Chapter 2 Avery

Chapter 2 Avery

Avery se levantó lentamente de su silla y extendió la mano hacia la ilusionada mujer que la miraba con ojos llorosos. La mujer estrechó su mano, mostrando una enorme sonrisa.

—¿Entonces ya estoy lista? —profirió ella.

—Sí —asintió la doctora con la cabeza—. Programaré la cirugía para las tres de la tarde. Quiero hacerla el lunes para evitar que entres en la semana crucial y se te presenten los dolores de parto.

Avery notó que la señora Corbin dejó de sonreír y, en vez de alegría, su semblante expresaba nerviosismo.

—¡Oh por Dios! —exclamó la mujer, abriendo mucho sus ojos—. ¡Eso es en menos de setenta y dos horas! —Se llevó una mano al pecho—. Está a punto de darme un ataque de pánico.

Avery se puso de pie muy despacio, rodeó su escritorio hasta llegar al lado de su paciente y le puso una mano en el hombro.

—Es algo normal en las madres primerizas —le obsequió una sonrisa para infundirle confianza—. No te preocupes. Todo va a salir bien —le aseguró.

—Gracias, Doctora Wilson —la mujer volvió a sonreír.

—Nada que agradecer, Sonya —le dijo. Siempre procuraba tutearlas para crear una relación cómoda con ellas—. Soy tu doctora y no dejaré que nada malo pase.

La sonrisa de Sonya Corbin se amplió aún más.

Avery se inclinó sobre su mesa de trabajo, arrancó un par de hojas del talonario de recetas médicas y se las entregó a Sonya.

—Ya lo sabes —apuntó con su dedo índice—. Sigue las indicaciones al pie de la letra —señaló uno de los papeles con su falange—. Sigue con la alimentación balanceada y no tendremos ningún contratiempo —volvió a sonreírle.

Ella asintió con la cabeza y le devolvió la sonrisa. Acto seguido, se puso de pie, tomó su bolso y salió del consultorio.

Avery se dejó caer sobre su silla, soltando un suspiro de alivio por haber terminado de atender a su última paciente del día. Lo mejor del caso es que era viernes. Podría tener dos días de descanso, a menos que surgiera alguna emergencia y tuviera que presentarse en el hospital.

De repente, la puerta se abrió. Una mujer alta y delgada, de piel morena, cabello castaño oscuro y ojos saltones de color verde, se asomó por la abertura de la puerta. La mujer sonrió como siempre lo hacía cuando se traía algo entre manos.

—¿Ya estás lista? —inquirió la mujer. Su voz sonaba más aguda de lo normal—. ¿Preparada para nuestra noche de chicas? —abrió los brazos y movió los hombros como si estuviera bailando mambo.

—Hoy no, Looren —le respondió Avery, soltando un bufido que denotaba lo agotada que estaba—. Solo pienso en llegar a casa, meterme en la tina, tomarme una copa de vino tinto, mientras la Sinfonía número 40 de Mozart suena a todo volumen y…

—¿Y por qué, en vez de irte a tu casa a hacer ese montón de cosas aburridas... —la interrumpió— ...no te das una ducha rápida, te pones un vestido muy corto y ceñido al cuerpo, te vienes a tomar un par de copas conmigo, a un sitio muy agradable, mientras mueves el trasero al ritmo de la canción del momento, conoces a alguien y terminas metida en la cama con algún sensual caballero?

Avery fulminó con la mirada a la Doctora Looren Hougan, Psicóloga especializada en Sexología. Hace dos años que Hougan tenía su consultorio al lado de Avery, y como ambas casi siempre terminaban de atender pacientes a la misma hora, solían encontrarse de camino al estacionamiento del hospital, lo que les facilitó confraternizar y forjar una sólida amistad con el tiempo.

—¡Oh vamos! Esta es la... —contó con sus dedos—. Ya perdí la cuenta de las veces que te has negado a salir conmigo, desde que... —dejó la frase suspendida en el aire al percatarse de que Avery entornaba los ojos, advirtiéndole que no prosiguiera—. Lo siento, Avery —Looren se encogió de hombros, visiblemente apenada—. No quería...

—Déjalo correr, Looren —Avery dio un manotazo en el aire para evitar hablar más del tema.

