Chapter 4 Al encuentro de la novia a la fuga

Chapter 4 Al encuentro de la novia a la fuga

Eve regresó a Attica casi de la misma forma que lo hizo dos años atrás.

Asustada, con el alma rota y una desesperación que le oprimía los pulmones. Todo su proceso de recuperación psicológica se había desestabilizado con ese viaje. Por si no tenía suficiente con temer que Gael la buscara, acababa de descubrir una verdad que siempre tuvo frente a ella.

Su hijo no era de su expareja.

No tenía el menor parecido con Gael, pero sí mucho con el hombre al que había abofeteado y del que había huido por segunda vez en su vida.

Había transcurrido un mes desde su horrible viaje a Manhattan y desde que llegó no se había sincerado con Adeline.

Su amistad poco a poco estaba volviendo a la normalidad, pero la primera semana solo la visitó para llevarse a su hijo de vuelta a casa y no quiso cruzar palabra con ella.

Esa mañana se encontraba trabajando en la cafetería cuando Adeline entró.

—Siempre las mismas caras, Eve. No entiendo por qué desaprovechaste tu viaje a Manhattan y regresaste aquí. Te juro que yo lo hice con la mejor intención, siento mucho haberte mentido. —Su amiga la miró con cara de arrepentimiento y Eve suspiró.

—Está bien, ya te perdoné y sé que no lo hiciste con mala intención, pero no lo vuelvas a hacer. A mí me gusta Attica y no tengo ningún interés en abandonarlo y menos en casarme con un desconocido.

—Pero es que vivir aquí es horrible, es como estar en un bucle temporal, lo más divertido que ha pasado en los últimos dos años fue tu llegada al pueblo. Y todos sabemos que eres la persona más aburrida de la tierra.

Gracias a que el nuevo nombre que le dio la agencia de protección de testigos tenía parecido con el real, podía continuar usando su diminutivo. Escuchar que la llamaban Eve era su forma de conservar su identidad y no continuar perdiéndose a sí misma.

Le colocó en la barra el desayuno a su amiga y se detuvo unos minutos a charlar con ella a pesar de que la acababa de llamar aburrida.

Querer paz no era ser aburrida.

—Es tranquilo, a mí me agrada. Conozco a todos los vecinos, tengo un puesto de trabajo que nos da de comer a Mathew y a mí, duermo tranquila, no puedo pedir más.

En ese momento, entró Billy, un ranchero al que la vida no se lo había puesto muy fácil. Al igual que a Rob Ellison también lo apodaban «el maldito».

El vaquero se había convertido en un buen amigo de ella casi desde su llegada al pueblo.

Desde que regresó de Manhattan, Eve no había podido evitar buscar información sobre el que creía era el padre de su hijo.

—Buenos días, Eve —la saludó Billy, se quitó el sombrero de cowboy y lo colocó en la barra.

—Buenos días, Billy, ¿qué te pongo? —le preguntó y comenzó a toser cuando su amiga dijo:

—A él no sé, pero a mí este hombre me pone muchísimo. Lo que yo daría por cabalgarlo a él.

El cowboy ignoró los comentarios de Adeline, como ignoraba el de todas las mujeres.

Tenía suerte de no estar interesada en formalizar una relación, porque en Attica los pocos hombres que había estaban casados y los que no lo estaban tenían más de sesenta años.

Eve escuchó que Billy le pedía un café y se apresuró a ponérselo para regresar al lado de su amiga.

—No tienes vergüenza, Adeline, ese hombre está casado y tú tienes esposo, ¿lo recuerdas? El bueno de Lucas.

—Está casado por el momento, todos estamos esperando a que llegue otro tornado y se quede viudo. Además, la vista no se le niega a nadie, y si mi marido no fuera el señor Himalaya, yo no tendría que estar recreándome con esos músculos bien formados.

Eve chasqueó los dedos frente al rostro de su amiga.

—Estoy aquí, mírame, por favor y deja de babear al pobre Billy que bastante tiene con todo lo que le ha pasado —se quejó.

—Te hace falta un hombre, Eve. Yo te busqué uno multimillonario en una agencia matrimonial, gasté todos mis ahorros y lo despreciaste. Mi mejor amiga no puede seguir siendo tan mustia y desagradable.

—¡No soy ninguna mustia! —se quejó—. Y menos desagradable. Entiende, solo quiero vivir en paz con mi hijo y no necesito a ningún hombre para eso.

Ojalá hubiera sido una mustia años atrás, si en su pasado no hubiese estado tan interesada en tener una relación ahora no tendría tantos problemas.

