Ella dejó escapar un grito y miré hacia mi izquierda.
Solté un suspiro y me levanté.
Tomando a mi ardilla de dos meses en mis brazos, la meci lentamente de atrás hacia adelante.
Decidimos mudarnos a nuestra nueva casa hoy, ya que no podía esperar más.
Pero Lucy no deja de llorar.
Escondió su cara en mi cuello y sus pequeñas manos se aferraron a mí.
—¿Qué te pasa, bebé? —pregunté, arrullándola.
—Shhh... —la tranquilicé y caminé hacia la mecedora, sentándome en ella.
Ya la había alimentado... ¿por qué llora?
De repente, sus llantos cesaron y solté un suspiro.
Justo cuando estaba a punto de dejarla en su cuna, comenzó...