresca y gimió de placer al sentir la agradable sensación.

Le pareció escuchar un crujido de ramas secas a su espalda, pero solo fue un instante.

Se puso alerta y agudizó el oído, pero todo lo que se oyó fue de nuevo el ulular del búho.

—Estás sola —dijo y recordó lo que le acababa de mencionar Adeline—. No hay lugar más seguro que Attica.

Con ese pensamiento se quitó el bolso, lo dejó a un lado y se puso de pie para comenzar a quitarse el uniforme del trabajo.

Eve se quedó en ropa interior y miró la oscuridad del agua.

«Una locura de vez en cuando no hace daño», pensó. Volvió a mirar a su alrededor y al ver que no había nadie, se quitó el resto de la ropa y se adentró en al agua.

***

Rob había decidido escapar de la cafetería y se dijo a sí mismo que lo hacía para huir de las mujeres que le pellizcaban el trasero en cada descuido.

Ni siquiera avisó a su asistente de que se marcharía, Attica era tan pequeño que podía regresar caminando. Cruzó la calle sin ser interceptado por nadie y se cubrió con la oscuridad que se encontraba al otro lado de la calle.

«No estaría mal que invirtieran en alumbrado público», pensó.

Por casualidad había tomado la misma dirección que Eve.

«Por casualidad», repitió en su mente. No es que quisiera hablar con ella o pedirle explicaciones. Lo único que ocurría era que, ante todo, era un caballero y se sentía con la obligación de protegerla.

Casi no había luz y se había marchado por un camino de tierra que parecía abandonado.

Si le llegaba a pasar algo la culpa no lo dejaría tranquilo. Si coincidía con ella, la seguiría a una distancia prudencial, así se aseguraría de que llegaba segura a donde sea que se dirigiera.

No había avanzado mucho cuando escuchó hablar a dos mujeres, una de ellas gritaba mientras la otra se alejaba.

—¡Ya te debe haber crecido el himen de nuevo, recuerda que la carne que no se usa se pudre, Eve!

Rob sintió un escalofrío al reconocer la voz de la hija psicópata del jefe de policía.

De todas las entrevistas, porque no podían llamarse citas, que había tenido. La de esa mujer era la que se le había quedado grabada en su memoria y no por un buen motivo.

Vio a la loca alejarse y a Eve continuar por el camino de tierra.

—Definitivamente no hay caballeros en Attica —gruñó para sí mismo.

¿Cómo podían dejar que se marchara sola, caminando, en la oscuridad y casi de madrugada?

Podían hacerle algo, ¿y si la atacaban?

Se dijo que no revelaría su presencia, tan solo la seguiría a una distancia prudencial para dejar su conciencia tranquila.

A mitad del camino la escuchó hablando sola, seguro estaba asustada y la aliviaba escuchar su propia voz. Estuvo a punto de hacerse notar cuando ella se detuvo y cambió la dirección de su marcha.

Se sorprendió cuando llegó a un claro, la luna iluminaba un pequeño lago y frente a él se detuvo.

«Esta mujer no tiene sentido de la supervivencia», pensó.

La observó quitarse los zapatos, meter las piernas en el agua y emitir un jadeo bastante seductor. Ella se había levantado el uniforme lo suficiente para no mojarlo y dejó al descubierto sus piernas.

Rob quiso apartar la vista, se sentía un acosador por estar observándola, pero sus ojos viajaban a su piel expuesta sin atender sus órdenes de mirar a otro lado.

Bajo la luz de la luna y de espalda, se asemejaba a una sirena.

«¿En serio, Rob? ¿Una sirena? Las sirenas son hermosas y ella… ¡Bah!, ni que fuera para tanto», se regañó a sí mismo.

Sin querer pisó una rama de un árbol y la vio ponerse en guardia.

Se escondió para no ser visto. Si lo descubría en aquel lugar pensaría que la estaba espiando y él no estaba dispuesto a darle el gusto de que creyera que estaba al pendiente de ella.

No lo estaba, su único interés era su seguridad y que regresara a salvo.

Cuando volvió a mirar la imagen que tenía enfrente lo dejó sin palabras. Eve estaba de espaldas, se había quitado el uniforme del trabajo y se encontraba en ropa interior.

Rob sintió que todas las hormonas de su cuerpo se concentraron en un único punto.

Comenzó a sufrir una intensa tensión en sus pantalones y apartó la vista para no continuar recreándose con aquella visión.

—Vamos, Rob, que solo es una mujer y las has tenido mucho más hermosas.

Se recordó a sí mismo la expresión ceñuda de Eve, el moño estirado, el bigote falso, aquel horroroso uniforme que le llegaba por debajo de las rodillas y que llevaba abotonado hasta el cuello.

Aquello tenía que ser suficiente para enfriar cualquier ardor que hubiera provocado aquella ilusión óptica.

Él no se sentía atraído por ella, la culpa la tenía el aura mágica de ese lago.

Era eso, la noche, el agua, la luz de la luna… Rob volvió a mirar y Eve se había desprendido de su sujetador y comenzó a hacer lo mismo con la prenda que le quedaba.

Para terminar de matarlo la vio alzar los brazos al cielo y mirar a la luna.

La escuchó reír y soltarse el moño de bibliotecaria aburrida.

Su cabello castaño se deslizó haciendo ondas en su espalda y llegó hasta la cintura.

Rob tragó para no emitir un jadeo. La culpa la tenía la noche, repitió, la naturaleza y esa mujer que era capaz de transformarse de pulpo a sirena bajo los rayos de la luna.

Se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, cuando escuchó el ruido del agua y ya no pudo dejar de observarla.

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