Eve estaba desesperada.
Cuando vio aparecer a Harrison en la cafetería sintió que su mundo se le venía encima.
No tuvo otro remedio que ponerse de pie y enfrentarlo.
—¿Qui-quiere un café? —tartamudeó con todas sus neuronas paralizadas por el miedo.
—Tú sabes que no —dijo él.
Eve vio que toda la atención estaba puesta en ellos, así que le hizo una señal con la cabeza para que pasara al interior de la barra y la siguiera a la bodega.
Cuando ambos se encerraron en el interior, Eve colocó ambas manos unidas frente a su pecho.
—Se lo ruego, no le diga a su jefe que me ha visto. Yo solo quiero vivir tranquila.
—¿Por qué se marchó? Mi jefe puede parecer intimidante, pero le aseguro que si consigue sacarlo de su caparazón no encontrará hombre más bueno que él.
—No puedo explicarlo y sé que usted no me debe nada, pero prométame que no le dirá dónde estoy.
Harrison alzó una ceja y la miró con suficiencia.
—Tienes mi palabra de que no le diré nada, además, ¿piensas que un hombre como él va a venir detrás de ti? Puede tener a la mujer que quiera.
Eve sintió ese golpe sin manos llegar a su cuerpo. Tenía razón, se estaba volviendo loca, aquello tendría que ser una coincidencia.
Que un hombre como Rob Ellison persiguiera a la mujer que fue en el pasado podría tener más sentido, pero del Ángel del Venetian ya nada quedaba.
Después de esa conversación, Harrison se marchó de la cafetería con Billy.
No había pasado ni veinte minutos cuando su jefe la envió a su casa a descansar porque esa noche había un evento y debían abrir la cafetería. En apenas unas horas, la noticia corrió como la pólvora por toda Attica.
Un multimillonario recién llegado de Manhattan iba a citarse con todas y cada una de las mujeres solteras porque buscaba una esposa. Aquello, estaba segura, era lo más interesante que había pasado allí en siglos.
Eve sabía muy bien de quién se trataba.
Por más que rogó a su jefe por no ir a trabajar esa noche, le dejó muy claro que si no iba se buscara otro empleo y ella no podía prescindir de su trabajo.
—¡Eve! —la llamó su amiga al entrar en su casa—. ¿Dónde estás?
—¡En el baño! —gritó a la vez que continuaba pegándose el bigote falso.
En su desesperación, no se le había ocurrido otra cosa que vestirse lo más horrenda que pudiera.
Quizá de esa forma no la reconocería.
—Vengo a llevarme a Mathew, mi Lucas lo cuidará. Mi hija está feliz porque harán una pijamada, ya sabes que son muy amiguitos los dos.
—No sabes cuánto se los agradezco. No sabía con quién dejarlo.
—Sabes que cuentas con nosotros para lo que necesites. —Adeline la abrazó y le señaló el entrecejo—. Si te pones pelo ahí podrás parecer un bonito simio.
***
Apenas faltaban diez minutos para que el evento comenzara y era increíble la aglomeración de mujeres que se encontraban haciendo fila.
¡Pero si hasta las abuelas del geriátrico esperaban su turno!
Se sorprendió al ver de nuevo a Adeline, que estaba la primera en la fila y luciendo como si fuera a una boda.
—¿No te vas a presentar, Eve? —le preguntó su jefe—. Aunque estés trabajando no te quitaría esta oportunidad. Estás muy sola, no tienes familia ni nadie que te quiera. Necesitas un buen marido.
Eve tragó el nudo que se le atoró en la garganta.
—Gracias por describir mi vida —graznó—, pero mi hijo me ama y con eso tengo suficiente. Casarse está muy sobrevalorado y el amor te destruye.
El auto que había visto aparecer en la mañana aparcó frente a la cafetería.
De él salió Harrison y momentos después Rob Ellison.
Eve clavó los dedos en la barra, su jefe estaba a su lado y no podía salir corriendo. Solo podía rogar para que no la reconociera con aquel aspecto.
Los murmullos femeninos fueron aumentando de volumen, parecía que hubiera llegado una estrella de cine. Por unos segundos, él miró al interior del establecimiento y la observó.
Eve se dio la vuelta para darle la espalda y fingió estar limpiando las botellas.
Un calor inexplicable le recorrió el cuerpo, era como si pudiera sentir la mirada de ese hombre sobre ella y todo su ser reaccionara. Debía reconocerse a sí misma que no había dejado de pensar en él desde que huyó de Manhattan, pero ¡no podía ser!
