Chapter 6 Avery

Chapter 6 Avery

Avery tomó una honda bocanada de aire y la soltó despacio, tratando de calmar los nervios que la invadían. Quitó los guantes de látex y los arrojó al bote de basura. Por alguna extraña razón, sentía unas enormes ganas de fumar un cigarrillo. La cirugía de la señora Corbin se había complicado. El procedimiento había durado más de lo planeado y tuvieron que administrarle más anestesia a la madre, quien se quejó de dolor a mitad de la operación.

Salió del quirófano después de dar instrucciones postoperatorias a las enfermeras. Se dirigió hacia el ala oeste del hospital, donde se encontraba su consultorio. Sin perder tiempo, abrió la gaveta de su escritorio y sacó una cigarrera y un mechero de un compartimiento secreto. Se apresuró hacia las escaleras de emergencia, el escondite de todos los residentes que fumaban.

Avery había empezado a fumar cuando era una adolescente de quince años, pero lo dejó tres meses después de comenzar a salir con Derek, por su petición. Su Amo odiaba el olor del tabaco. Después de la ruptura, Avery retomó el hábito, que se hizo cada vez más intenso con el paso de las semanas. Fue hasta que su amiga Looren le habló de los vaporizadores que comenzó a vapear esencias de cereza, menta y uva, con bajo contenido de nicotina.

En ese momento, sentía tanta ansiedad que sabía que el cigarrillo electrónico no le ayudaría a calmarse. Encendió el cigarrillo mientras pensaba en el encuentro con aquel hombre llamado Charles, que había estado atormentándola durante todo el fin de semana. ¿Por qué había actuado de esa manera si ella no era dominante? Derek también había estado en su mente, reprendiéndola por haberlo hecho mal. Un verdadero Amo no deja que su sumiso escape de sus ataduras. Las palabras resonaban en su cabeza. Mal, Avery. Todo está mal. Recordaba cuando Derek le enseñaba la técnica del bondage y le decía que debía asegurarse de que la cuerda quedara tensa, de lo contrario, la atadura se aflojaría y la persona podría soltarse.

—¡Mierda! —exclamó entre dientes.

No tenía cuerdas en ese momento, solo una camisa, y tuvo que improvisar. Avery se golpeó la frente repetidamente, como si eso pudiera grabar las palabras de Derek en su cerebro. Su corazón latía rápidamente mientras enfrentaba la realidad. Había deseado hacerle daño a Charles, hacerlo gritar, y no precisamente de placer. Quería que él sintiera lo que tantos hombres le hacían sentir a las mujeres. Quería que sintiera miedo... ¡terror! Al estar a merced de una desconocida que podía hacerle mucho daño si así lo deseaba. Quería que experimentara lo que ella sentía cuando se lo hacían a ella. En un momento, solo deseaba liberar un poco del veneno que tenía en el alma debido a Derek Contini.

Mientras daba una calada a su cigarrillo, imágenes recurrentes invadieron su mente: un par de manos grandes tocándola mientras se retorcía y gritaba "no"... esas mismas manos sujetándola con fuerza del cuello... un par de dedos explorando su inocencia... Una lágrima rodó por su mejilla.

Un carraspeo repentino la hizo mirar hacia arriba.

—Tengo entendido que no se puede fumar aquí, Doctora Wilson —dijo el Doctor Engel Pearson, su colega, con una maliciosa sonrisa. Él la observaba con complicidad, sabiendo que la había pillado desprevenida. Descendió las escaleras mientras sacaba un cigarrillo de su bolsillo y lo encendía de inmediato. Se colocó a su lado.

—Yo guardaré tu secreto si tú guardas el mío —dijo él, guiñándole un ojo.

Avery no pudo evitar sonreír, el Doctor Pearson era una persona agradable. Tenía alrededor de cincuenta años, cabello entre castaño oscuro y cenizo, y ojos oscuros ligeramente rasgados.

—Creo que es mejor que vuelva al consultorio —dijo Avery.

—Nada como mantener la mente ocupada en el trabajo —respondió él, dando otra calada a su cigarrillo.

Avery asintió con la cabeza y se alejó lentamente hacia la puerta de metal que tenía el letrero "salida de emergencia". El Doctor Pearson la siguió con la mirada hasta que ella entró en el pasillo. En la mente del hombre se vislumbraba una idea que había estado rondando su cabeza desde hace un tiempo. A pesar de ser un hombre casado y padre de tres lindas niñas, no podía evitar sentirse muy atraído por su colega.

