CAMILE
Su aspecto era terrible. Necesitaba con urgencia que limpiara la herida profunda de su rostro, por lo que fui por el botiquín de primeros auxilios, una pequeña fuente con agua y un paño. Cuando regresé a la habitación, dejé todo en la mesita de noche y me senté a su lado, en el borde de la cama, estudiando cada facción de su herido rostro. En la garganta se me formó un nudo por la culpa que sentía de que estuviera de esa manera. Todo era culpa mía, absolutamente todo.
Una lágrima rodó por mi mejilla, mientras mi mano temblorosa acariciaba su cara. No pude evitar darle un beso en...