—Al menos déjame vivir una historia de amor a través de ti. Necesito un poco de romanticismo en mi vida. Tal vez con Thomas, es el dueño del taller mecánico, apenas tiene cincuenta y siete años y es viudo. Es un gran partido, aquí no encontrarás algo mejor.

Eve ignoró su intento por emparejarla y comenzó a lanzarle un regaño.

—Tienes un marido que te ama, puede que no sea muy demostrativo con sus sentimientos, pero te adora. Además, es un gran padre —dijo para cambiar de tema.

—Te lo rento durante una semana y sin derecho a devolución, si lo aguantas no te insisto con que debes buscarte un hombre que te quite ese moño de bibliotecaria. —Su amiga la miró y supo lo que seguía—. Y esa ropa de monja de clausura que te empeñas en llevar. Eve, no eres tan fea, ¿por qué quieres parecerlo?

—Con que me guste a mí, me sobra. No tengo ningún interés en gustarle a nadie.

Aquella era la discusión de todas las mañanas. ¿Por qué tenía tanto interés en verla casada si ella siempre se quejaba de su matrimonio?

Al único hombre que quería conservar por el resto de su vida era a su hijo, y para su suerte, apenas era un niño de cinco años.

Un auto de alta gama y con los cristales tintados se detuvo frente a la cafetería. Todos los presentes voltearon a mirarlo y se ocuparon de no parpadear para no perderse el momento en el que dueño saliera de su interior.

La puerta del conductor se abrió y por ella salió Harrison Foster, el hombre que le hizo la entrevista y que trabajaba para Rob Ellison.

Eve sintió que el corazón se le detuvo y que iba a caer muerta en ese mismo instante.

Las manos le comenzaron a temblar tanto que tiró al suelo todos los cubiertos que estaba secando.

El ruido que provocó hizo que todos la miraran, incluso Harrison.

Intentó esconderse con tanta rapidez que se agachó sin medir la distancia y terminó por golpear su frente con la barra.

Cayó al suelo de rodillas y se llevó la mano al lugar del impacto sin emitir un solo sonido. Aunque la realidad era que quería gritar de dolor.

Vio la cabeza de Adeline asomarse por encima de la barra.

—¿Te has matado, Eve? Menudo trastazo te has dado, otro como ese y no lo cuentas.

—Estoy bien —susurró.

Iba a decirle que no le hablara, cuando su amiga desvió la atención de ella y se la dedicó al recién llegado.

—¡Hola, Harrison! ¿Cuánto tiempo sin verte? ¿Vienes a ver a tu familia?

«¿Lo conoce?», se preguntó Eve aterrada al darse cuenta con la familiaridad que su amiga lo saludaba.

—Vaya, Adeline, casi no te reconozco —escuchó la voz del hombre y comenzó a gatear por el suelo para intentar escapar por la puerta de atrás—. La verdad es que no, vengo por trabajo y había quedado aquí con el bueno de Billy. ¿Es que no hay nadie aquí que me sirva un café?

—¡Eve! —gritó Adeline—. Sal de debajo de la barra y atiende a los clientes.

Maldijo entre dientes y cerró los ojos con fuerza.

Cuando los abrió y miró hacia arriba, vio el rostro de Harrison que la veía con una sonrisa.

—Hola, Evangelina, qué bueno verte de nuevo.

  ***

Rob esperó en el coche por petición de Harrison, pero la verdad era que no tenía ningún interés en bajarse.

Se encontraba en Attica siguiendo los absurdos consejos de su primo. Cada día estaba más seguro de que no heredó ni un poco de la inteligencia familiar. Por segunda vez lo había liado en uno de sus planes y este le apetecía mucho menos que el anterior.

Aquel lugar parecía la entrada del infierno, polvo por todos lados, rodeado de una intensa bruma de calor en el aire que impedía respirar. Era casi como viajar en el tiempo a otro siglo, los pueblerinos usaban más el caballo para trasladarse que el coche y para colmo tuvieron que dejarle paso a una vaca en un paso de peatones.

Él que era un hombre de ciudad acostumbrado al estrés y la rapidez que se movía el mundo en Manhattan, ver aquello era una pesadilla.

Según Harrison habían viajado para que él conociera a mujeres que no le tendrían miedo a su maldición, pero desde su boda fallida no había dejado de pensar en esa mujer y de tener sueños eróticos con ella. Eran tan reales, que casi podía sentir que la tocaba y que la miraba a esos ojos que tanto lo habían impactado.

Evangelina tenía algo que lo ponía cardíaco y no llegaba a saber qué era.

—Lo que me faltaba —gruñó entre dientes—. Obsesionado con una loca mujer que me abofetea y me mira como si yo fuera lo peor que hubiera visto en su vida. ¡Qué se vaya al demonio!