—Avery —ella se detuvo, sorprendida por escuchar su nombre sin ningún título—. ¿Cómo te fue con la señora Corbin? —preguntó él.

—Muy bien. Todo salió según lo planeado —mintió. No quería entrar en detalles.

El Doctor Pearson le regaló una espléndida sonrisa.

—Me alegra mucho oír eso —dijo él, acercándose a Avery y poniendo una mano en su brazo. Ella desvió la mirada hacia el lugar donde la tocaba—. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? —preguntó con condescendencia.

—Estoy bien, Doctor Pearson —respondió ella, frunciendo ligeramente el entrecejo.

—Llámame Engel. ¡Por Dios! ¿Después de tantos años trabajando juntos aún no has aprendido a tutearme? —se encogió de hombros.

Avery no dijo nada y continuó intentando marcharse. Sin embargo, el Doctor Pearson volvió a sujetarla del brazo.

—¿Estás segura de que te sientes bien, Avery? —pronunció su nombre con un deje de lascivia y la miró de forma inquisitiva.

Hubo algo en ese gesto, en esa mirada, que hizo que los vellos de la nuca de Avery se erizaran. Por un momento, vio el rostro de otra persona en el de Engel. Era el rostro del monstruo de sus peores pesadillas...

De manera rauda, ella agarró al Doctor Pearson del cuello y lo acercó a ella con fuerza. La espalda del hombre chocó contra la pared.

—No me toques —murmuró—. No tengo ningún interés en involucrarme contigo de ninguna manera que no sea profesional —pronunció cada palabra sin dejar de mirarlo a los ojos.

Él asintió con la cabeza, intentando soltarse del agarre de la mujer, pero su mano apretaba su cuello con fuerza.

—Avery —dijo el hombre con dificultad.

Ella reaccionó.

Lo soltó.

Sacudió suavemente la cabeza.

—Lo siento —susurró.

El Doctor Pearson la miró frunciendo el entrecejo.

—Creo que deberías buscar ayuda psicológica —farfulló, arrojando su cigarrillo al suelo y alejándose rápidamente de ella.

Si hace unos minutos Avery se sentía confundida, ahora su confusión se había duplicado. Era la segunda vez en menos de tres días que un hombre huía de ella asustado. No lograba entender por qué reaccionaba de esa manera cuando sentía que un hombre quería dominarla.

¿Acaso no era lo que Derek hacía con ella?

¿No era lo que más le gustaba sentirse doblegada y sin voluntad propia?

Sacudió la cabeza una vez más, en un intento de aclarar su mente, pero no lo logró. Tenía tantas cosas en la cabeza que no podía concentrarse en una sola. Frustrada, resopló y se dio un golpecito en la frente.

Estaba cansada de pensar, de intentar encontrar una respuesta lógica a su comportamiento en los últimos días, pero solo se encontraba con un enorme muro de concreto que la dejaba estancada en el mismo punto.

Por inercia, se dirigió a su consultorio.

Por suerte, si hacía lo que hacía todos los días, terminaría su jornada de trabajo sin contratiempos... Solo tenía que sentarse frente a su escritorio, escuchar a sus pacientes, examinarlos, diagnosticarlos y proporcionarles un tratamiento para sus dolencias.

Se dio cuenta de que no estaba frente a su consultorio, sino frente al de Looren, cuando ya era demasiado tarde para retroceder y dirigirse al suyo.

Avery no entendía por qué su cuerpo actuaba por voluntad propia. Tal vez fuera la desesperación que sentía por entenderse a sí misma lo que la llevaba, sin darse cuenta, a la consulta de la Doctora Hougan. El momento que había estado evadiendo durante mucho tiempo parecía haber llegado. Quizás su amiga pudiera darle algunas respuestas.

—¡Oh! ¡Eres tú! —exclamó Looren al verla. Estaba gratamente sorprendida—. Pero ¿qué pasó contigo, mujer? El viernes te fuiste sin decirme nada. Cuando Michael y yo volvimos a la mesa, ni tú ni Charles estaban. ¿A dónde fueron?

—Fuimos a dar una vuelta por ahí —respondió Avery, encogiéndose de hombros.

—Toma asiento —Looren señaló la silla frente a su escritorio.

—¿Estás segura? ¿No tienes alguna cita programada?