Ella estaba muerta por dentro, vacía, jamás se permitiría sentir atracción por ningún hombre y que le volviera a ocurrir lo mismo.
—¡Eve! —gritó su amiga—. ¿Lo has visto? ¡Qué masculinidad, qué macho, es una maravilla! No solo es rico, además es un portento de hombre. Creí que nadie podría ser más guapo que Billy, pero este se lleva el premio. Y soy la primera que tendrá la cita.
—Adeline, santo Dios —murmuró bajito para que solo su amiga la escuchara—, que tu marido está en casa cuidando de los niños.
—Pero si él me dio permiso, me dijo que me divirtiera y eso pienso hacer.
***
Cuando Rob bajó del coche fue incapaz de mirar a su alrededor. En esa ocasión, Harrison había sobrepasado los límites. Lo había convertido en un mono de feria y eso era algo que no soportaba.
Bastante tenía ya con las apuestas que hacían en internet. Todos hacían conjeturas sobre cuándo se iba a morir y de qué forma.
Dirigió su vista al interior del establecimiento y descubrió una mujer detrás de la barra. Lo miraba como si él fuera un raro espécimen en vías de extinción y después se dio la vuelta con rapidez.
Rob parpadeó varias veces.
Se estaba volviendo loco, no tenía suficiente con imaginar a esa mujer todas las noches en su cama que ahora le parecía verla en todas partes.
—Harrison —siseó en voz baja y su primo lo miró—. Dime que aquella mujer que está detrás de la barra es Evangelina. Porque si no lo es me marcho ahora mismo para internarme en un psiquiátrico.
Su primo le sonrió con inocencia, como si aquello no fuese un plan fraguado por él.
—Pensé que lo sabías, Rob. Tienes una excelente vista, pero una memoria pésima. ¿No recuerdas que el día de las entrevistas te leí su expediente? Trabaja aquí.
—Por casualidad esto no será una trampa para que me reencuentre con ella, ¿no? —murmuró con los dientes apretados.
—Me ofendes, jamás haría eso. Lo que te dije es verdad, vinimos hasta aquí para que encuentres una esposa. ¿Ves todas las mujeres que esperan por ti? Alguna debe gustarte y saldrás de mi querido pueblo bien casado. —Harrison le palmeó la espalda—. Además, matarás dos pájaros de un tiro, conseguirás esposa y le restregarás en la cara lo que se perdió a esa aburrida mujer.
Después de que Harrison soltara aquellas palabras, entraron a la cafetería y su primo comenzó a explicar cómo sucederían los encuentros.
Habían colocado varias mesas unidas. En un lateral se encontraba una silla y en la parte de enfrente había diez alineadas una junto a la otra. Debido a la alta afluencia de mujeres, decidieron hacerlo así para que pasaran en grupos de diez y, conforme él tocara el timbre o el tiempo del cronómetro se acabara, la siguiente candidata ocuparía ese lugar.
Todo comenzó a suceder demasiado rápido.
Rob se encontró sentado frente a la primera candidata cuando el cronómetro se puso en marcha.
—Hola, me llamo Adeline, cumplo treinta años el veintiséis de marzo. Soy hija del jefe de policía de Attica. Me encanta ver documentales sobre asesinos seriales y sé todo sobre envenenar al marido sin que lo detecte la autopsia.
A Rob se le contrajo el estómago al pensar en la muerte y fue a darle al botón rojo para que pasaran a la siguiente, pero ella continuó:
—No lo digo por ti, bombón. Es porque estoy casada, pero si estás interesado siempre puedo hacer un arreglillo.
—¡Siguiente! —rugió y golpeó el timbre.
Así fueron pasando una a una las candidatas.
Altas, bajitas, algunas delgadas, otras llenitas, tímidas, simpáticas, pero ninguna de ellas le pareció la indicada.
No lograba escuchar lo que decían, sus ojos y su mente iban siempre en la misma dirección. El lugar dónde se encontraba Evangelina.
Finalizó aquella locura hablando con una mujer de casi ochenta años. Rob ni siquiera había pronunciado una sola palabra cuando la abuelita se comportó como si él estuviera rogando por ella.
—Debo rechazar tu propuesta, joven. Mi menopausia llegó cuando tenía cuarenta y siete años y no puedo darle los hijos que solicita, pero no te angusties, todavía te queda una con la que no has tenido una cita. Aquella de allí, se llama Eve —dijo la anciana cuando él le intentó explicar con la poca paciencia que ya le quedaba que no estaba interesado.
