"-Fuiste mía desde el momento en que puse mis ojos en ti, eso significa que no puedes huir de mí ni mirar ni hablar con otros hombres... ¿entiendes?-
Temblé.
-¿ENTIENDES?- Exigió una respuesta.
Asentí, incapaz de hablar.
-Bien... ahora cierra esa boquita preciosa o serás castigada.-
Sentí las lágrimas rodando por mis mejillas.
Sus manos, ásperas pero cálidas, se acercaron a mi rostro.
Sus dedos limpiaron las lágrimas.
-No llores, mi amor... nunca te haré daño... eres mía, solo mía...-
Con eso, sus labios se estrellaron bruscamente contra los míos."