Sin poder evitarlo, una cascada de recuerdos surgió en la mente de Avery. Eran memorias de sus años como sumisa, de ella doblegada ante los deseos más primitivos de Derek Contini. Ya no era su Amo. De hecho, desde que la relación terminó, ella trató de alejarse lo máximo posible de aquel mundo de ataduras y azotes. Los primeros cinco meses sucumbió a la tentación de visitar clubes y asistir a fiestas BDSM, donde fue sumisa en tres oportunidades. Pero al final de cada sesión, se sentía miserable, pues en vez de lograr sacar a Derek de su mente, sucedía todo lo contrario.

Cerró sus ojos con fuerza y sacudió la cabeza para despejarla un poco.

—Aun no me siento preparada para eso —dijo.

—¿Y cuándo lo estarás? —profirió Looren de forma violenta—. ¿Cuándo tengas arrugas en tu rostro, el cabello canoso, y te des cuenta de que dejaste de vivir tu vida a plenitud, por estar pensando en ese cerdo que te rompió el corazón?

—Looren, por favor, baja la voz —le solicitó.

—Vale —comenzó a hablar en un tono que solo Avery pudiera escuchar—, pero escúchame bien, porque no pienso repetírtelo más. Mientras tú estás acá, lamentándote por lo que ese cretino te hizo, él se lo está pasando de lo lindo entre las piernas de alguna zorra quita maridos...

Avery volvió a cerrar los ojos, incómoda de que su amiga se expresara así de Derek, pero no podía quitarle la razón, pues era lo que Looren creía. A pesar de ser amigas desde hace tanto tiempo, la Doctora Hougan no sabía absolutamente nada de sus gustos sexuales. ¿Y cómo contárselo? Para Looren, las personas que practicaban ese tipo de sexualidad tan extrema solían ser pacientes potenciales para ella. Avery nunca tuvo la intención de ser psicoanalizada por nadie. Sabía que era un compendio de trastornos ambulante debido a la infancia de mierda que tuvo, pero no necesitaba que nadie se lo dijera.

Tantas sesiones con psicólogos, terapeutas y psicoanalistas no sirvieron para nada.

Ya estaba harta de todo eso.

—No es lo que piensas, Looren. Él... —musitó Avery, al borde de las lágrimas. Sentía una necesidad innata de defender al que fuese alguna vez su única razón de respirar.

—¿Qué? No te atrevas a defenderlo, porque Derek Contini no es más que un imbécil. ¿Qué hombre en su sano juicio vive siete años con una mujer y es incapaz de pedirle matrimonio? ¿Y cómo tú aguantaste eso? Él es un...

—Basta, Looren.

—¡No! Nada de basta. Vendrás conmigo hoy, a celebrar que terminó hace un año ese megalómano, ególatra, narcisista y filofóbico.

—¡Vaya que lo estudiaste! —dijo Avery en tono mordaz.

—¡Y de sobra! —respondió Looren del mismo modo—. Una verdadera lástima que nunca se haya dejado psicoanalizar por mí. Habría escrito una enciclopedia basada en todos sus trastornos y...

—Ya no hablemos de él, ¿quieres? —dijo Avery.

—Como sea —Looren dio un manotazo al aire—. Vendrás conmigo esta noche, despejarás tu mente y pasaremos un rato divertido, bebiendo, bailando y conociendo gente nueva, ¡que la vida es hoy y ahora!

Avery se apretó el puente de la nariz con sus dedos, índice y pulgar. Dejó escapar un suspiro de frustración. No existía nadie en el mundo más obstinado que Looren Hougan. Avery se quedó en completo silencio por varios segundos, contemplando la idea de salir de fiesta con su amiga. No era una imagen que le agradara mucho, pero sabía que Looren no desistiría en su intento hasta lograr que, algún día, ella accediera. ¿Qué más daba? ¡Al mal paso es mejor darle prisa! Ya llevaba mucho tiempo postergando una salida con ella.

Volvió a clavar su mirada sobre Looren y percibió que esta estaba muy pendiente de su respuesta. Avery hizo un gesto afirmativo con la cabeza. La Doctora Hougan abrió los ojos de hito en hito y sonrió con amplitud, pero en cuestión de segundos entornó los ojos y dio un paso adelante, hasta situarse muy cerca de la silla frente al escritorio. La arrimó y tomó asiento.

