Mateo tomó mi mano y me llevó a la villa.
El vestíbulo era enorme y tenía muebles modernos.
Luego me guió escaleras arriba hacia una habitación.
Era su oficina.
Estaba a punto de sentarme en el sofá, pero Mateo me arrastró a su regazo.
Me retorcí, pero él mordió mi lóbulos de la oreja y susurró: —Deja de moverte.
Luego comenzó a trabajar mientras yo me sentaba en su regazo todo el tiempo.
—¿Puedo ir a ver los libros? —pregunté.
—No —respondió.
Qué fastidio.
Había toda una biblioteca a nuestra izquierda y miserablemente quería revisarla.
Hice un puchero mirando las estanterías.
Pero Mateo sostuvo mi mandíbula y me besó.
—No...