Intenté quitar sus manos de mi padre, llorando y temblando, pero no cedió.
—¿Quieres que tu padre esté libre?
—Por favor... no hagas esto... no eres así, Mateo... ¡él es mi PADRE! —grité.
Él sacudió la cabeza.
Lo vi levantar a mi padre del cuello y grité, suplicándole que se detuviera.
Vi cómo el rostro de mi padre se ponía rojo mientras luchaba por respirar.
—Dime lo que quiero oír, Alma... ¡DÍLO!
—Por favor, por favor, por favor... déjalo ir, déjalo ir —lloré, tratando de liberar a mi padre de su agarre.
—Dímelo, amor... o míralo morir.
—¡NO! ¡Mateo, SUÉLTALO! —grité y lo golpeé, pero mis lágrimas me hacían débil....