La psicóloga miró el reloj digital sobre su mesa y negó con la cabeza.

—En media hora llega mi paciente de las cuatro —indicó—. ¡Joder, Avery! Te estuve llamando todo el fin de semana, te dejé varios mensajes y ni siquiera los leíste. Fui a tu casa ayer en la tarde y no estabas...

Avery dejó de escuchar a su amiga.

De repente, sintió la inmensa necesidad de irse de allí.

Por un momento, consideró la idea de contarle la verdad a su amiga, pero tan rápido como llegó la idea, se esfumó. No tenía ganas de escuchar los reproches de Looren.

Con solo escucharla por unos segundos, llegó a la conclusión de que abrirse a ella no era lo más indicado. A Looren le costaba mucho separarse de su rol de psicóloga y simplemente ser una amiga confidente.

—Lo siento. Mi móvil ha estado fallando —mintió—. Ayer en la tarde salí un momento al supermercado...

—No me mientas, Avery —interrumpió Looren—. Estás haciendo eso —la señaló con el dedo índice—. Te aíslas, y no sé por qué lo haces.

—No sé de qué hablas —farfulló Avery mientras se ponía de pie.

—Hace mucho tiempo que lo percibo. Desde que tu relación con Derek terminó, te noto mucho más introvertida de lo que eres. Hay algo que no me estás diciendo, y no entiendo qué puede ser tan inconfesable que no puedas decírmelo. ¡A mí! ¿No se supone que somos amigas?

—Será mejor que vuelva a mi consultorio —dijo Avery, encaminándose hacia la puerta.

—Avery —la voz de Looren sonó autoritaria, al menos así lo sintió la mencionada—. Habla conmigo, por favor. Sé que algo te atormenta. Déjalo salir.

Avery no pudo evitar soltar una risa exagerada. Solía reírse mucho cuando estaba muy nerviosa.

—No soy tu paciente, Looren —le dejó claro mientras agarraba el pomo de la puerta.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó la morena.

—Lo mismo que hago todas las noches de mi vida: ir a casa, ducharme y...

—Cenemos juntas —la interrumpió.

—No lo creo. Conozco tus invitaciones a cenar, y no. No tengo ganas de terminar la noche en un bar hablando con desconocidos.

—Te prometo que solo iremos a comer algo delicioso y ya.

Avery arrugó la nariz y se encogió de hombros.

—¡Vamos! —insistió Looren—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que saliste a cenar a un lugar bonito?

—Solo cena —sentenció Avery, entornando los ojos.

—Y un par de copas.

—Nada de alcohol, Looren.

—De acuerdo —accedió la morena—. Nos vemos a la salida.

***

El lugar era hermoso y muy elegante. La música de piano sonaba suavemente, mezclándose con el ruido de cubiertos chocando contra platos y el murmullo débil de los comensales. Un delicioso aroma llenaba las fosas nasales de Avery, una mezcla de queso gratinado, pan recién horneado y tierra mojada, ya que afuera estaba lloviendo.

Un joven de unos veinte años se acercó a la mesa sosteniendo una botella de vino, dispuesto a llenar las copas de las damas. Avery hizo un gesto con la mano, cubriendo su copa, y negó con la cabeza.

—No, gracias —le dijo al joven.

—Vamos, tómate una copa —insistió Looren.

Avery negó nuevamente con la cabeza.

—Hoy apenas es lunes. No quiero alcohol en mi sistema —respondió la rubia de manera tajante.

Looren tomó su copa de cristal, la acercó a su nariz, inhaló profundamente, bebió y saboreó el vino.

—Mmm... delicioso —dijo—. ¿Estás segura de que no quieres probarlo? Está realmente bueno.

—Ya dije que no —la voz de Avery subió un tono—. Deja de insistir.

Looren quedó atónita ante la reacción de su amiga.

—Lo siento mucho —se disculpó la rubia al darse cuenta de que se había pasado un poco—. Yo solo...

—Déjalo correr —dijo Looren con un manotazo en el aire—. Solo quería que te relajaras un poco —comentó—. Pero al parecer, últimamente, solo logro lo contrario —musitó.

—No es eso, es solo que... —Avery soltó un bufido de frustración.

«¿De qué sirve tener una amiga si no puedes desahogarte con ella?», pensó.

—¿Qué? —preguntó Looren.