—Pero es que yo no le pedí… Entiendo, acepto su rechazo. Muchas gracias por venir —murmuró, cansado y deseando levantarse para enfrentar a esa mujer que lo había dejado traumatizado con su humillación.
Eso era lo que le ocurría.
En cuanto la enfrentara y le diera su merecido aquella obsesión se le pasaría.
Se despidió de la anciana y se levantó para dirigirse a la barra.
Se sentó justo enfrente de donde ella se encontraba secando un vaso y escuchó un coro de suspiros seguido de: «¡Cómo se le marca el pantalón al sentarse! ¡Qué nalgas más bien formadas! ¡Por él no me importaría envenenar a mi marido!».
Ignoró los comentarios y centró su atención en la mujer que permanecía con la vista al frente, ignorándolo y con un aspecto muy distinto al que le había visto en Manhattan.
—Buenas noches —la saludó como a una desconocida, no pensaba darle el gusto de que creyera que él se acordaba de ella—. Creo que faltas tú.
El silencio se hizo en el local, todas las féminas parecían estar a la espera de enterarse de la conversación.
La mujer alzó la vista del trabajo que estaba haciendo, pudo notar como sus manos temblaban y el vaso que mantenía sujeto se resbaló hasta caer al suelo y acabó por romperse.
—Lo siento —se disculpó Eve y se agachó para recoger el estropicio. Desde esa misma posición, elevó un brazo y mostró el dedo índice—. Deme un minuto y lo atiendo. —La observó corretear por el interior de la barra limpiándolo todo y barriendo una y otra vez el lugar donde estaban los cristales. Cuando terminó, se colocó a un metro de distancia de él y le preguntó—. ¿Qué le sirvo?
Rob recorrió su figura con aquel horrendo uniforme y aun así sintió un deseo insano por ella. Estaba rígida como una tabla y… ¿Se había dejado crecer el bigote?
—No necesito nada —comentó, huraño, le estaba molestando su actitud. Ella fingía no conocerlo—. Me acerqué porque has sido la única que no tuvo una cita conmigo, me han dicho que eres soltera y quizá el trabajo te lo impidió.
Eve le dirigió una mirada resentida y después regresó a su actitud distante.
—Si no me acerqué es porque no estoy interesada en casarme y menos en casarme con hombres como usted. Si no necesita nada más, buenas noches. —Ella se apresuró a darse la vuelta y terminar de recoger, supuso que para marcharse.
Iba a decirle que él tampoco tenía el mínimo interés en mujeres con pinta de bibliotecarias amargadas y que lucían más bigote que él, pero Harrison llegó y lo salvó de su propio malhumor.
—¿Cómo fue, Rob? ¿Alguna candidata?
Observó como Eve fingió estar barriendo de nuevo el mismo lugar de antes y se percató de que ella estaba intentando escuchar.
«¿No que no estás interesada? ¡Ja!». Aquello fue un pequeño bálsamo para su ego herido.
—Te dije que esto había sido una mala idea, ninguna me interesa —le respondió a su primo y Eve suspiró como si su respuesta la dejara más tranquila.
Entonces ella se pasó la mano por los labios como si quisiera retirarse el sudor y la vio asustarse al ver sus dedos.
—Tal vez tengas que hacer una segunda ronda —contestó su asistente—. No has pasado más de un minuto con cada una de ellas, así no encontrarás esposa. ¿Me estás escuchando?
Harrison insistió, pero él no podía despegar su vista de Evangelina.
Esa mujer se había colocado un bigote falso y en ese momento lo tenía entre sus dedos, e intentaba ponérselo de nuevo con desesperación.
¿Acaso pensaba que solo con eso él no la reconocería? Tenía grabado esos ojos a fuego y no tenía la menor idea de por qué.
Eve se mostraba muy nerviosa y al ver que no conseguía volver a adherirlo, agarró su bolso de debajo de la barra, se lo colgó al hombro y le gritó al dueño de la cafetería:
—¡Ya terminé mi trabajo, nos vemos mañana! —La vio encajar la cabeza entre sus hombros como si fuera una tortuga y clavar la barbilla en su pecho antes de desaparecer.
—Creo que nos quedaremos un tiempo en Attica —murmuró para que solo lo escuchara su primo—, compra un rancho, una hacienda, lo que sea, pero de aquí me voy con una esposa —le dijo y se levantó del asiento para escapar de la cafetería para seguir a Eve.