Echó el asiento del auto hacia atrás y se cubrió los ojos con el brazo. Colocó el clima a su máxima potencia y esperó a que Harrison llegara.

Su primito andaba muy misterioso y le pidió que esperara en el auto, como si él tuviera algún interés en salir a respirar olor a caca de caballo.

Estaba a punto de desesperarse y salir, cuando Harrison llegó y entró al coche acompañado de un hombre que debía medir al menos dos metros, con cara de asesino serial y pintas de haberse revolcado en estiércol de caballo.

—Señor Ellison, este es Billy, el hombre que le comenté —Harrison le habló con formalidad, siempre intentaba hacerlo en presencia de otras personas para fingir que era un buen empleado.

Era terrible y se aprovechaba de la familiaridad que los unía además de la amistad para librarse de la mayoría de las tareas que le enviaba.

Pero al parecer la de buscarle esposa lo tenía entusiasmado.

Tras la presentación arrancó el auto con rapidez y se alejaron del lugar. Rob bajó un poco sus gafas de sol por el puente de la nariz y miró al desconocido a través del espejo retrovisor.

—Dos malditos en el mismo coche, no sé qué tan buena idea sea —murmuró con aprehensión—. Espero poder vivir un poco más.

—Yo no estoy maldito —gruñó el cowboy—. Solo son tontas supersticiones de pueblo y tú tampoco lo estás, señoritingo refinado que mira a la gente por el retrovisor.

Rob se quitó una pelusa imaginaria de su hombro y continuó con la vista al frente.

No tenía ningún interés en caerle bien a la gente de Attica.

Lo cierto era que no tenía interés en caerle bien a nadie, vivía amargado por esa maldición que no lo dejaba vivir en paz.

—No le hagas caso, Billy, Rob es un buen hombre, pero desde que lo dejaron plantado en el altar no se soporta ni él mismo. —Miró a su primo de forma amenazadora y le dijo:

—Sabes que puedo despedirte, ¿no? Te crees intocable porque eres mi primo, pero te recuerdo que eres adoptado y no llevas mi sangre.

Harrison profirió una carcajada y lo miró de reojo con burla.

—Oh, no lo harás. Si algo valoras es que te digan las verdades porque siempre estás rodeados de lameculos que te dicen solo lo que quieres escuchar y sabes bien que soy el único que se atreve a hacerlo.

—Entonces dime, con total sinceridad, ¡¿qué demonios hago en este pueblucho y cómo venir aquí y conocer a un cowboy va a solucionar mi problema?! Porque te recuerdo que yo ya tenía suficiente con la presión de mi familia, ahora, por tu culpa, también tengo que sobrellevar la humillación de que todos se enteraran de que me plantaron el día de mi boda.

—Pensé que conocer a Billy te animaría —comentó Harrison—. Él también ha sufrido una tragedia familiar tras otra. Lo apodaron el maldito y ahora está felizmente casado con una chica valiente que no teme a su maldición.

—Así es, soy el vaquero más feliz de este pueblo gracias a mi esposa. Ella me demostró que eso de las maldiciones son puros cuentos.

Rob miró a su primo y a Billy.

—Muy bonita historia de superación personal. ¿Puedo regresar a Manhattan ahora? —pronunció con cinismo—. Porque lo que yo creo es que te has aprovechado de mí para visitar a tu familia de forma gratuita.

Odiaba las mentiras y que quisieran tomarlo por tonto mucho más. Él le habría pagado con gusto el viaje a su primo, dinero le sobraba, lo que no tenía era tiempo para perder.

Si hasta soñaba que la muerte venía a visitarlo y lo obligaban a vivir sus últimos días en ese lugar.

Harrison suspiró, cansado.

—Rob, me estás juzgando cuando yo solo quiero ayudarte. Ya probamos en Manhattan y en cada una de las ciudades del país y no ha sido posible encontrarte una esposa. Por eso pensé en venir aquí.

»Si yo me fui de Attica, además de para trabajar a tu lado, fue porque a mí me fascinan los hombres y aquí de eso falta mucho. Las mujeres de Attica no temerán a esa horrenda fama que tiene su familia porque, con tal de agarrar un buen partido, ellas se enfrentarían hasta con la misma muerte.

—Tiene razón —gruño Billy—. En este pueblo no hay hombres solteros y tu llegada las hará volverse locas. Ni a mí me respetan que estoy felizmente casado.

—Ya escuchaste, esta noche tendrás una cita a ciegas con todas las mujeres de Attica. Billy me ayudó a que todo estuviera listo, te marcharás de aquí casado como me llamo Harrison. Te lo aseguro.

La sonrisa de su primo no le gustó, ocultaba algo, pero ya estaba allí.

No tenía nada que perder por intentarlo.

Al menos eso creía.

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