La mirada de Patrick se fijó en el delicado cuerpo que yacía sobre la cama, pero su mente estaba enfocada en algo más. Acababan de regresar del hospital y Patrick no dejaba de pensar en las facturas pendientes que tenían por pagar, mientras su madre preparaba algo de comer. En medio del ajetreo, no tuvieron tiempo ni de almorzar.
Miró el reloj de pulsera en su muñeca. Eran las cuatro con treinta y siete de la tarde. Se puso de pie muy despacio, para no despertar a su hermana. Sabía que si quería llegar a tiempo a su entrevista de trabajo, debía darse una ducha de inmediato. No pensaba cometer el mismo error dos veces en un mismo día. Esta vez no llegaría tarde.
Tomó una ducha rápida y salió del baño, dejando un rastro de agua a su paso. Se detuvo un momento para contemplar su armario.
«¿Qué diablos me pongo?», pensó.
Normalmente, no era alguien que tardara mucho en decidir qué ropa ponerse, pero esta ocasión ameritaba dar una muy buena impresión. Soltó un suspiro de resignación al ver que casi toda su ropa estaba vieja y desgastada. No podía evitar sentir pesar al recordar cómo era su vida ocho años atrás. Spellbound, Levis, Tommy Hilfiger, Polo Ralph Lauren, Calvin Klein, Lacoste, Clarks y Timberland eran las marcas que predominaban en su guardarropa. Ahora, a duras penas conservaba un pantalón de color beige Spellbound y una chaqueta Tommy Hilfiger. Esas eran dos prendas fijas que usaba en ocasiones especiales. Una camisa de mezclilla azul marino y un par de mocasines con cordones de color azul abeto complementaban el atuendo. Se echó un poco de lo que le quedaba de Invictus, una copia del famoso perfume de Paco Rabanne que le regaló su madre la navidad antepasada y que usaba, de igual manera, para ocasiones muy especiales.
Miró el reloj en su muñeca. Eran las cinco con nueve minutos. Hizo cálculos mentalmente. Si se iba en ese momento, llegaría con casi una hora de sobra.
—¿Vas a algún lado? —la voz de su madre lo detuvo justo cuando estaba a punto de girar el pomo de la puerta de salida.
—Amm... —se encogió de hombros—. Sí, madre.
—¿A dónde? —preguntó Rhonda.
—No quería decírtelo hasta que fuera algo seguro —Patrick entornó los ojos.
—¡Vaya! Vas hasta perfumado —comentó su madre—. ¿Decirme qué?
El muchacho rió a carcajadas.
—Voy a una entrevista de trabajo.
—¡Qué bueno, cariño! ¿Y te vas sin comer? —la mujer lo miró de forma reprobatoria.
—Guárdamelo. Cuando regrese comeré, madre...
—No —lo interrumpió—. Nada de eso, Patrick. Comerás antes de irte. No te estás alimentando bien. Además, no sabes a qué hora termina esa entrevista de trabajo —cruzó los brazos sobre su pecho.
—Vale, mamá. Comeré antes de irme.
Sin decir nada más, retrocedió unos pasos hasta llegar a la cocina, donde se sentó en una rígida e incómoda silla del pequeño comedor para cuatro personas. Rhonda le sirvió un plato de arroz con salchichas y puré de patatas, y ambos comenzaron a comer.
A medida que comían, Patrick no podía dejar de pensar que le parecía un tanto extraña la forma en que le respondieron en la tarde. No le dijeron que llevara sus documentos ni nada, aunque asumía que debía llevarlos. Tampoco le preguntaron si tenía disponibilidad inmediata para comenzar a trabajar. Pero eso era algo obvio de pensar, si alguien los contacta, pues el anuncio decía: "¿Necesitas dinero?" ¡Joder! ¡Vaya que no podía dejar de pensar en eso! Sonrió por inercia al imaginar cómo se vería sentado todo el día frente a una máquina de última generación, analizando la programación, el diseño de interfaz, la jugabilidad, la sincronización vertical...
—¡Vaya! Creo que nunca te había visto tan animado por una entrevista de trabajo —dijo Rhonda de repente.
Patrick sonrió con notable ilusión.
—Tengo un muy buen presentimiento, mamá.
—¿Ah sí?
