Estaba en la cocina preparando algo para mí. Eran las tres de la tarde... decidí no ir con Mateo. Los últimos dos días, me llevó a su oficina… me sentí incómoda cada vez que un cliente entraba y me miraba fijamente. Lo peor fue cuando Mateo sacó su pistola frente a uno de ellos. Si no fuera por mis súplicas, ese hombre estaría muerto. Cada vez que se acerca a mí siento miedo… pero también quiero que esté cerca. Lo odio.
—¿Necesita algo, señora? —preguntó la empleada al entrar.
—No —respondí con una sonrisa.
—No debería estar aquí, señora... el señor podría enojarse —dijo. La miré con confusión.
—¿Por qué...