CAMILE
En la mañana me costó mucho despegarme de las sábanas. Henry, sin embargo, estaba listo para acudir a la empresa sin ningún atisbo de sueño en su rostro.
Había preparado hasta el desayuno, mientras que yo parecía un espantapájaros con un nido en la cabeza, por mi pelo alborotado y enredado.
Rápidamente me di una ducha y tomé el desayuno, ya que la hora se nos venía encima.
Ni bien llegamos a la empresa, muy sonrientes, las miradas inquisitivas de algunas empleadas no tardaron en caer sobre nosotros. Por supuesto, hice caso omiso, pero, en cuanto ingresamos a mi despacho, Henry me advirtió que no volveríamos a llegar de...