—Sí. Algo me dice que esta vez lo conseguiré —bebió lo que le quedaba de zumo de un sorbo—. Ahora sí, me voy —se puso de pie. Se acercó a su madre y le dio un beso en la frente—. Nos veremos más tarde —le guiñó un ojo.
—Suerte, cariño —dijo Rhonda.
Aceleró su paso hasta llegar a la parada de autobús. Estaba a unas cuatro cuadras de su casa, así que solo le llevó unos pocos minutos llegar a su destino. Subió al autobús que se dirigía hacia el oeste y, después de cuarenta y cinco minutos, se bajó. Solo le faltaban unos diez minutos de caminata para llegar a su destino final.
Se detuvo frente a una imponente propiedad, rodeada por altas rejas de acero pintadas de negro. Era una mansión lujosa, pero no veía ningún indicio de que fuera un lugar donde se llevasen a cabo entrevistas de trabajo.
Miró su reloj de pulsera. Eran las seis con treinta y tres minutos. Tomó su teléfono móvil y, después de pensárselo un rato, decidió enviar un mensaje al número que aparecía en el papelito.
"Buenas tardes. Disculpe. Me dijeron que debía estar en la 1109 Calle Vista Dr., de Beverly Hills a las 7pm. Estoy en el lugar indicado, pero no veo a nadie aquí. Estoy frente a una mansión con rejas de color negro."
Esperó más de diez minutos, de pie frente a la casa, mirando en todas direcciones, pero no recibió ninguna respuesta. Comenzó a sentirse muy preocupado, ya que si no se apresuraba a encontrar el lugar de la entrevista, sería la segunda vez en un solo día que llegaba tarde a algún sitio. No le quedó otra alternativa que presionar el botón del intercomunicador frente al portón.
Faltando cinco minutos para la hora acordada, divisó a lo lejos a un hombre alto y delgado, vestido con un traje de esmoquin negro y el cabello perfectamente peinado hacia atrás.
—Buenas noches—, saludó Patrick. —Se supone que debo estar en 1109 Calle Vista Dr., Beverly Hills en cinco minutos para una entrevista de trabajo, pero solo veo esta casa y pensaba que tal vez me había equivocado de dirección...
—Usted no se ha equivocado—, lo interrumpió el hombre. —¿Ha venido por el anuncio?
—Sí—, asintió Patrick enérgicamente.
—Pase adelante—, el caballero elegante lo invitó a entrar con un gesto de la mano.
Patrick hizo lo que le pidieron, sin poder evitar echar un rápido vistazo a su entorno. El lugar estaba rodeado de hermosos jardines llenos de rosas, tulipanes y lirios. Percibió el aroma a césped recién cortado y tierra húmeda.
—Sígame, es por aquí—, dijo el hombre joven, guiándolo hacia la puerta principal de la mansión.
Una vez en el interior, Patrick observó su entorno con fascinación. El lugar estaba lleno de lujo: suelos de mármol blanco, muebles de estilo victoriano, cortinas de seda...
«Debe vivir aquí alguien muy adinerado», pensó.
—Tome asiento—, dijo el hombre con voz grave, sacándolo de sus pensamientos. —Mi señora lo atenderá enseguida".
Patrick no le prestó suficiente atención. Estaba demasiado entretenido mirando a su alrededor mientras lo guiaban hacia un cómodo sofá, en el cual se sentó sin pensarlo mucho.
Sentirse rodeado de tanto lujo le hizo añorar los años de bonanza, cuando su padre era respetado y conocido como el exitoso arquitecto Harold Powell.
«Seguro que a mamá le encantaría esta decoración», pensó.
Sin poder evitarlo, se puso de pie y comenzó a examinar todo: los cuadros renacentistas en la pared, las delicadas figuras talladas a mano en las pulcras paredes, las columnas griegas que adornaban la estancia, el amplio ventanal que daba a un colorido jardín... Pero su atención se centró en un hermoso jarrón. La belleza del adorno lo cautivó tanto que no pudo controlar sus acciones. Estaba a punto de tocarlo cuando...
—Así que tú eres quien me escribió esta tarde—, una repentina voz femenina rompió el silencio de la habitación, haciendo que Patrick diera un respingo y golpeara el jarrón. Este comenzó a tambalearse, pero rápidamente Patrick lo sujetó para evitar que se cayera.
—Lo siento, señora—, dijo, —yo solo...
Patrick se quedó sin palabras al ver a una espectacular mujer rubia, alta y delgada, vestida con un provocativo vestido negro largo de blonda y encaje. Un fajín de cuero acentuaba su estrecha cintura.