—Nada —Avery sacudió la cabeza—. ¿Podemos ir pidiendo la comida?

La morena observó fijamente a su amiga con los ojos entornados. No tenía sentido seguir insistiendo. En sus casi siete años como psicóloga, nunca había encontrado a una persona tan cerrada como Avery. Si había tenido paciencia durante tanto tiempo, la seguiría teniendo. Tarde o temprano, Avery se abriría a ella.

La comida llegó veinte minutos después de haberla pedido.

Ambas mujeres comieron en completo silencio. Avery estaba absorta en sus pensamientos, mientras que Looren intentaba descifrar los gestos de su amiga.

Sabía que algo no estaba bien. Era evidente. Sin embargo, no tenía la menor intención de presionarla ni nada parecido.

—No me dijiste cómo te fue con Charles la noche pasada —comentó Looren de repente, en un intento desesperado por retomar la conversación.

Avery siguió comiendo, con la mirada fija en su plato, sin responder. No era por ser grosera, simplemente no estaba prestando atención a su amiga. Estaba demasiado concentrada tratando de descifrar si se estaba volviendo loca...

Un movimiento brusco de una mano frente a su cara la sacó de su ensimismamiento.

—¿Qué? ¿Cómo? —frunció el ceño—. ¿Qué decías?

—Te preguntaba cómo te fue con Charles —repitió Looren.

—Bien —respondió Avery sin más, encogiéndose de hombros.

—¿Solo bien? ¿No hubo acción? —Looren movió las cejas de manera sugerente.

—No pasó nada. Él no es mi tipo —afirmó.

—¿De verdad? —preguntó la morena—. Me pareció ver que había cierta química entre ustedes...

—Nada que ver —interrumpió Avery sin siquiera molestarse en mirarla.

«Ahí está de nuevo», reflexionó Looren. «La Avery cortante y distante».

Por el bien de ambas, la Doctora Hougan decidió dejar el tema ahí.

Avery terminó de comer rápidamente, mientras su amiga la observaba atentamente, comiendo de su propio plato pero de manera más consciente.

La rubia parecía una autómata. Comía, masticaba y tragaba solo porque sus funciones motoras estaban programadas para eso.

Looren la observó detenidamente, tratando de dejar de lado su papel de especialista y centrarse en su papel de amiga. Estaba realmente preocupada por Avery. Justo cuando estaba a punto de decirle algo motivador:

—¡Oh, por Dios! —fue interrumpida por una voz femenina repentina. Avery salió de su ensimismamiento—. ¡Ah! No puedo creer que seas tú.

Avery se puso de pie de inmediato, como si la impulsaran un par de resortes.

—Señora Gilmore —musitó ella, haciendo una leve reverencia con la cabeza.

Looren frunció el ceño.

—Oh no, querida. Deja eso —la recién llegada puso una mano en el hombro de Avery—. Pero mírate, luces preciosa. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos?

—Hace mucho, Señora —respondió Avery, sonriendo nerviosamente.

—¡Dios mío! —musitó la mujer, mientras tomaba un mechón del cabello de Avery—. No has cambiado en absoluto. Sigues igual de hermosa —un brillo especial emanaba de los ojos de Isis.

Avery se ruborizó.

—Gracias, Señora —respondió tímidamente.

«¿Pero qué diablos está sucediendo?», la pregunta resonaba en la cabeza de Looren, quien observaba la escena sin atreverse a parpadear, para no perderse ni un detalle.

«¿Quién diablos es esta mujer?».

La miró de pies a cabeza, detenidamente...

Alta, delgada, esbelta... muy rubia. Piernas largas y bien formadas, que se dejaban apreciar a través del escote del largo vestido negro ceñido a su cuerpo. Los ojos de la mujer eran tan azules como inquietantes. Looren pensó que debía ser una paciente de Avery, pero descartó la idea al notar algo peculiar.

«¿Por qué mi amiga muestra tanto respeto hacia un clon de Charlize Theron?»

«¿De dónde diablos conoce Avery a esta mujer?», indagó mentalmente.

—Supe que tú y Derek terminaron. Lamento mucho que haya acabado así —dijo, con cierta burla en la voz.

Para Looren, todo comenzaba a tener sentido. La altivez de la mujer solo podía ser comparada con la de la ex pareja de su amiga. Obviamente, era amiga de Derek Contini.

