—Felicidades, Mateo, Alma. Encantado de conoceros —dijo uno de los miembros de la familia. Asentí y sonreí. Habíamos llegado a la azotea de la fiesta hace 15 minutos.
Llevaba un vestido ajustado color champán, con algunos mechones de mi cabello recogidos y decorados con flores. Era hora de la cena y seguíamos siendo recibidos por muchos invitados. Mateo frotó su pulgar sobre mi cintura y mordí mi labio.
—T-tenía miedo —confesé.
—¿Tenías miedo de decir que sí? ...¿de a mí? —dijo mientras sostenía mi mandíbula. Lo miré con temor, pero sus ojos se suavizaron. —¿Por qué? —preguntó.
Bajé la mirada y abrí la boca, pero no salió nada.
—No... no...