La mujer levantó una ceja al darse cuenta de que Patrick la observaba con la boca abierta.
—Tienes entre tus manos un millón y medio de dólares—, informó la dama. —Perteneció a la dinastía Qin. Lo compré hace dos años en una subasta en Alemania.
—Disculpe, de verdad, yo no...
—No te preocupes. Si se rompe, lo reemplazo y ya está—, la mujer hizo un gesto desestimador con la mano.
—¿Lo dice en serio?—, Patrick abrió los ojos de par en par.
—No soy materialista. Solo lo compré porque combinaba con las cortinas—, respondió la mujer sin más.
La mirada de Patrick alternó entre las cortinas y el jarrón, ambos con tonalidades doradas y amarillas.
—¿No es algo contradictorio? —musitó Patrick.
La mujer lo miró de soslayo y preguntó:
—¿Qué cosa?
Patrick continuó hablando, sin poder controlar sus palabras:
—¿Que diga no ser materialista y que comprara un jarrón que costó más de lo que alguien podría ganar en toda su vida, solo porque combina con sus cortinas?
Mientras se daba cuenta de lo que había dicho, Patrick se lamentó mentalmente por su mala costumbre de decir todo lo que pensaba.
La mujer se encogió de hombros y respondió:
—Soy millonaria. No materialista. ¿Algo más que objetar, chico?
—Lo siento, Señora. Yo no...
—Gilmore —lo interrumpió—. Soy la señora Gilmore.
Patrick se obligó a dejar de mirar el jarrón y las cortinas. Sacudió un poco la cabeza para salir de su estupor. Al mirar a la mujer, esta tenía la mano extendida en dirección a él.
—¡Oh! Lo siento —se mostró apenado, a la vez que tomaba la mano de la mujer y la sacudía con euforia, tanto que la rubia hizo un gesto de dolor. Luego la soltó—. ¡Oh, por Dios! Lo lamento mucho. Soy un...
—No pasa nada. Aprenderás a tratar a una dama como es debido, con el tiempo —comentó ella, acercándose a una ventana para rodar la cortina—. No me gusta que la gente husmee —se giró hacia el nervioso muchacho—. Siéntate... —lo miró de forma inquisitiva para que le dijera su nombre.
—Patrick. Mi nombre es Patrick —dijo él.
—Toma asiento, Patrick —dijo la señora Gilmore.
Él hizo lo que le pidieron sin chistar, mientras la mujer seguía de pie, a un lado de la ventana. Los ojos de Patrick se entregaron a un intenso escrutinio. La falda del vestido de la mujer se transparentaba un poco, obsequiándole un lindo espectáculo. Unas piernas largas, torneadas, ataviadas con unos zapatos de tacón muy alto...
La mujer carraspeó la garganta, haciendo que Patrick dejara de mirarla con tanta intensidad.
—¿Te gusta lo que ves? —indagó ella.
—Lo siento. No quería incomodarla.
—No te reprimas —ella sonrió—. Si te gusta lo que ves, sigue mirando.
—Es usted muy hermosa.
La mujer agitó su dedo índice, apuntándolo a él.
—Me agradas, muchacho.
Patrick solo se limitó a sonreír con timidez.
—¿Te apetece algo de tomar? —inquirió ella.
—Agua estaría bien.
La mujer se inclinó y tomó una pequeña campana que yacía sobre una mesita junto a la ventana, la sacudió y, en cuestión de segundos, apareció un hombre trajeado.
—¿Qué puedo ofrecerle, mi señora? —el sujeto hizo una leve reverencia.
Patrick frunció el entrecejo. No estaba acostumbrado a ver tanta pleitesía junta.
—David, tráele un poco de agua a Patrick —ordenó la mujer—, y a mí, una copa de vino.
—Enseguida, madamme —volvió a inclinarse y se retiró.
Patrick se quedó mirando al hombre mientras este se alejaba.
—Y dime, Patrick, ¿desde hace cuánto tiempo juegas? —la pregunta de la mujer lo hizo girar la cabeza de golpe.
«¡Vaya! ¡Por fin! A lo que vine», pensó él.
—Pues, digamos que desde que era niño —contestó.
La rubia levantó una ceja y lo miró como si le hubiera crecido una segunda nariz en el rostro.