Por su parte, Avery sentía que su corazón iba a salirse de su pecho. Su naturaleza sumisa la obligaba a actuar de cierta manera frente a una Ama, pero su deseo de mantener a Looren alejada de su vida secreta hacía que sus manos sudaran profusamente.

—He intentado llamarte para saludarte —continuó la mujer de cuerpo exuberante—, pero no he logrado comunicarme contigo.

—Discúlpeme, Señora. Cambié de número y...

—No te disculpes, cariño. No necesitas darme explicaciones —la Señora Gilmore sonrió con malicia. Su comentario tenía una doble intención, algo que Looren notó—. Veo que estás acompañada —dijo al notar la presencia de una atractiva mujer de tez morena y grandes ojos verdes que la observaba intensamente—. ¡Y vaya compañía! —su voz adquirió un tono coqueto.

—Oh, lo siento. Ella es Looren, mi colega y amiga —dijo Avery.

—Un placer, Looren —saludó la Señora Gilmore.

Los zafiros de la mujer se encontraron con las esmeraldas de Looren, quien le mantuvo la mirada sin parpadear.

A Looren no la intimidaban con facilidad.

Pero lo cierto era que Isadora no estaba tratando de intimidarla, sino todo lo contrario. Solía rendirse fácilmente ante una mujer hermosa.

Avery notó que su amiga comenzaba a mirar a la Señora Gilmore con ganas de lanzarle una andanada de palabras, debido a la forma en que la miraba. Decidió romper la tensión al mencionar una serie de números.

Isis levantó una ceja y dejó de mirar a Looren para fijar sus ojos en Avery.

—¿Y eso qué es, querida? —preguntó.

—Mi nuevo número telefónico, para que pueda contactarme cuando lo desee.

—¿Lo anotaste? —preguntó la elegante mujer, mirando al hombre que hasta ese momento había permanecido en un segundo plano.

—Sí, Señora —respondió el hombre, repitiendo exactamente la serie de números que Avery acababa de decir.

—Oh —Isis se acercó a Avery, observando algo que colgaba del cuello de esta—. Veo que llevas puesta la perla que te regalé en tu cumpleaños hace dos años.

Avery asintió con la cabeza y sujetó la perla que colgaba en su mano derecha.

—Siempre la llevo conmigo —confesó.

—Me alegra escuchar eso —murmuró Isis.

Isis miró a Avery como si estuviera presenciando la octava maravilla del mundo.

Looren notó cómo la recién llegada miraba a su amiga con una devoción extrema. Y no le gustaba...

—¿Y cómo se conocieron? —preguntó la morena.

—Nos conocimos en una fiesta hace un par de años —respondió Avery.

Isis asintió con la cabeza.

—Me alegra mucho volver a verte —dijo la mujer, mirando intensamente a Looren. Sabía que era momento de retirarse. La acompañante de Avery emanaba hostilidad.

—Lo mismo digo, Señora Gilmore —respondió Avery, volviendo a hacer una leve reverencia.

Looren frunció el ceño una vez más.

—Te dejo para que sigas disfrutando de tu cena con tu guapa amiga —comentó Isis, guiñándole un ojo a Looren, quien la miraba con un semblante serio—. Yo iré a lo mío —le guiñó un ojo a Avery—. Espero que volvamos a vernos muy pronto.

—También deseo lo mismo, Señora Gilmore —respondió Avery.

Dicho esto, la mujer rubia se alejó, con el hombre que la acompañaba siguiéndola de cerca. No fue hasta que desaparecieron de su vista que Avery dejó de observarlos.

—¿Quién es ella, Avery? —la pregunta la tomó por sorpresa.

—Una vieja amiga —respondió, tratando de disimular su ansiedad.

—¿Una vieja amiga a la que tratas como si fuera una emisaria del Papa? —el comentario fue mordaz. Looren no tenía intención de ser delicada—. No te había visto tan aduladora desde aquel congreso de James P. Allison y Tasuku Honjo, y hablar de ellos es algo muy serio.

—¿De qué estás hablando? La traté como trato a cualquier persona —Avery se encogió de hombros.

—Sí —dijo Looren con sarcasmo—, como a cualquier persona, excepto a mí.

—Si no te conociera, diría que estás celosa —bromeó Avery.

—¿Celosa? Me siento incómoda, esa es la palabra. ¡Qué mujer tan extraña! Dime, de verdad, ¿dónde la conociste?

