Rob salió del coche muy molesto, Harrison lo había llevado hasta un rancho que, según Billy, los dueños llevaban años buscando un comprador. Ni siquiera sabía por qué se le había pasado por la cabeza la estúpida idea de invertir allí.
¡No quería quedarse ni un solo minuto más en aquel desierto a la que ni la misma muerte iría porque sería ella la que se moriría de aburrimiento! Pero allí estaba, encantado con lo que veían sus ojos y sin tener la menor idea de qué se suponía que haría él allí.
—Por la cara que pones, te gusta —le dijo Billy, colocándose a su lado en el mismo...