—¿Cómo dices? —la cara de confusión de la mujer era muy evidente.
—Bueno, mi madre no me dejaba jugar mucho, porque decía que eso me iba a atrofiar el cerebro, pero a partir de los quince años, comencé a ser un jugador más ávido. Me gustan mucho los RPG y los simuladores, aunque los shooters también me llaman mucho la atención —Patrick hablaba con tanta emoción que a la rubia le daba pesar interrumpirlo, aunque no tuviera la mínima idea de lo que hablaba el chico—. Me considero más un PC Gamer, aunque también he jugado mucho con la Playstation. No soy muy fan de la Xbox, pero he jugado un par de títulos en esa consola.
La señora Gilmore soltó una elegante, pero sonora carcajada al entender de qué estaba hablando Patrick.
—¡Oh, cariño! Qué gracioso eres.
—¿Gracioso? —él frunció el entrecejo—. ¿Qué fue lo que dije que le pareció tan gracioso?
—Te pregunto, ¿desde cuándo estás en la comunidad BDSM?
—¿En dónde? —Patrick estaba confundido—. ¿Es acaso un club de gamers?
—¡Vaya que sí es un club de gente a la que le gusta jugar! —dijo con un tono coqueto en la voz—. Bondage, Disciplina, Dominación y Sumisión —agregó ella—. Sadismo y Masoquismo... ¿Te suena?
—Ammm... No... yo no... —Patrick balbuceó. Sabía lo que significaban las palabras "Sadismo y Masoquismo".
El corazón de Patrick se aceleró al ver que la mujer se había acercado mucho a él. Tragó grueso al sentir la delicada mano femenina en su mejilla.
Patrick quedó perplejo y una sensación de inquietud comenzó a apoderarse de él. No entendía lo que estaba sucediendo, pero algo en el ambiente le hacía temer que había entrado en un territorio desconocido y un tanto peligroso.
***
El hombre llamado David hizo su aparición, sosteniendo una bandeja entre sus manos, mientras Patrick vislumbró la oportunidad de levantarse del sofá y distanciarse un poco de la exuberante rubia. Tomó el vaso de cristal lleno de agua que el caballero le ofrecía y lo bebió de un solo trago. La señora Gilmore lo observaba, entrecerrando los ojos. Una sonrisa astuta se dibujó en sus labios rojo carmín, mientras acercaba la copa de vino que había tomado de la bandeja.
—¿David? —la rubia inquirió.
—¿Sí, mi Señora? —respondió David.
—Trae un documento y asegúrate de que el salón de juegos esté preparado para los visitantes.
—Sí, mi Señora —asintió con la cabeza y se retiró de inmediato.
—¿Salón de juegos? —preguntó Patrick—. ¿Documento? —estaba sumamente confundido.
—A ver, Patrick. ¿Por qué has venido?
—Vine por el anuncio... Uh, por el...
—¿Tienes alguna idea de qué se trata?
—Um... supongo que —Patrick balbuceó—, supongo que tiene que ver con probar videojuegos y...
La risa de la rubia lo hizo callar.
—¿En serio? —ella dejó de reír, arqueó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Sí —contestó Patrick, dubitativo—. ¿No es eso?
La mujer dio la vuelta y comenzó a caminar en círculos alrededor de Patrick, moviéndose con una elegancia exquisita que lo dejó hipnotizado.
—Creí haber sido muy clara con el diseñador —comentó, gesticulando en el aire—. Le pedí que utilizara el símbolo del BDSM de manera discreta para evitar que personas no iniciadas se...
—¿Símbolo? —lo interrumpió—. ¿Se refiere al círculo que parece un yin-yang?
—Es un trisquel —explicó ella, siendo un poco severa en su aclaración—, y es el símbolo que representa a la comunidad BDSM.
—Entiendo —Patrick encogió los hombros—. No tenía ni la menor idea. ¿Qué significa?
—Tiene muchos significados, pero el más destacado son los tres pilares fundamentales de las relaciones BDSM. Sano, seguro y consensuado.
—Mi Señora —David volvió a hacer acto de presencia.
La mujer tomó el papel que su sirviente le entregó, mientras Patrick la miraba confundido.
—Me gustaría seguir conversando contigo al respecto, Patrick —declaró la mujer—. Pero, al parecer, no tienes ni idea de este mundo, así que no tiene sentido. Lo más sensato es dar por concluida esta reunión.