—¿Acaso estás diciendo que... sí? —ladeó la cabeza y le lanzó una mirada inquisitiva.

Avery asintió de nuevo con la cabeza. No pudo evitar sonreír, pues la sonrisa victoriosa de Looren la contagió de una rara sensación de bienestar.

—Pero te advierto que no pienso alocarme ni hacer cosas descabelladas —espeta Avery—.Solo tomaremos un par de copas, charlaremos y...

—Conoceremos un par de galanes —interrumpió Looren—, uno moreno para mí y uno rubio para ti, como te gustan y...

—Nada de hombres. Que sea una noche de chicas no más —zanjó Avery el asunto.

Looren levantó sus manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Como digas —musitó.

Avery entornó los ojos, desconfiando de la respuesta de su amiga. Sintió que Looren tenía algo en mente, ya que desde que se separó de Derek, no había dejado de insistir en que se abriera a la posibilidad de intentarlo con alguien nuevo. Decidió arreglar un poco su escritorio para que no estuviera tan desordenado cuando regresara el lunes. Recogió sus cosas y tomó su bolso del perchero junto a la puerta. Looren seguía observándola sin decir una palabra. Después de unos minutos, ambas salieron del consultorio.

—Nos vemos en... —Looren consultó su reloj de pulsera— ¿hora y media te parece bien?

—Que sean dos —respondió Avery.

—¡Vale! —dijo Looren y volvió a mirar el reloj plateado en su muñeca—. Son casi las seis de la tarde. Nos vemos a las ocho en punto en Academy.

—¿Academy? —Avery frunció el ceño—. ¿Por qué te gusta tanto ese lugar?

—Porque ponen muy buena música. Además, hay mucha gente atractiva —Looren se mordió el labio.

Avery prefería el Lust de No Temptation, pero se resignó a acompañar a su amiga a uno de los clubes nocturnos más populares y concurridos de la ciudad.

—Como quieras —Avery puso los ojos en blanco. No le gustaba estar en lugares tan abarrotados. Prefería reuniones más íntimas y música a un volumen moderado.

Sin poder evitarlo, un recuerdo la golpeó. Era ella, gimiendo mientras otros gemidos se mezclaban con los suyos en una de las muchas fiestas de cuero a las que había asistido con Derek. Sintió una repentina ráfaga de calor recorrerla.

Looren se acercó y le dio un beso en la mejilla. Luego le guiñó un ojo y le dio una palmada en la nalga derecha.

—Vamos, nena. Ve y ponte hermosa. Quiero que hoy seas una diva completa —añadió.

Avery sonrió a medias. La idea de arreglarse y vestirse por motivos ajenos, que no fueran impresionar a Derek, la perturbaba un poco. Hacía mucho tiempo que no hacía ningún esfuerzo por destacar entre los demás. Solía vestirse con ropa linda pero común. Siempre llevaba el cabello recogido en una coleta alta y usaba maquillaje de tonos pasteles.

—¿Y tú qué vas a hacer? —no pudo evitar preguntar al ver que Looren no tenía intenciones de irse del hospital aún.

—Tengo que enviar un par de correos a algunas farmacéuticas —Looren sacudió ligeramente la cabeza—. Ve, te alcanzaré en el club.

Avery sonrió sin ganas y se dirigió hacia el ascensor sin molestarse en voltear a mirar a Looren. Sabía que debía tener una gran sonrisa en el rostro por haberla convencido después de casi un año insistiendo.

Subió en el ascensor y descendió tres niveles mientras una molesta música instrumental se filtraba en sus oídos. Rodó los ojos al reconocer la melodía. Era una versión en saxofón de "Killing Me Softly With His Song". Maldijo entre dientes. ¡Era la canción favorita de Derek! Incluso allí, sola en el ascensor, después de tanto tiempo sin saber de él y cuando creía que finalmente estaba comenzando a superarlo, la vida se encargaba de recordarle que no era así. Un par de lágrimas rodaron por su mejilla. Se pasó la mano por el rostro y las secó con violencia. Inhaló profundamente y soltó el aire de golpe.

