—¿A dónde vamos? —pregunté.
—Es una sorpresa, hermosa —dijo.
¿Hermosa?
Pasó de amor a cariño, de cariño a hermosa.
Vaya.
Está bien.
De repente, nos detuvimos frente a una gran casa.
Lo miré confundida.
¿Es donde vive su tía que quiere vernos?
Espera, no tiene tía...
¿Dónde estamos?
Tomó mi mano y lentamente me guió hasta la puerta principal, donde había un hombre de pie.
Él inclinó la cabeza y le entregó a Mateo una tarjeta.
Mateo me la pasó.
—¿Qué? —pregunté.
—Ábrela —afirmó.
Avancé y miré la caja de reconocimiento.
Deslicé la tarjeta y escuché un beep.
—Pon tu pulgar aquí —dijo acercándose a mí.
Lo hice.
Luego pidió...