—No —Patrick elevó un poco la voz—. No es justo. He viajado casi una hora desde mi casa para venir a una entrevista de trabajo porque necesito el dinero. El anuncio decía: "¿Necesitas dinero?" ¡Maldita sea! Sí que lo necesito, y mucho... —se interrumpió y frunció el ceño al ver la hoja de papel que la rubia sostenía—. ¿Qué es eso? —preguntó.
La señora Gilmore sonrió triunfante.
«Has caído en mi trampa, pececito», pensó.
—¿Esto? —fingió sorpresa—. Es una tontería. Es algo que uso para protegerme. La sociedad está llena de hipócritas que se escandalizan por todo, pero se hacen los indiferentes cuando un niño muere de hambre en África, así que no me queda otra opción que idear estrategias para evitar que alguien intente extorsionarme.
—¿Qué es eso? —volvió a preguntar Patrick. La paciencia no era precisamente una de sus virtudes. Tenía la mirada fija en el papel.
—Esto, querido, es un acuerdo de confidencialidad. Pero no te preocupes, no te obligaré a firmarlo si no...
—Quiero leerlo —lo interrumpió.
—No tiene sentido, chico —suspiró largamente—. Estoy buscando personas audaces, que les guste experimentar cosas nuevas, con ambición, que quieran ganar mucho dinero...
—Permíteme ver ese documento —Patrick estaba a punto de perder la poca paciencia que le quedaba.
—Está bien —dijo la mujer, entregándoselo—. No tienes por qué molestarte —le guiñó un ojo.
Patrick clavó su mirada en el papel y se concentró en leerlo.
ACUERDO DE CONFIDENCIALIDAD
En CALIFORNIA al 03 de FEBRERO de 2020. De una parte, ISADORA KYLIE GILMORE SMITH, representada por LEGISCORP. De otra parte, ________________________________. Ambas partes acuerdan mutuamente, la capacidad legal necesaria para la suscripción del presente acuerdo y el cumplimiento de las siguientes obligaciones:
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PRIMERA. Las partes involucradas se obligan a no divulgar a terceras partes, ningún tipo de información que reciban la una de la otra. Para efectos del presente convenio “Información Confidencial” comprende toda la información divulgada por cualesquiera de las partes ya sea en forma oral, visual, escrita, grabada en medios magnéticos o en cualquier otra forma tangible y que se encuentre claramente marcada como tal al ser entregada a la parte receptora.
SEGUNDA. La parte receptora se obliga a no divulgar la “Información Confidencial” a terceros, sin el previo consentimiento por escrito de la parte divulgante.
TERCERA. Las partes convienen que en caso que la parte receptora incumpla parcial o totalmente con las obligaciones a su cargo derivadas del presente contrato, la parte receptora será responsable de los daños y perjuicios que dicho incumplimiento llegase a ocasionar a la parte divulgante.
CUARTA. La vigencia del presente convenio será indefinida y permanecerá vigente mientras exista relación comercial entre ambas partes.
QUINTA. Dentro de los 7 días hábiles siguientes a la fecha de terminación del presente convenio o, en su caso, de su prórroga, toda la “Información Confidencial” transmitida de manera escrita, grabada en un medio magnético o de otra forma tangible, a la parte receptora por la divulgante, deberá ser devuelta a la parte divulgante o, en su caso, destruida en presencia de un representante autorizado de la parte divulgante, a elección de la parte divulgante.
SEXTA. Las obligaciones establecidas en éste convenio para la parte receptora, respecto a la confidencialidad de la “Información Confidencial” y al uso de la misma, prevalecerán a la terminación de este instrumento, por un período de por lo menos 2 (dos) años a partir de dicha terminación.
SÉPTIMA. Este convenio constituye el acuerdo total entre las partes respecto a dicha información confidencial y substituye a cualquier otro entendimiento previo, oral o escrito, que haya existido entre las partes.
OCTAVA. Ninguna de las partes podrá ceder sus derechos y obligaciones derivados del presente Contrato.
NOVENA. Este convenio solamente podrá ser modificado mediante consentimiento de ambas partes, otorgado por escrito.