Salió del ascensor rápidamente y se dirigió al estacionamiento sin perder tiempo. En cuestión de tres minutos, se encontraba en su Volkswagen Jetta, el auto que había comprado después de vender la lujosa casa que Derek le regaló tras la separación. También se había comprado un modesto departamento en el centro de Los Ángeles, más adecuado para su vida solitaria a los treinta años. Ciento ochenta metros cuadrados eran demasiado para ella. Sentirse en un lugar tan grande la hacía sentir más sola y miserable.

Encendió el motor y comenzó su camino, con la mente llena de pensamientos que le robaban la paz.

Derek, Derek y más Derek.

Él se negaba a salir de su cabeza.

***

Looren abrió mucho los ojos al ver a Avery y dejó escapar un silbido. Estaba impresionada por cómo lucía su amiga. Nunca antes la había visto con un vestido tan corto. Las únicas veces que Avery usaba ropa tan reveladora era cuando Derek se lo pedía para alguna fiesta de Amos o para alguna de sus sesiones.

Avery llevaba un vestido negro que llegaba hasta una cuarta parte arriba de sus rodillas, muy ceñido al cuerpo, con mangas y busto de encaje, lo que le daba una apariencia sensual y elegante. Completaba el atuendo con un par de zapatillas plateadas de tipo stiletto. Su cabello rubio caía suelto con suaves ondas sobre sus hombros y espalda.

—¡Madre mía! Te ves espectacular —dijo Looren, tratando de salir de su estupor.

Avery sonrió tímidamente, no era muy adepta a los cumplidos.

—Gracias —le respondió—. Tú también te ves fabulosa.

—¡Bah! —Looren agitó la mano en el aire—. No exageres. Me veo normal. En cambio, tú... —sacudió la cabeza—. ¡Nena! Te has vestido para matar.

La rubia se encogió de hombros y no pudo evitar morderse el labio. Tenía la tendencia de ruborizarse fácilmente, una de las cosas que a Derek le gustaba tanto de ella. Maldición. Sintió un nudo formándose en su garganta y sus ojos se humedecieron.

—¡Oh no! No, no, no... Nena, no te pongas así —Looren le puso una mano en el pecho—. ¿Qué fue lo que dije? —la miró confundida—. Lamento mucho si dije algo que...

—No pasa nada —la interrumpió—. No has tenido nada que ver —con cuidado se limpió los ojos, tratando de no arruinar su maquillaje—. Solo han sido... malos recuerdos.

Looren la abrazó con fuerza y al separarse, la miró a los ojos. Le sonrió.

—Esta noche no quiero que pienses en cosas tristes, ¿vale?

—Trataré de no hacerlo —murmuró.

—No. No quiero que trates. Quiero que me prometas que no permitirás que los recuerdos de ese pedazo de mierda arruinen tu noche.

Avery no pudo evitar soltar una sonora carcajada al escuchar el nuevo apelativo que su amiga utilizó para referirse a Derek. Normalmente era "ese cretino", "el imbécil ese", "el cerdo arrogante", "piltrafa de hombre" o "sonso mequetrefe". Jamás le había llamado "pedazo de mierda".

—¿Entramos? —preguntó Avery una vez que logró controlar su risa.

Looren se apartó y le hizo un ademán con la mano.

—Después de ti, cariño —dijo.

De inmediato, fueron abordadas por un par de hombres corpulentos en la entrada y, después de pasar por la revisión pertinente, ingresaron al lugar. Academy era un sitio espacioso capaz de albergar hasta 1400 personas, con un sistema de sonido alucinante y un enorme salón de baile lleno de luces de colores. Había mucha gente decidida a pasarlo bien. Avery siguió a Looren sin dejar de observar su entorno. La música sonaba tan alta que a veces le costaba escuchar incluso sus propios pensamientos. Sonrió al ver a una pareja de chicas que bailaban de forma eufórica y se besaban apasionadamente.

Un recuerdo invadió la mente de Avery...

—No tengas miedo, niña —dijo una mujer—. No hay nada de malo en probar...

