Respiré profundamente, buscando al hombre.
—No la mires ni un maldito segundo —dijo Mateo.
—Jajaja… ni siquiera sabes lo que voy a hacer con tu pequeña perra aquí…
Para ese momento, Mateo estaba furioso. Podía ver cómo la ira emanaba de su cuerpo. Me asomé por detrás de Mateo y solté un jadeo. El hombre estaba en el suelo, con sangre brotando de su pierna.
Mateo nunca creía en dar advertencias. Simplemente disparaba a los que consideraba una amenaza.
Me llevé una mano al pecho y miré lentamente hacia Mateo. Él observaba al hombre con rabia contenida.
Los guardias entraron y se fijaron en el hombre herido.
—Llévenlo al sótano...