—Ya te lo dije. En una fiesta a la que asistí con Derek.

—¡Vaya! Dios los cría y el diablo los junta.

—¿A qué te refieres con eso? —Avery frunció el ceño.

—Nada. Solo que esa mujer es la versión femenina de Derek —murmuró Looren.

—Como sea —Avery hizo un ademán en el aire—. ¡Vamos! Sírveme una copa de vino.

—¿Ahora has cambiado de opinión? —preguntó Looren, mirándola de forma inquisitiva.

—Simplemente me provocó —respondió Avery sin más.

La morena llenó la copa de su amiga en completo silencio. Avery se tomó el líquido rojizo de un solo sorbo.

La Doctora Hougan no necesitaba aplicar sus conocimientos en psicología para darse cuenta de que la presencia de la Señora Gilmore había perturbado a la mujer frente a ella. Pero no valía la pena preguntar. Su amiga y colega era una experta en evadirla.

***

La semana resultó tediosa, llena de consultas, cesáreas y cirugías de emergencia. Avery se dejó caer sobre el suave colchón, soltando un débil suspiro. Su mirada se clavó en la cajita de cartón que reposaba en el suelo, dentro del armario. No entendía por qué no se deshacía de todo eso. ¿Para qué seguir coleccionando recuerdos de un pasado que le dolía tanto recordar?

Cogió la caja entre sus manos y la llevó abajo. La dejó al lado del sofá en la sala para verla al día siguiente y deshacerse de ella antes de ir al trabajo. Una lágrima rodó por su mejilla, y se la limpió con la manga del pijama mientras subía las escaleras hacia su habitación.

Decidió distraerse y pensar en otra cosa: en Derek, en su Salvador, en el hombre que la rescató de su asquerosa vida y la introdujo en un mundo maravilloso de fantasías hechas realidad... Sin poder evitarlo, una sonrisa se dibujó en su rostro. Pensar en él le daba un poco de paz a su alma.

Tomó su móvil entre las manos y se sintió tentada a llamarlo. Tenía su número telefónico. Pero del dicho al hecho había mucho trecho. ¿Qué podía hacer con las locas ganas de escuchar su voz, aunque solo fuera para que él la reprendiera por tomarse el atrevimiento de llamarlo?

Aunque no le gustara aceptarlo, había pensado en Derek más que nunca en las últimas noches. Recordar todos sus consejos y enseñanzas la calmaba. Aunque luego, otros tipos de recuerdos, más apasionados, la llevaban al borde de un abismo.

Tomó una honda bocanada de aire y la soltó de golpe, lanzando el móvil sobre la cama, lo suficientemente lejos de ella para no caer en la tentación. Avery llevó una mano a la frente, como si eso aliviara un poco su dolor de cabeza.

En menos de quince minutos sería 11 de febrero, y se convertiría en una mujer de treinta años. Quizás Looren la sorprendería con un rico pastel a media tarde. Invitaría a Aimee, la recepcionista, a Johanna, la de créditos y cobranzas, a Louis, el de recursos humanos, y al Doctor Engel para cantar el popular Happy Birthday. Después de que cada uno comiera su trozo de pastel, volverían a retomar sus rutinas diarias. Avery regresaría a casa, se sentaría a ver una película en Netflix mientras cenaba algo de delivery. Al fin y al cabo, ¿qué planes podría tener siendo una mujer soltera, sin hijos ni mascotas, que se ganaba la vida trayendo niños al mundo, pero a quien Dios no le daba la dicha de tener el suyo propio?

Pensar en esto hizo que una lágrima emergiera de su ojo izquierdo. ¡No debió hacerlo! Pero era masoquista en todo el sentido de la palabra. Sabía que al ponerse a husmear en las redes sociales de Derek, encontraría fotografías que no le agradarían. Sin embargo, nunca pensó ver tanta felicidad en el rostro de su antiguo Amo. Verlo en el rol de padre de familia, al lado de esa mujer tan hermosa y joven, era algo que ni en sus sueños más locos había imaginado.

Por lo poco que sabía de Derek, estaba al tanto de que él seguía sus andanzas en el mundo del BDSM, aunque ya no asistía con la misma frecuencia a fiestas y reuniones de la comunidad. Avery tampoco lo hacía. Aquella noche, después de salir del restaurante en el que cenó en compañía de Looren, se vio tentada a asistir a algún club de sumisión para recordar viejos tiempos. Sin embargo, no lo hizo porque al día siguiente debía estar a primera hora en el hospital para realizar una histerectomía. Lo más sensato era ir a casa y descansar.