Avery cerró sus ojos y dejó que la suave mano femenina se deslizara entre sus carnes. La caricia fue sutil y muy excitante. Un par de ojos azules se encuentraron con los suyos, seguidos de unos labios carnosos, pintados de rojo, que se estamparon contra los suyos. Un débil gemido escapó de la garganta de Avery. Estaba atada a una cruz de San Andrés, entregada a los placeres de la señora Gilmore, una experimentada dominatrix a quien el Amo Derek la cedió en una de las muchas ceremonias de látigo y fusta.

—¿Avery? —la voz de Looren la sacó de su ensimismamiento—. ¿Te parece bien si nos sentamos allá? —con el dedo señaló hacia la zona VIP—. Solo un rato, para tomar un par de copas y entrar en calor.

Avery asintió con la cabeza sin decir una palabra. Ambas se abrieron paso entre la multitud y tomaron asiento, esperando a que alguien las atendiera. De repente, el corazón de Avery se aceleró al reconocer un rostro familiar entre la multitud. Sacudió la cabeza y volvió a mirar, solo para asegurarse de que había sido una alucinación.

«Ya estoy volviéndome loca», pensó. «Es imposible que Derek esté aquí». Sacudió la cabeza con fuerza y se obligó a dejar de pensar en él.

No pasaron ni diez minutos cuando un joven de cabello negro y ojos verdes se acercó a ellas y les preguntó qué deseaban tomar. Looren pidió lo de siempre y Avery eligió un Cosmopolitan. No solía beber, ya que se embriagaba con facilidad, excepto cuando se trataba de vino. A Derek no le gustaba que ella bebiera licor, ya que despertaba una parte que a él no le gustaba en absoluto. Cuando Avery se excedía con las copas, actuaba de manera opuesta a su naturaleza, sin inhibiciones y su lado dominante salía a relucir.

El mesonero se retiró y las dos mujeres se sumieron en el mutismo. Avery observó a su alrededor mientras Looren movía la cabeza al ritmo de la música. La voz de Dua Lipa hipnotizaba a todos los presentes.

Después de unos segundos, Avery sintió un suave codazo en su costado izquierdo. Dejó de mirar a la pareja de chicas que vio al entrar y se volteó hacia su amiga.

—Tenemos dos adonis a las doce en punto —dijo Looren, señalando al frente con la mirada.

Avery notó a dos hombres sentados a unos metros de distancia, bebiendo cerveza y lanzándoles miradas coquetas. Looren levantó la mano y los saludó.

—¿Los conoces? —preguntó Avery, frunciendo el ceño.

—Aún no —respondió la morena sin más, poniéndose de pie.

—¿Qué haces? —murmuró la rubia al ver cómo Looren les hacía un gesto a los caballeros para que se acercaran.

—Consigo parejas de baile —proclamó Looren, guiñándole un ojo.

Avery no pudo evitar cubrirse la frente ante la audacia de su amiga. No debería sorprenderse tanto, después de todo, Looren se caracterizaba por ser desinhibida hasta la médula. Sin embargo, Avery no estaba acostumbrada a ser tan atrevida con los hombres.

El corazón de la rubia se aceleró al ver cómo los dos hombres se acercaban a su mesa.

—Buenas noches, preciosas —dijo uno de ellos, una vez que estuvo lo suficientemente cerca.

—¿Se puede saber qué hacen un par de diosas solas en este lugar? —se aventuró a preguntar el otro.

Avery no pudo evitar sonreír, era su reacción natural ante los cumplidos. Su sonrojo se hizo evidente en sus mejillas.

—Estamos celebrando —dije Looren, levantando su vaso—, el divorcio de mi amiga aquí presente —añadió, señalándola con la mano.

Avery tenía la copa pegada a sus labios y apresuraba su bebida. Tosió y casi se ahogó. Abrió los ojos con exageración y lanzó una mirada de reproche a su amiga, quien sonreía como el gato de Alicia en el país de las Maravillas.

«¿Qué coño está diciendo?», pensó Avery, a la vez que le lanzaba una dura mirada a Looren.

—¡Enhorabuena! —exclamó el sujeto de cabello rubio, alzando su copa—. Es algo digno de celebración.

Looren rió a carcajadas y le guiñó un ojo a su amiga. Avery sentía que le ardían las mejillas, pero logró fingir una sonrisa, aunque no hacía falta que ese par de hombres fueran expertos en la interpretación del lenguaje corporal para darse cuenta de que la mujer estaba muy incómoda.