DÉCIMA. Para la interpretación y cumplimiento del presente contrato, las partes se someten a la jurisdicción de las leyes y tribunales de CALIFORNIA, renunciando desde ahora a cualquier otro fuero que pudiera corresponderles por razón de sus domicilios presentes o futuros o por cualquier otra causa, señalando desde este momento como sus domicilios legales los siguientes: Parte divulgante: 1109 CALLE VISTA DR, BEVERLY HILLS, CA 90210, EE. UU Parte receptora:____________________________
___________________
Firma Parte divulgante
___________________
Firma Parte receptora
Al terminar de leer el acuerdo en su totalidad, Patrick se quedó en silencio. No sabía qué decir. ¡Nunca en su vida había estado en una situación como esa! ¿Qué se suponía que debía hacer? Se sintió abrumado. Ni siquiera se atrevió a mirar el rostro de la mujer que lo observaba con expectación. Releyó la tercera cláusula, ya que era la que más le había llamado la atención.
—¿Qué me sucedería en caso de incumplir este acuerdo? —se atrevió a preguntar.
—En el mejor de los casos, tendrías que pagar una suma considerable de dinero para evitar ir a la cárcel por incumplimiento de contrato —respondió ella sin más.
—¿Ese es lo mejor de los casos? —Patrick volvió a tragar saliva.
«¡Maldición! ¿En qué demonios me estoy metiendo?» pensó para sí mismo.
—Claro, no tendrías nada que temer si simplemente guardas silencio.
—Por lo que entiendo —habló Patrick—, si firmo esto, ¿estoy obligado a no revelar absolutamente nada de lo que usted está a punto de decirme?
—Exactamente —dijo la rubia sin rodeos.
—¿Y solo eso? —preguntó él.
—Solo eso —afirmó ella.
—No estaré obligado a hacer nada más.
—Nada más, Patrick. Solo debes guardar silencio.
—¿Qué tan grave puede ser lo que tiene que decirme como para que tenga que firmar algo así? —se preguntó en voz alta, rascándose la cabeza.
—Es muy grave —le indicó la mujer—. Se trata de información que no todos son capaces de comprender.
—Soy una persona con una mente muy abierta —murmuró Patrick.
—Entonces firma el acuerdo —dijo la mujer con firmeza.
—¿Y si no lo firmo? —consideró él.
—Tendré que pedirte que te vayas —replicó ella. Patrick estuvo a punto de argumentar algo, pero la rubia no le permitió hacerlo—. Te aclaro que este acuerdo no te obliga a aceptar lo que te voy a decir ni a tomar el "empleo" —hizo comillas en el aire—. Solo te obliga a no revelar nada de lo que te diré. Puedes escuchar lo que tengo que decir, y si no estás de acuerdo, puedes marcharte. Será como si nada hubiera ocurrido. Olvidarás esta reunión y continuarás con tu vida como si nada hubiera pasado.
Era el momento de la verdad. Patrick debía decidir si seguir adelante o retirarse del juego. Y la verdad era que nunca había sido el tipo de persona que temiera a lo desconocido. La curiosidad se había arraigado profundamente en su ser.
«Necesito el maldito dinero», reflexionó.
¡Al diablo con todo!
¿Qué daño podía hacerle escuchar información?
—Lo firmaré —dijo Patrick—. ¿Tienes una pluma?
La rubia sonrió de manera pícara, se acercó a una mesita, abrió un cajón, se inclinó y sacó un bolígrafo.
—Aquí tienes —se lo entregó a Patrick.
Sin perder más tiempo, Patrick estampó su firma en el papel. La mujer chasqueó los dedos y apareció David, quien se acercó a Patrick sosteniendo un trozo de tela.
—¿Qué está pasando? —preguntó Patrick al darse cuenta de que tanto la mujer como el hombre lo miraban fijamente. Ella asintió con la cabeza.
Acto seguido, David se posicionó detrás de Patrick y procedió a vendarle los ojos, pero este se movió inquieto, asustado.
—¿Qué están haciendo? —había miedo en sus ojos grises.
—Relájate y deja que David te venda los ojos —dijo la rubia con total seguridad.
—Pero, ¿para qué? No entiendo por qué tengo que tener los ojos vendados.
—Si quieres dar el siguiente paso, deja que David te vende los ojos —la mujer fue tajante.
Patrick miró al hombre y luego volvió a mirar a la rubia. Inhaló profundamente y soltó el aire lentamente.
—Está bien —aceptó en un susurro.
—De acuerdo —dijo ella—. Vamos.
David sujetó a Patrick y comenzó a guiarlo. Ambos caminaban detrás de la elegante rubia.