—No tengo hambre —dije cuando me hizo sentarme en la silla.
—CUANDO TE DIGO QUE HAGAS ALGO, LO HACES... ¿ENTIENDES? Si quieres ver a tu padre en buen estado de salud, haz lo que te digo...
Mis ojos lo miraron con horror. Mi respiración se detuvo.
Sus dedos acariciaron mi barbilla.
—Eres mía, Alma... y si no me escuchas... yo te haré obedecer —dijo con ojos firmes.
Lo vi caminar hacia la cocina y regresar con un plato. Estaba demasiado asustada para siquiera mirarlo a los ojos.
Me estremecí cuando me levantó y me colocó en su regazo. Su mano acarició mi muslo, y tragué saliva.
—Abre —me dijo, sosteniendo...