El hombre de cabello castaño oscuro hizo una señal con la mano a uno de los empleados del lugar, quien se acercó casi de inmediato. Se inclinó un poco y le susurró algo al oído. Luego se giró hacia las mujeres.

—¿Qué están tomando, princesas? —indagó, clavando sus negros ojos en Looren. Fue ella quien contestó.

—Yo, un Manhattan. Mi amiga, un Cosmopolitan.

El hombre asintió con la cabeza y volvió a acercarse al empleado. Después de pedir una ronda de tragos, el muchacho se alejó rápidamente.

—Soy Charles —vociferó el rubio, extendiendo su mano hacia Avery. Ella la estrechó por inercia y dijo su nombre, tratando de mostrarse simpática—. Hermoso nombre. ¿Puedo llamarte Avy? —inquirió, con un deje de coquetería en la voz.

—Como usted desee llamarme, mi Señor —respondió ella. Se llevó una mano a la boca al percatarse de lo que había hecho. Para ella era muy difícil despegarse de su rol de sumisión. Por suerte para ella, nadie pareció percatarse de su respuesta.

—Él es Michael —señaló a su amigo de cabellera oscura.

—Es todo un placer, Michael —musitó Looren, adelantándose a estrechar la mano del moreno.

Los caballeros tomaron asiento en los sillones frente a las damas, y al cabo de unos minutos, Avery apuró lo que le quedaba del trago que había pedido al llegar, pues acababan de traer las bebidas que Michael ordenó.

—¡Por el placer de conocer a dos damas tan hermosas! —el moreno levantó su vaso y brindó.

—¡Y por las nuevas amistades! —agregó Charles.

—¡Por Avery! —fue el turno de Looren de alzar su copa. Miró a su amiga con malicia, a la vez que dio un sorbo de su bebida.

La rubia entornó los ojos y le lanzó una mirada reprobatoria.

—¡Sí! —concordaron los dos caballeros—. ¡Por Avery!

—¡Salud! —contestó la aludida sin más y bebió. El licor quemó su garganta.

Los siguientes minutos transcurrieron rápidamente, entre plática. Looren estaba decidida a pasarla muy bien y hacer que Avery disfrutara también. Looren elegió al moreno de ojos claros para ella, y a Avery le tocaba el rubio.

Charles era un hombre muy guapo con un exótico acento australiano. El sueño de cualquier mujer, excepto de Avery, cuya única intención era tener una divertida velada de baile y conversación.

De vez en cuando, Avery se encontraba con la mirada pícara de su amiga, que le decía a gritos: ¡Alócate! Pero la idea de pasar una noche de sexo salvaje junto a un hombre que acababa de conocer no era su estilo.

Con Derek tuvo sexo a las dos semanas de haberlo conocido. Él era distinto a cualquier hombre que hubiera conocido nunca. Se encontraron en la cena de fin de año del hospital donde ella trabajaba como asistente médico. Él era el invitado de honor, una eminencia en el campo de la neurocirugía que había donado una importante suma de dinero para la restauración del área de pediatría. Él estaba allí para dar un discurso esa noche, después de recibir un reconocimiento.

La grandilocuencia de aquel hombre cautivó a Avery de inmediato. Luego, no supo cómo, él estaba sentado en la misma mesa que ella y le hablaba sobre lo complicado que era operar a un paciente despierto. Fue una excusa tonta para acercarse a ella, pero Avery tenía tanta sed de enamorarse y de llenar ese vacío emocional dentro de sí, que no se percató de todas las señales de peligro que rodeaban a aquel hombre.

Y eso fue lo que la jodió al principio cuando comenzó a salir con Derek. Se suponía que iba a ser algo casual, solo los fines de semana, pero cuando él le contó su verdad y le habló del mundo de amos y sumisos, la curiosidad la embargó. Con el paso de los meses, ella se entregó por completo a una relación donde reinó la dependencia emocional por parte de ella.

Derek supo ganarse su confianza, haciéndola sentir cómoda en cada situación a la que la sometía. Ella aceptó todo porque estaba perdidamente enamorada de él.

Sacudió la cabeza con fuerza y se obligó a enfocar sus pensamientos en el presente.