¡Joder! La aparición de la Señora Gilmore la había trastocado mucho. Llevaba casi tres horas en su departamento y no había podido dejar de pensar en ella y en lo tonta que fue al no pedirle su número telefónico.

—Estúpida, estúpida, estúpida —se dijo a sí misma, mientras se daba suaves golpecitos en la frente con el puño.

Un recuerdo se apodera de la mente de Avery...

Sus pezones se erizaron por el gélido viento de la noche, mientras los intensos ojos de Derek la devoraban. Una mano suave recorrió la curva de su espalda, mientras algo duro y tibio acariciaba la parte externa de su muslo izquierdo, y zas, un golpe sordo rompió el silencio de la habitación, seguido de un delicado roce en su nalga, y de nuevo zas. Avery se removió, pero las cadenas que la ataban a un poste de madera no cedieron. Otro golpecito de la fusta hizo que un gemido ronco emergiera de su garganta.

—¿Te gusta? —susurró una voz femenina.

—Sí, mi Señora —respondió Avery, tratando de mirar a la mujer que la tocaba.

—No me mires a mí —le dijo—. Míralo a él. Él es tu dueño.

Avery obedeció.

Derek se relamía los labios, mientras una de sus manos masajeaba su miembro endurecido, cubierto por la tela del pantalón.

—Gime, perrita —demandó la mujer.

Avery obedeció.

Acto seguido, la rubia dominante se arrodilló frente a ella.

—Ábrete de piernas para mí —ordenó.

Avery obedeció.

Una lengua cálida y húmeda se adentró entre sus muslos, brindándole un placer exquisito.

Sin poder evitarlo, Avery cerró los ojos.

—No los cierres —exigió la mujer entre sus piernas—. Míralo a él.

Avery se mordió el labio para reprimir un gemido, mientras se retorcía de placer.

Derek la observó atentamente. Su miembro ya no estaba cubierto por tela, sino que se levantaba imponente ante los ojos vidriosos de su esclava. Avery se relamió los labios, anhelando con todas sus fuerzas sentir cómo su Amo se deslizaba dentro de ella y...

La vibración de su móvil la sacó de su ensueño.

—¡Mierda! —dijo entre dientes, mientras retiraba la mano de su zona íntima, la cual, sin darse cuenta, había empezado a acariciar.

Al tomar el teléfono, notó que ya era más de medianoche. Tenía una notificación de un mensaje nuevo. Deslizó rápidamente el dedo sobre la pantalla para desbloquear el dispositivo y leyó:

Feliz cumpleaños.

Avery frunció el ceño al no reconocer el número desde el cual le escribían.

Gracias, pero ¿quién eres? No tengo este número registrado. Respondió sin más.

Si yo demando, ¿tú qué haces? Leyó la respuesta.

Obedezco. Respondió ella, de manera automática.

El corazón de Avery se aceleró.

Su móvil emitió nuevamente un sonido.

Leyó: Viernes. 8 pm. 1109 Calle Vista Dr., Beverly Hills. Código Gala. Era una invitación digital a un evento.

Era la primera vez que le enviaban una dirección, ya que Derek siempre la citaba en lugares públicos y luego le ordenaba subir a un coche, donde, una vez a bordo, le vendaba los ojos para finalmente llevarla al lugar donde se sometería a su Amo.

Avery sonrió como no lo había hecho en mucho tiempo.

«Pues tiene que ser él, ¿verdad? No conozco a nadie más que se preocupe por mi cumpleaños como él», pensó.

Recordó su último cumpleaños y lo especial que fue cuando él la llevó a comer en un lugar hermoso y le regaló una gargantilla de cuero con un rubí en forma de corazón. Decidió recordar solo eso y no el hecho de que dos semanas después descubrió toda la verdad y su Amo la liberó.

Allí estaré, mi Señor. Escribió y envió el mensaje.

Luego se dejó caer en la cama, con una inmensa sonrisa en los labios. Se durmió casi de inmediato.

Al otro lado de la línea, un par de ojos azules leyeron las últimas dos palabras del mensaje recibido. De una boca pintada de color carmesí, surgió una sonrisa, medio divertida y medio sarcástica.

—No, preciosa —susurró—. No soy Derek.

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