Patrick comenzó a sentir los músculos de los brazos un poco agarrotados. No podía decir con exactitud cuánto tiempo había permanecido en esa posición, pero si sus cálculos no le fallaban, podría aventurarse a decir que habían pasado casi unos cuarenta minutos.
Durante las últimas dos semanas, había sido la misma rutina, tan solo con unas pocas variables: Él llegaba a la mansión de la Ama Isis, se arrodillaba en medio de la sala y esperaba a que David le vendara los ojos y le atara las manos por detrás de la espalda. A continuación, caminaba un corto trayecto hasta llegar a unas escaleras y las descendía. Imaginaba que eran...