«¡No! No estoy preparada para dejar entrar a alguien nuevo en mi vida», concluyó.

—¿Y bien? —Looren le lanzó una mirada furtiva.

Se encontraban en el sanitario de damas, refrescándose un poco después de casi dos horas de bailar sin descanso.

—¿Y bien qué? —Avery entornó los ojos al mirarla.

—¿Qué tal te va con Charles? —inquirió la morena.

La rubia encogió los hombros.

—Normal —respondió.

—¿Normal? El hombre no deja de comerte con los ojos.

—Creo que se me subieron las copas a la cabeza —confesó Avery, tratando de cambiar de tema.

—¡Eso es bueno! —Looren sonrió—. Sería bueno que te dejaras llevar un poco más.

—Eso no va a pasar, Looren. Tenlo claro —dijo de forma tajante.

—¡Oh vamos! Diviértete —le dio una palmadita en el hombro.

—Lo estoy haciendo —no pudo evitar levantar un poco la voz.

Le exasperaba que Looren fuera tan insistente con eso. Puede que su amiga fuera una mujer muy liberal, pero Avery era del tipo reservado. Jamás en la vida habría tenido algo con Derek si no hubiese sido él quien tomó la iniciativa.

—Michael nos está invitando a su departamento —dijo Looren sin más.

—¡Pues qué bien! Deberías aceptar. Me siento un poco mareada, y será mejor que me vaya a casa.

—¿No me estás oyendo? —Looren la observó con detenimiento—. Nos está invitando a ambas. Es decir, tú y Charles están incluidos en el plan.

Avery negó con la cabeza.

—No —frunció el entrecejo—. No estoy lista para...

—¡Ay, no! ¡Cállate! —Looren puso los ojos en blanco y se acercó mucho a su amiga. Estaba tan cerca que Avery pudo percibir su aliento en el rostro—. ¿Cuándo diablos vas a estar lista? ¡Ha pasado un año, por Dios! ¿Hasta cuándo vas a seguir comportándote como una idiota despechada?

—No soy ninguna idiota despechada —protestó, fulminándola con la mirada.

—¿Ah no? —cruzó los brazos sobre su pecho—. Entonces demuéstramelo —la retó.

—¡Vale! Si lo que quieres es que me comporte como una zorra frívola, que me acueste con ese hombre y mañana actúe como si nada hubiese pasado... ¡Está bien! Eso es lo que haré —espetó, sintiendo que los oídos le zumbaban.

Looren no dijo nada. Solo se limitó a sonreír con amplitud. Se apartó y hizo un ademán con la mano, señalando en dirección a la puerta de salida.

—Después de ti —la apremió.

Avery soltó un bufido de resignación y se tambaleó un poco. No pensaba. Solo actuaba.

Salieron del baño y se dirigieron directamente a la mesa donde se encontraban Michael y Charles. Avery se sentó al lado del rubio y sin pensarlo mucho, lo tomó del cuello y estampó su boca contra la de él, dándole un beso de aquellos que roban el aliento. Se separó y le hizo una señal al camarero para que les trajera otra ronda. En cuanto tuvo su nueva bebida en la mano, se la tomó de un sorbo. Repitió lo mismo unas tres veces más, hasta sentir que el alcohol tomaba el control de ella.

—Vámonos de aquí —le dijo a Charles.

—¿A dónde quieres ir, preciosa? —inquirió él.

—Me gustaría ir a un lugar más privado.

De repente sintió una sensación de poder. Charles la miraba fijamente, sonreía y se relamía los labios, sin dejar de mirarla a los ojos.

En cuestión de segundos, estaban saliendo del club.

***

La cabeza daba vueltas a Avery y todo se volvía confuso. Frente a ella yacía un hombre atado a la cama, con las muñecas y tobillos sujetos. Estaba completamente desnudo y su camisa había sido utilizada para vendarle los ojos. Necesitaba agua, su boca estaba seca.

Caminó tambaleante hasta el baño y, con ayuda de una mano, tomó un gran sorbo de agua del chorro del lavamanos. Se mojó la cara para refrescarse un poco.

—¡Oye, nena! —la voz del hombre la hizo dar un respingo—. ¿Por qué tardas tanto?

Avery meneó la cabeza suavemente. Necesitaba enfocarse.

—Habitación número quince del Best Western Hollywood —dijo para sí misma, mientras fijaba la mirada en el espejo frente a ella—. El hombre en la cama se llamaba Charles y yo... —respiró profundamente—, estoy a punto de vomitar.

Mojó una de sus manos y se la pasó por la nuca. Eso alivió un poco su malestar.

—¡Hey, preciosa! ¿A dónde fuiste?

—Salgo en un momento —respondió ella. Se sorprendió mucho por el tono autoritario de su voz.

—¡Uy, nena! Me tienes muy excitado con este jueguito. Ven acá y desátame para poder darte lo que quieres.

«¿Lo que quiero?», pensó ella, frunciendo el ceño.

De repente, sintió como si las palabras del hombre hubieran sido un gran insulto.

«¿Qué demonios sabe este idiota lo que yo quiero?».

Las náuseas desaparecieron y en su lugar surgió la indignación.

Salió rápidamente del baño, subió a la cama y se montó sobre el hombre, poniendo una mano en su cuello como si estuviera a punto de estrangularlo.

—No tienes ni la mínima idea de lo que quiero, maldita sabandija —exclamó.

—¿Cómo dices? —Charles se removió incómodo.

—¡Cállate, maldito! —gritó ella.

El hombre comenzó a reírse.

—Ahhh... ya entiendo, linda. Te gusta ese rollo —comentó—. En ese caso, si eso es lo que te excita, adelante. ¿Cómo debo llamarte? ¿Mi señora, Ama, Diosa, mi Reina?

—Simplemente... CÁLLATE —le ordenó ella, cerrando ambas manos alrededor del cuello de Charles. Apretó un poco, pero luego lo soltó y se puso de pie en la cama para observarlo. Notó que el miembro de Charles comenzaba a endurecerse.

—¿Puedo pedirte algo? —preguntó él.

—¿Qué quieres, maldito? —respondió ella con violencia.

Él no pudo evitar reírse, le costaba mucho seguirle el juego.

—No me azotes. No soy amante del dolor y...

Avery se dejó caer sobre Charles y, sin previo aviso, agarró su pene.

—Oh sí, nena. Ya nos estamos entendiendo...

—Cierra la boca —lo interrumpió ella.

—Como quieras, mi señora. Quiero sentir tu deliciosa lengua en mis bolas y... —un grito emergió de la garganta del hombre.

La mano de Avery apretó con más fuerza el falo.

—No eres nadie para pedirme nada —susurró la rubia, acercándose mucho al oído de él y apretando aún más la mano alrededor del pene.

Otro grito resonó en la habitación.

—Suéltame —chilló Charles.

—¿Pero qué dices, cachorrito? Apenas estamos comenzando.

Avery tomó el calzoncillo del hombre, que yacía tirado en el suelo, y se lo metió en la boca para que no hiciera ruido. Luego, apretó más la mano sobre el duro miembro.

El hombre volvió a gritar, pero esta vez fue un grito ahogado por la tela.

Ella lo soltó, pero de inmediato le clavó las uñas de su mano derecha en el muslo. Charles dio un respingo y volvió a gritar.

—¿Esto no te excita? —preguntó Avery con sarcasmo. El hombre negó con la cabeza—. ¿Y esto? —clavó las uñas de su otra mano en el pecho de Charles.

Otro grito fue reprimido por la tela.

—¿Y esto? —Avery apoyó una rodilla en la ingle del hombre.

Charles se retorció, desesperado por soltarse. Después de casi un minuto, que a él le pareció una eternidad, logró liberar sus muñecas y empujar a la mujer.

Avery cayó de bruces al lado de la cama, mientras Charles se desataba rápidamente, escupiendo el trapo con el que lo habían amordazado.

—Maldita loca —pronunció Charles lleno de odio.

Recogió a toda prisa su ropa, la que estaba desparramada por toda la habitación. No se molestó en vestirse y salió desnudo al pasillo. Lo único que le importaba era alejarse lo más posible de esa mujer.

«¿Qué demonios acaba de suceder?», se preguntó Avery.

Era como si el golpe que se acababa de dar al caer al suelo, la hubiese ayudado a salir del trance en el que se encontraba.

Se sintió abrumada y muy confundida.

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